Noche de Reyes en la España vaciada -- Evaristo Villar

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Crónica de una magia que Resiste a morir
Magia en los silencios. En la España que se apaga por los bordes, donde el mapa se llena de silencios más que de caminos, la Noche de Reyes no es un espectáculo: es un pulso vital. Una ceremonia mínima pero decisiva que enfrenta la fragilidad de los pueblos vaciados con la obstinación humana por seguir celebrando.

Aquí, donde la infancia es un recurso en peligro de
extinción y cada familia cuenta, la magia no baja del cielo: se fabrica a mano. Esta es la historia —breve, cruda y luminosa— de cómo tres viejos viajeros siguen encontrando el norte en territorios donde hasta las farolas dudan si encenderse.

Caravanas que luchan contra el Frío Demográfico
En miles de pueblos españoles, el 5 de enero ya no convoca cabalgatas,
sino pequeñas expediciones improvisadas. Los datos no perdonan: más de
4.000 municipios tienen densidades inferiores a 12 hab./km², y en
numerosas aldeas apenas viven uno o dos niños, cuando aún vive alguno.
Zamora, León, Soria o Teruel son geografías donde la natalidad es un
milagro estadístico.

Por eso, en estos lugares, los Reyes llegan en el todoterreno del voluntario, en el tractor del alcalde pedáneo o en la valija del cartero rural, que hace un desvío para dejar un paquete anónimo. Lo fundamental no es la pompa, sino el gesto. “Aquí los Reyes vienen aunque no haya público”, comenta un vecino de un pueblo de Burgos con cuatro residentes fijos.

Porque para las pocas familias que quedan, mantener viva esta noche es afirmar que todavía hay futuro: aunque sea pequeño, aunque tiemble, aunque se parezca más a un rescoldo que a una hoguera.
Mercado, Identidad y Nuevos Habitantes bajo la Misma Estrella

La magia, sin embargo, convive con sus sombras. El mercado del juguete
—que en los últimos años supera ampliamente los 1.300 millones de euros
en campaña navideña— marca deseos que no siempre pueden pagarse. En
pueblos donde el sueldo medio es más bajo y la oferta escasa, la brecha se agranda.

Aun así, un balón barato o la Barbie de imitación pueden levantar
más ilusión que el fantasma de un Vigo iluminado o un scalextric.
Pero el desafío no es solo económico; también es simbólico. La tradición bíblica nunca dijo que fueran reyes ni habló de su apariencia. Esa iconografía medieval convive hoy con pueblos donde los “otros” ya no son solo rumores del exterior, sino vecinos: más del 12% de la población española es de origen extranjero, y en áreas rurales este porcentaje crece silenciosamente gracias a trabajadores agrícolas, familias jóvenes y nuevos emprendedores.

En la España vaciada, el forastero puede ser el marroquí
que lleva veinte años, el ecuatoriano de la residencia o el madrileño que llegó harto de oficina.
En Noche de Reyes, todos quedan bajo la misma estrella. Hijos de
rumanos, argelinos, colombianos, senegaleses o marroquíes escriben sus
cartas con la misma mezcla de nervios y esperanza.

Y eso transforma la escena: la tradición ya no es solo una costumbre, sino un lenguaje compartido que iguala a quienes no tienen la misma lengua materna.

Una Lección Antigua para un País que Cambia
La Epifanía, en su origen, fue una historia de viajeros extranjeros
reconociendo a un recién nacido sin privilegios. Una escena humilde que
anticipaba una idea radical: lo sagrado puede aparecer en la intemperie.

Ese simbolismo recupera sentido en los pueblos vaciados: lugares
pequeños, a veces maltratados, donde lo extraordinario ocurre a escala
humana. Allí, la diversidad no es un conflicto académico o político, sino la única forma de sostener escuelas, comercios, panaderías y fiestas.

Si la cabalgata pasa —aunque solo haya dos niños—, la comunidad entera se siente rescatada por un instante.
Muchos expertos en despoblación recuerdan que sin migración y sin
políticas de apoyo este territorio está condenado al desierto. Pero también insisten en algo más profundo: las comunidades que se abren se
mantienen; las que se cierran, mueren.

La Noche de Reyes, con su mezcla de tradición, mezcla cultural y humildad rural, es una metáfora brillante de
esa ética: compartir lo poco para no perderlo todo.

Epílogo: Donde el Silencio Guarda la Última Luz
Al amanecer del seis de enero, cuando los motores se enfrían y las huellas en la nieve empiezan a borrarse, los pueblos vuelven a su silencio habitual.

Pero no es el silencio muerto del abandono. Es un silencio cargado, espeso, como si debajo latiera un corazón viejo que se empeña en seguir
bombeando.
En las cocinas aún tibias, las figuras de los Reyes —de barro, de plástico, de escayola rota— vigilan los restos del roscón como centinelas de un mundo frágil.

Y en la casa donde vive el último niño del valle, un papel
arrugado confirma el milagro: la magia encontró el camino otra vez.
En estas tierras donde el cielo está tan bajo que parece querer abrazarlo todo, cada visitante es portador de un regalo, y cada vecino —sea García, Petrova o Ben Salem— puede ser heredero de un mismo sueño.

Porque mientras alguien deje un puñado de ilusión junto a una ventana helada, la noche más larga seguirá abriéndose al alba. Y la España vaciada, por unas horas, respirará como un lugar que todavía pertenece al mañana.