Trabajos presentados al Premio Redes Cristianas-11

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«Palomas de Paz»

Deme Orte

Era una paloma blanca. Tenía su nido en lo alto de un olivo centenario del campo de Yassin, cerca de Betlem, en tierra de Palestina. Yassin tenía allí un amplio campo con olivos, almendros, algún manzano y un cerezo. Yassin trabajaba, además del campo, a veces como albañil con sus familiares y otras veces contratado por alguno de los colonos judíos de la zona de Betlem. Su mujer trabajaba en una escuela de la ONU como maestra, y tenían tres hijos. El mayor, Alí había muerto unos años antes en una intifada en Cisjordania, a consecuencia de tiros del ejército hebreo, la niña Donia estudiaba en Ramala y el pequeño Hamad acababa de cumplir 10 años y, después de la escuela, ya ayudaba a su padre en el campo cuando había que recoger almendras en verano y olivas en invierno. El día que cumplió 10 años su tío Amed le había regalado un tirachinas que él mismo había hecho con una rama de cerezo y gomas de un viejo neumático de coche. Con él, Hamad jugaba con sus amigos a afinar la puntería con unas latas vacías puestas a distancia en el campo. Hamad era muy bueno en eso y siempre llevaba el tirachinas consigo.
Cuando Hamad descubrió el nido de una paloma blanca en lo alto del olivo más grande, se fijaba todos los días en el ir y venir de la paloma, y un día, cuando la paloma se fue, se atrevió a escalar el árbol hasta lo más alto y ver el nido, que en ese momento estaba vacío. Tiempo después observó que la paloma estaba mucho tiempo en el nido y, escalando de nuevo con cuidado, observó que tenía dos pequeños y bonitos huevos. Se alejó en seguida para que la paloma no le viera cuando acudiera a incubarlos.
Otro día observó que un halcón sobrevolaba el huerto de su padre y el árbol donde estaba el nido. Cuando vio que se acercaba al nido le tiró una pequeña piedra con el tirachinas, no a darle sino a las ramas de al lado y así lo espantó y se fue. Eso sucedió varios días y Hamad espantaba al halcón. Pero un día por la mañana temprano encontró al pie del árbol las cáscaras de los dos huevos rotos. Se enfadó mucho y vigilaba si venía el halcón para espantarlo con su tirachinas.
Tiempo después observó de nuevo que la paloma pasaba mucho tiempo en el nido, sin apenas salir, y algunas semanas después observó que del nido asomaban dos cabecitas de los polluelos que habían nacido y a los que la madre les traía comida en su pico y se la daba cuidadosamente en sus pequeños picos abiertos ansiosamente.
Pero volvía el halcón y un día observó espantado que voló sobre el nido y salió llevando en sus garras una de las crías y fue a posarse sobre el muro que separaba su huerto de las casas de los colonos judíos que había cerca. Hamad cogió su tirachinas y apuntando bien le dio una pedrada al halcón que cayó herido revoloteando esforzadamente hasta llegar al suelo. Un chico judío casi de la misma edad que Hamad, vino corriendo, recogió con cuidado el halcón y se lo llevó. Hamad se quedó muy enfadado.
Ese niño se llamaba Saúl. Era hijo de unos colonos judíos que habían construido su casa en un campo que había sido de la familia de Hamad, pero los
colonos se había apropiado sin más y construido una bonita casa con piscina y todo. Cuando Saúl cumplió 15 años le regalaron una escopeta de perdigones y con ella jugaba en el campo disparando a pajarillos y a todo lo que le parecía. Saúl había visto lo que pasaba con el halcón y la paloma, y también cuando Hamad disparó con su tirachinas al halcón. Saúl, una vez guardado el halcón en su casa para curarlo, salió con su escopeta de perdigones, fue al campo de Hamad y disparó y mató a la paloma blanca que anidaba en su olivo más grande. En el nido quedó un polluelo con un escaso plumón, que moriría en seguida de hambre y frío.
Hamad estaba muy enfadado y, de rabia, tiraba piedras con su tirachinas contra el muro que separaba su campo y la colonia judía. En eso, acudieron unos soldados y detuvieron a Hamad y se lo llevaron preso acusándole de estar atacando con piedras al muro de separación. Sus padres no estaban allí y unos amigos de Hamad protestaron pero no pudieron hacer nada ante los soldados armados. Fueron a avisar a sus padres.
