Un niño de doce años llora mientras es conducido hacia Marruecos. Suplica que no lo devuelvan. Unos vecinos advierten que es menor y logran detener la marcha. La escena resume la crisis de Ceuta: la frontera veía a un extranjero; la ciudadanía tuvo que recordar que llevaba entre las manos a un niño.
Después llegaron las identificaciones, los centros desbordados, las disputas entre administraciones y el acostumbrado reparto de culpas. Todos invocaban la legalidad, la seguridad y hasta los derechos humanos. El niño, entretanto, seguía esperando protección.
Ceuta no examina solamente nuestra política migratoria. Examina la calidad de nuestra democracia, nuestra educación cívica y la humanidad que aún conservamos. España dispone de Constitución, enseñanza universal y solemnes declaraciones de derechos. Sin embargo, basta una crisis migratoria para que las personas se conviertan en “avalancha”; los menores, en “carga”; la solidaridad, en “efecto llamada”; y los derechos humanos, en asignatura optativa.
La Institución Libre de Enseñanza quiso formar ciudadanos capaces de observar antes de juzgar, contrastar antes de afirmar y pensar antes de obedecer. Hoy necesitamos recuperar esa pedagogía frente a los nuevos dogmas difundidos por las redes sociales, donde cada cual encuentra sus prejuicios confirmados por una voz desconocida con miles de seguidores.
Ceuta necesita orden, medios, seguridad, cooperación internacional y una política migratoria seria. Defender la dignidad humana no significa negar los problemas. Pero la organización sin humanidad acaba convirtiendo a los menores en paquetes administrativos que las comunidades autónomas se devuelven con acuse de recibo.
También el cristianismo pasa aquí su control fronterizo. Su credibilidad no depende de defender una supuesta “civilización cristiana”, sino de reconocer al ser humano concreto que llama a la puerta. El Evangelio no deja demasiado margen: «Fui extranjero y me acogisteis». Jesús puso a un niño en medio; nosotros hemos colocado en medio el reparto competencial.
No basta con enseñar los derechos humanos, proclamarlos en el Parlamento y predicarlos los domingos. Hay que reconocerlos el lunes, cuando llegan mojados, asustados y sin documentación.
Desde Redes Cristianas pensamos que nuestro expediente continúa abierto: sobresaliente en declaraciones, notable en vigilancia y todavía pendiente en justa humanidad. Por fortuna, la democracia —como la educación y el Evangelio— admite conversión. Pero convendría no dejarla siempre para septiembre.

