Los bajos salarios no despegan

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Según el Fondo Monetario Internacional (FMI) la economía española va a crecer en 2026 a un ritmo del 2,1%, casi el doble que la media de la zona euro (1,2%), las últimas Encuestas de Población Activa (EPAs) han alcanzado cifras récord de ocupación, el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) se ha revalorizado un 50% desde 2015 y la desigualdad de la riqueza entre los hogares se ha reducido varios puntos en los últimos años según la Encuesta Financiera del Banco de España.

Todos estos datos son positivos y deben mucho al último gobierno de coalición de izquierdas, pero dejan en penumbra la situación de penuria que sigue afectando a casi la mitad de la población activa, ya se trate de personas en paro de larga duración (949.000 en 2026), asalariadas en la economía formal con ingresos inferiores al SMI (7,6 millones en 2024) y en torno  3 millones de ocupadas en la economía informal con bajos ingresos, principalmente en la agricultura, la hostelería y el servicio doméstico, con un componente importante de inmigrantes sin papeles. O sea, más de 11.000.000 de personas.

Sorprende el gran número de personas con contrato en regla que tienen ingresos salariales por debajo del SMI. ¿Cómo es esto posible? La respuesta depende de la estadística que manejemos, ya sea la del Mercado de Trabajo de la Agencia Tributaria o la de Estructura Salarial del INE. Ambas se publican anualmente con notable retraso y parten de la misma fuente (las declaraciones del modelo 190 que las empresas cumplimentan por los salarios que pagan) pero, mientras la Estadística de la Agencia Tributaria incluye todas las declaraciones efectuadas a lo largo del año, la Encuesta de Estructura Salarial deja fuera varias categorías laborales con bajos salarios (agricultura, ganadería y pesca, servicio doméstico y muchos empleos de temporada, etc.), elevando artificialmente el salario medio y ofreciendo una imagen edulcorada de la polarización salarial. Así, si comparamos el último año publicado por ambas fuentes (2023), el salario medio del INE (28.050 €/año) es un 17% mayor que el de la Agencia (23.981 €), y la proporción de personas con ingresos inferiores al SMI el doble en la Agencia (37%) que en la Encuesta del INE (18,5%). Nos quedamos, por tanto, con la primera de ambas fuentes.

La evolución de los salarios la podemos seguir a través de tres indicadores: el salario medio, la masa salarial (que resulta de multiplicar el salario medio por el número de trabajadores de cada año) y la desigualdad entre salarios altos y bajos. El salario medio, siempre en euros constantes, ha permanecido casi congelado entre 1994 y 2024, con una ligera subida del 2% hasta 2007, bajada del 6% hasta 2018 y nueva subida del 5,5% en los últimos seis años. Sin embargo, la masa salarial ha crecido un 93% en el mismo período, pasando de algo más de un cuarto a medio billón de euros, con oscilaciones según la coyuntura económica: crecimiento del 81% hasta 2007, bajada del 11% hasta 2011, subida del 3% hasta 2018 y del 15% hasta 2024. Por último, la polarización salarial ha sido siempre muy elevada, con algunas variaciones a lo largo del tiempo: a finales del siglo XX los asalariados “ricos” (por encima de cinco veces el SMI) recibían un ingreso medio 19 veces superior a los “pobres” (por debajo del SMI), en 2007 la diferencia bajó a 17,5 veces para subir de nuevo a 19,2 en 2013 y bajar a 16,8 en 2024.

El contrapunto de los salarios son los beneficios y revalorizaciones del capital, que se han incrementado continuamente en las tres últimas décadas. Si el salario medio no ha despegado y la masa salarial ha crecido al ritmo del empleo, el valor monetario de las acciones empresariales, según el Banco de España, se ha multiplicado por seis, pasando de una cantidad similar a la masa salarial en 1994 (0,66 billones) a 4,6 billones de euros en 2025.

Pese a las relativas mejoras registradas por el último gobierno de coalición, el gran capital, donde tienen cada vez más peso los inversores transnacionales, ha logrado orientar la política económica al servicio de la revalorización del propio capital, a costa de las rentas salariales y de los servicios públicos. Una forma de funcionamiento de la economía que se corresponde con la onda larga neoliberal iniciada en los países occidentales en los años setenta del siglo pasado, después de la etapa fordista de la segunda postguerra mundial, que se ha traducido en una mayor desigualdad en el plano nacional e internacional, con una minoría acaparadora de renta y riqueza, deterioro del medio ambiente y exclusión creciente de los sectores más frágiles.

Desde un cristianismo comprometido, podemos denunciar con León XIV “las heridas causadas por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres» (Homilía ante 200.000 personas en la Plaza de San Pedro una semana después de su elección).