San Óscar Romero, profeta y mártir de la Liberación -- Fernando Bermúdez

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

El 24 de marzo de 1980, mientras el arzobispo de San Salvador, Oscar Romero, celebraba la Eucaristía en la capilla del hospital de “La Providencia”, una bala acabó con su vida. Su sangre se unió a la sangre de Cristo y su cuerpo roto al del Crucificado y a los crucificados de su pueblo.

Romero mezcló su sangre con la de tantos hombres y mujeres de su pueblo. Fue consciente de que así terminaría su vida, asesinado por las fuerzas oscuras del poder económico y militar.

Su delito fue defender el derecho a la vida de los pobres frente a la poderosa clase oligárquica, insensible ante el hambre y dolor del pueblo, y frente a un gobierno que, con el apoyo de los militares de Estados Unidos, asesinaba y masacraba a poblaciones enteras.

Romero fue un hombre de Paz, llamó al diálogo para que cesen las armas. Estaba en la línea de lo que hoy clama el papa León XIV: “una paz desarmada y desarmante”, fruto de la justicia social y del respeto a los derechos humanos.

Monseñor Romero decía: “Una iglesia que no se une a los pobres para hablar en contra de las injusticias que se cometen contra ellos, no es verdadera iglesia de Jesucristo”.
Los poderosos creyeron que con matar al arzobispo Romero acabarían con su palabra, esa palabra que fue el consuelo y la esperanza del pueblo salvadoreño.

“Mi voz desparecerá, pero mi palabra que es Cristo, quedará en los corazones que lo hayan querido acoger”, decía. Cuando él hablaba todo el mundo estaba pegado a la radio escuchando su palabra profética. Tenía una fuerza irresistible. Era Dios quien hablaba a través de él.

Cuando predicaba en la Catedral se transformaba. En sus homilías afloraban los más hondos sentimientos de su corazón de pastor: la compasión y la indignación, el dolor y el gozo. Decía: “Estas homilías quieren ser la voz de este pueblo. Quieren ser la voz de los que no tienen voz…”.

En varias ocasiones los enemigos del pueblo colocaron bombas en la emisora de la Iglesia para apagar su voz. Y con frecuencia recibía amenazas de muerte. Pero él decía: “Como Pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos que amo, que son todos los salvadoreños incluso a aquellos que vayan a asesinarme… Si me matan, resucitaré en el pueblo… Los que desean mi muerte sepan que si me matan yo los perdono”.

Después de 46 años, monseñor Oscar Romero sigue vivo en el pueblo salvadoreño, en América Latina y en todo el mundo, haciendo renacer en cada corazón que escucha su palabra, el compromiso por la justicia, la solidaridad y la esperanza en un mundo más humano. Multitudes de peregrinaciones llegan a diario a orar ante su sepulcro. Una energía sin nombre emana del lugar donde está sepultado.

En las Eucaristías celebradas en la cripta junto a su sepulcro se conmemora no tanto su muerte sino su resurrección. “Romero vive”, se lee en multitud de carteles y pancartas.

En El Salvador, pese a la represión imperante hoy por el gobierno de Bukele, se respira por todos lados el gozoso espíritu de Romero. En calles y buses se visualiza retratos y afiches del santo Arzobispo. Su rostro se observa en camisetas, gorras, calcomanías, sellos postales… Pancartas con su retrato aparecen en manifestaciones, actos religiosos, culturales e incluso deportivos.

Multitud de canciones populares están dedicadas a él. Películas y documentales, dibujos y pinturas, libros y revistas hablan de él. Multitud de jóvenes que no lo conocieron en vida se entusiasman con su mensaje de fe y de compromiso en la defensa de los Derechos Humanos.

Quienes pretendieron callar su voz, que no fueron sólo los que planearon su muerte sino todo el sector oligárquico terrateniente y empresarial, nunca se imaginaron que monseñor Romero resucitaría en el corazón de cada hombre y mujer comprometidos en la construcción de una nueva humanidad y con el Evangelio de Jesús, quien también fue brutalmente asesinado por los poderosos de Israel.

Los grandes mataron al arzobispo Romero, pero resucitaron a un santo, San Romero de América, Pastor, Profeta y Mártir, símbolo del hombre nuevo. El papa Francisco lo canonizó el 14 de octubre de 2018 en la plaza de San Pedro de Roma. Hoy San Óscar Romero es un signo de esperanza para la Iglesia y para el mundo de los pobres. Su testimonio de vida nos enseña a no separar la fe del compromiso por la construcción de una nueva sociedad de justicia y fraternidad universal, signo del reino de Dios.