Enviado a la página web de Redes Cristianas
Trump acaba de firmar una orden ejecutiva en la que acusa a Cuba de ser una “amenaza extraordinaria e inusual” contra la seguridad nacional estadounidense, y faculta a los departamentos de Estado y de Comercio para imponer aranceles discrecionales a los países que envíen petróleo a la isla, con el deleznable objetivo de que “Cuba no sobreviva”.
Esta nueva y brutal escalada genocida corona seis décadas y media de agresiones criminales en las que el odio y la irracionalidad han sido superados siempre, y con creces, por la solidaridad que brota del inagotable manantial de dignidad y resistencia del pueblo cubano. Un pueblo que hoy, más que nunca, nos urge a responder sin ambigüedades, para derribar de una vez y para siempre la maldad insaciable que fagocita al mundo y que ahora busca alimentarse con la vida del pueblo más solidario del planeta.
Un pueblo al que no es necesario defender de las desgastadas mentiras con las que el gobierno estadounidense ha justificado durante 66 años el bloqueo, pues su dignidad soberana es un faro inextinguible en medio de la oscura desolación de este mundo; mas, precisamente por ello, no debemos renunciar a la insoslayable obligación de denunciar y desenmascarar a quienes sí representan no solo una amenaza —potencial— para la seguridad y la estabilidad mundial, sino un factor permanente de agresión directa e indirecta, hegemónica, contra la paz global y la vida de los pueblos y de la Tierra.
No ha sido Cuba quien ha invadido países, quien mantiene bases militares fuera de su territorio en prácticamente todas las latitudes del planeta, quien bombardea civiles, impone sanciones que matan por hambre, financia y ejecuta golpes de Estado, secuestra presidentes extranjeros, respalda militar y políticamente masacres genocidas contra el pueblo palestino, invade y se apropia de territorios soberanos… todo con el objetivo de controlar el sistema financiero mundial en beneficio de una élite minúscula y parasitaria que detenta más del noventa por ciento de la riqueza global.
No ha sido Cuba la que ha cometido los más terribles actos terroristas, tanto en su propio territorio como en cualquier lugar del mundo donde se enarbole la bandera de la auténtica libertad y autodeterminación de los pueblos; no ha sido el gobierno cubano quien vive en guerra expansionista permanente, exportando violencia por doquier; no es Cuba quien practica desapariciones forzadas, tortura sistemática o ejecuciones contra su propia población civil, especialmente contra los sectores más pobres o racializados.
No fue Cuba quien, en plena pandemia mundial, acaparó los insumos médicos del planeta mientras dejaba a su suerte a decenas de millones de personas ante el mayor flagelo sanitario de nuestra historia, y todavía se dio el lujo de endurecer el bloqueo contra la mayor de las Antillas. No ha sido el gobierno cubano quien ha recortado, congelado o eliminado fondos federales para la salud pública, el apoyo a las familias, la educación o el cuidado ambiental, llegando incluso a desmantelar ministerios y programas esenciales.
No es el pueblo cubano ni su gobierno revolucionario quien trata a las personas migrantes como delincuentes, las persigue, encarcela y deporta sin debido proceso en función de su color de piel o su lengua; quien las asesina o desaparece contraviniendo toda legalidad y humanidad, mediante redadas masivas que siembran el miedo, desintegran familias y multiplican la vulnerabilidad social; quien separa y detiene a niñas y niños, invade ciudades santuario y militariza los espacios urbanos, creando un estado de excepción permanente y empujando a su propia población al borde de una guerra civil.
No ha sido Cuba quien ha endurecido su sistema penal ampliando penas, fortaleciendo la lógica punitiva y reduciendo las posibilidades de reforma en favor de la justicia restaurativa, agravando la injusticia estructural dentro del sistema legal estadounidense, con especial impacto en comunidades racializadas y empobrecidas.
Tampoco ha sido el gobierno cubano quien ha promovido órdenes ejecutivas destinadas a criminalizar la oposición política bajo etiquetas como “terrorismo doméstico” o antifascismo, al amparo de las cuales se reprimen protestas y se persigue el disenso legítimo. No ha sido Cuba quien ha violado sus propias leyes civiles y electorales para perpetuarse en el poder, ni quien ha intervenido procesos democráticos ajenos para apropiarse de recursos económicos y naturales.
No hay retórica vacía estadounidense que no sea alcanzada de inmediato por la fuerza y la evidencia de la verdad histórica: el país acusado es el más pacífico y solidario del continente, mientras el acusador perpetra guerras abiertas y encubiertas en todos los frentes posibles, incluida su propia casa.
La verdadera “amenaza” es que, a pesar del bloqueo —no gracias a él—, el pueblo cubano sigue eligiendo, defendiendo y sosteniendo un proyecto político no capitalista: un pueblo insumiso, asediado durante décadas, que no colapsa, que no se rinde, que continúa defendiendo su soberanía, su salud pública, su educación y su dignidad, y que defiende la paz tanto en su territorio como en el mundo. A pesar de todo, Cuba sigue mostrando algo que el capitalismo tardío ha erosionado profundamente: sentido colectivo, solidaridad y memoria histórica.