Cuando Saúl cumplió los 18 años se fue a hacer el servicio militar y luego ya se quedó en el ejército como soldado. Era excepcional con su puntería y lo destinaron a un avión caza equipado con ametralladora y equipo de alta precisión.
Cuando Hamad salió de la cárcel varios meses después huyó al norte, al Líbano y vivió en el campo de refugiados de Sabra, en un barrio de Beirut. Allí conoció a otro chico que tenía un palomar y amaestraba palomas para hacerlas palomas mensajeras y enviar mensajes a otros sitios que su organización tenía por el territorio. Hamad se entusiasmó con la idea y colaboró con su amigo en el palomar. Llegaron a tener una buena bandada de palomas y lograban amaestrar algunas para su objetivo. Todavía seguía la guerra entre los dos países vecinos y un día Hamad vio cómo un caza volaba más bajo de lo habitual y al acercarse a su palomar disparaba una ráfaga de ametralladora contra la bandada de palomas que en ese momento volaban distendidas en el cielo azul de Sabra. Murieron casi todas y sólo unas pocas regresaron al palomar asustadas y nerviosas. Hamad quedó destrozado y en ese momento se acordó de su paloma blanca del olivar de su padre, de aquel halcón que la molestaba y de aquel chico judío que disparó su escopeta y la mató.
Al poco rato, se oyó un tremendo disparo de un obús que los milicianos islamistas que estaban cerca de Sabra dispararon contra el avión que sobrevolaba bajo una y otra vez. El avión fue alcanzado y derribado y se prendió fuego al caer a tierra. El piloto había tenido tiempo de hacer saltar su asiento y el paracaídas y aunque estaba herido cayó a tierra y fue apresado por las milicias palestinas. Hamad se enteró que ese piloto era Saúl, el chico judío que había matado su paloma. Hamad no sentía odio ni venganza, pero sí un tremendo dolor por el recuerdo de su paloma y el nuevo desastre de la bandada de palomas abatidas. Con los debidos permisos quiso ir a saludar al piloto preso y recordarle aquel episodio de años atrás.
El soldado Saúl entró en una profunda crisis personal cuestionándose los desastres de la guerra, lo absurdo del apartheid de Israel sobre Palestina y tanto dolor producido. Cuando fue liberado, en un intercambio de presos, pidió la baja del ejército averiguó el paradero de Hamad y pidió perdón a su antiguo vecino. Hablaron sinceramente contándose sus vidas, se pidieron perdón y se hicieron amigos. Hablando del presente y del futuro, proyectaron un nuevo plan para sus vidas.
Afortunadamente la guerra había terminado, se había firmado la paz y el reconocimiento de dos Estados, Israel y Palestina, bajo un paraguas internacional, y nacía un tiempo de esperanza y nuevos retos de colaboración y convivencia. Era mucho el dolor provocado por la guerra, el genocidio de Gaza y la destrucción de viviendas y hospitales. Mucha gente arrastraba el duelo por sus familiares muertos y los sufrimientos de personas mutiladas y niños y niñas traumatizados por la guerra. Quedaba mucho por resolver y superar, pero al menos había esperanza en que la paz se consolidara como definitiva. Ese era su sueño.
Saúl, durante su pertenencia al ejército, se había especializado en la fabricación y uso de drones con objetivos militares, que era una de las armas más eficaces. Y Hamad seguía con su afición por las palomas mensajeras. Se juntaron con otros amigos con sentimientos y aficiones comunes, formaron una cooperativa y se instalaron en un antiguo kibutz reconvertido en granja ecológica y centro de fabricación de drones con objetivos civiles. Saúl y Hamad eran socios de la cooperativa y trabajaban juntos, y además eran amigos. Con la tecnología aprendida fabricaban drones de diversos tamaños y modelos, destinados a la mensajería civil como reparto de paquetes especialmente de material médico urgente a hospitales y centros de salud, de libros y material escolar y pedagógico a colegios, cámaras para grabar reportajes de paisajes, así como el despliegue publicitario y solidario de pancartas desde los drones por las playas, ciudades y campos. Eran las nuevas palomas mensajeras de paz.