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Nuestra religión civil y sus nuevos fariseos -- José Mª Castillo

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Atrio

La religión civil consiste en el proceso de sacralización de ciertos rasgos de la vida ciudadana a través de rituales públicos, liturgias cívicas o políticas encaminadas a conferir poder y reforzar la identidad y el orden en una colectividad (S. Giner). Esta forma de entender la religión arranca de Maquiavelo, se refuerza en Hobbes y quedó definida por Rousseau. Su razón de ser radica en que una población de nula o tibia fe traspasa sus anhelos de trascendencia a sus actividades profanas (G. Simmel). Es justamente lo que ahora estamos viviendo en España.

Porque hay países (como es nuestro caso) que, manteniendo las formas externas de la “religión sagrada” de toda la vida, las creencias de esa religión se debilitan hasta el extremo de que, sin que casi nadie se dé cuenta, lo que en realidad funciona y motiva a la mayoría de los ciudadanos es la “religión civil” que acabo de explicar brevemente. Es decir, la religión de los templos se desplaza a la vida civil. Lo “sagrado” se vive en lo “laico”. En este caso, el Estado de derecho es la nueva religión. En la que se impone el imperio de la Ley, interpretada por los “juristas”, como en el antiguo Israel se imponía la Torá, interpretada por los “maestros de la ley” (rabinos).

Y advierto que este fenómeno se produce de forma que casi toda la población se adhiere a la nueva religión, por más que haya gente que sigue pensando que su fe está puesta en las creencias de siempre, cuando en realidad las verdaderas convicciones que rigen la vida son las que impone la nueva religión, que garantiza el orden, da seguridad a los ciudadanos, mantiene o promete un determinado poder económico y hace que la gente pueda convivir. Además, lo mismo que ocurre en la religión sagrada, también en la civil hay tendencias de derecha y de izquierda, fundamentalistas y liberales, ortodoxos y heterodoxos.

Estos días, estamos viviendo en España las tensiones y conflictos que genera nuestra nueva religión. Lo mismo que ocurría cuando Jesús andaba por el mundo, la Ley, sus ritos y ceremonias, son entendidos y aplicados por cada grupo según el dictamen de los rabinos que aconsejan a los fieles de cada tendencia. Y ahora, como entonces, hay fariseos hipócritas, fanáticos observantes, que pagan “el impuesto del anís y del comino, al tiempo que descuidan lo más grave de la Ley: la justicia, la misericordia y la lealtad” (Mt 23, 23).

Por eso se explica que, en el día de la Constitución, los más notables discípulos de los rabinos de la derecha no quisieron ni pisar el templo (el Congreso) en el que los fieles de la otra tendencia celebraban su liturgia anual de homenaje al Estado de derecho. Porque ahora hay fariseos que ven peligrar el estricto cumplimiento de la Ley según ellos la interpretan. Los que tienen tragaderas para ocultar la corrupción del ladrillo y del asfalto, no soportan que el Tribunal Constitucional decida lo que a ellos no les conviene.

Pero también ocurre que, al igual que en tiempo de Jesús, la Torá de entonces, lo mismo que el imperio de la Ley de ahora, una norma y otra, están por encima de todo, incluso por encima de la vida. Con lo cual nos vemos metidos de lleno en el problema que nos ha planteado la activista saharaui Aminetu Haidar. ¿Qué es primero: observar la ley o salvar una vida? Los juristas están divididos. Como les pasaba a los rabinos del siglo primero.

Pues bien, sabemos que Jesús cortó por lo sano. No sólo en el caso de “salvar una vida” (Mc 3, 4), sino incluso cuando lo que estaba en juego era devolver la integridad a un manco (Mc 3, 5). El dictamen del Evangelio está claro: salvar una vida está antes que las interpretaciones de todos los rabinos y juristas del mundo. Y más, si se trata de defender una vida que está en peligro por defender una causa noble y justa, la causa de un pueblo atropellado en sus derechos más fundamentales, como es el caso del pueblo saharaui.

El Evangelio es intransigente con los fariseos intransigentes y además hipócritas. Porque, entre otras cosas, Jesús fue un hombre profundamente religioso que puso en marcha el intento asombroso de convertir la “religión sagrada” en “religión civil”. No porque Jesús fuera ateo o propugnara el ateísmo. Nada más lejos de eso. Lo que pasa es que Jesús vivió su relación con Dios de manera que hizo del mundo entero un templo, de cada persona un altar, y de cada relación humana una liturgia. Su proyecto no fue “sacralizar” la vida y la convivencia, sino “hacer laica” la religión. Porque sólo así es posible que lo humano, todo lo que es común a todos los humanos, pueda superar la hipocresía religiosa (el fariseísmo) y, sobre todo, la deshumanización que antepone las propias ideas y los propios intereses a la vida misma.

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