Esto es intolerable para un imperio cuya democracia real está secuestrada por corporaciones, lobbies armamentistas y capital financiero; un imperio que hoy mismo reprime protestas internas, criminaliza la migración y protege la violencia policial como pilar de su orden social. Desde cualquier ética, eso es violencia estructural, y sus víctimas no son “los gobiernos”, sino los pueblos.
Es, por tanto, imprescindible e inaplazable decirle al gobierno de Trump y a los gobiernos cómplices —que hoy conforman la mayor organización criminal internacional— que ¡Cuba no está sola! Que su defensa no es ni será un gesto aislado ni una causa efímera, sino un movimiento vivo de resistencia y dignidad que recorre pueblos, calles, aulas, sindicatos, parlamentos y territorios en todo el mundo, donde cada día la solidaridad se multiplica y la protesta se organiza.
Pero frente a una agresión que se recrudece y que declara abiertamente el exterminio, debemos dar un paso más: profundizar, endurecer y coordinar nuestra respuesta colectiva hasta convertirla en una fuerza material capaz de frenar la maquinaria de muerte. Pasar de la resistencia fragmentada a la ofensiva política organizada; de la solidaridad reactiva a la presión sostenida; de la denuncia moral a la interrupción efectiva del engranaje de la agresión. Hoy, más que nunca, la historia nos convoca a avanzar sin ambigüedades y sin retorno.
Una desobediencia diplomática organizada: que la presión sobre nuestros gobiernos los obligue a tomar definiciones más allá de las declaraciones simbólicas contra el bloqueo. Es necesario el desacato abierto a las sanciones unilaterales y el fortalecimiento de acuerdos energéticos sostenidos con Cuba, con posiciones públicas que asuman el costo político de no obedecer a Washington. Cuando la encrucijada es entre el arancel y la vida de un pueblo, quien no desobedece consiente; quien consiente, mata.
Una coordinación internacional vinculante: que las agendas de solidaridad con Cuba confluyan en una presión social sostenida y acumulativa, capaz de desgastar políticamente a quienes sostienen o toleran esta agresión. Convirtamos la calle en un factor de gobernabilidad, para que el respaldo al bloqueo tenga un costo interno creciente.
Frente a las mentiras, el rostro de la dignidad rebelde: cada vez que la retórica imperial intente sembrar odio contra Cuba y su Revolución, enarbolemos la bandera de la verdad y de los hechos concretos que muestran el bien mayúsculo que una pequeña isla ha hecho, hace y seguirá haciendo por la humanidad; y, al mismo tiempo, desenmascaremos las causas y consecuencias humanitarias de un bloqueo ya reconocido como crimen de lesa humanidad.
Un boicot ético y estratégico: en primer lugar, contra las empresas que se benefician directamente del bloqueo económico contra Cuba; contra las corporaciones que presionan para su endurecimiento; contra las instituciones financieras que ejecutan las sanciones. Pero también contra todas las transnacionales con capital estadounidense que patrocinan y lucran con las guerras y el exterminio en todo el planeta.
Defensa activa de la cooperación con Cuba: escalar los lazos de cooperación social y política hasta un estadio irreversible, en salud, educación, ciencia, cultura y turismo. Denunciar todo intento de criminalizar la solidaridad como una forma de guerra real —no solo económica o política—, porque cobra vidas en Cuba y en el mundo entero. Promover brigadas, intercambios culturales y comunicacionales sostenidos, flotillas humanitarias, fondos solidarios, redes de comercio popular y cooperativo, acompañamiento jurídico internacional y turismo organizado con sentido político.
Alerta permanente ante una inminente agresión militar: consabida —y recientemente verificada— la estrategia de cercar antes de invadir, es crucial exigir de forma rotunda: ¡No a la intervención militar contra Cuba! ¡No a la guerra en Nuestra América! Y demandar a nuestros gobiernos que enarbolen al más alto nivel esta consigna.
Cuando un imperio declara que un pueblo no debe sobrevivir, la historia deja de ser relato y se vuelve trinchera. Ha caducado el tiempo de la cobardía y el miedo: es la hora de las definiciones irreversibles. Defender a Cuba hoy es defender la posibilidad misma de un mundo donde la vida no esté subordinada al capital, donde la soberanía no sea delito y donde la solidaridad no sea castigada como crimen.
Cada acción que emprendamos, cada gobierno que forcemos a desobedecer, cada bloqueo que logremos fisurar será una victoria concreta contra la barbarie. Y cada silencio, cada cálculo, cada concesión será una herida más infligida a nuestros pueblos. La historia no absolverá la tibieza. O estamos a la altura de Cuba —de su dignidad, de su resistencia, de su ejemplo— o seremos parte del engranaje que pretende extinguirla. Hoy no basta con acompañar: hay que confrontar, organizar y vencer.
SUSCRIBEN
Secretariado Social Mexicano
Fondo Memorial Menllacar
SICSAL-México
Fundación Sergio Méndez Arceo
Casanicolás. Casa del Migrante
Mujeres para el Diálogo
Red de Solidaridad Sacerdotal

