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Libertad de mujer -- Rosa Mª Martínez Uña

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Somac

Soy mujer y trabajadora. Las sirenas del entorno me silban permanentes mensajes de libertad. Unas veces es la publicidad que instrumenta y manipula a la mujer. Otras veces son políticos que pregonan el 50+50 mientras utilizan a las mujeres como simples captadoras de votos o como veletas para adornar sus campanarios. Los ejemplos serían interminables.

En los medios de comunicación, en el trabajo, en la política, en el comercio, en la moda y hasta en la universidad, se promociona el “sex appeal” de la hembra en vez de la libertad de la mujer y su dignidad de persona. Se da por sentado que la libertad se consigue a base de impudor, de transgresión, de vociferante reivindicación o de lucha despiadada.

Desde la experiencia del camino andado, me parece que la libertad de la mujer no se consigue con tijera obscena, con promiscuidad irresponsable o coquetería manipuladora. Ni viene garantizada por plataformas reivindicativas, ni por ninguna asociación política o grupo de presión. Habría que empezar por reconocer que mi libertad no es distinta de la libertad del varón, que mi libertad no nace de mi feminidad sino del hecho de ser persona. Esta afirmación no me enfrenta a los varones sino que me hace igual a ellos.

Nada más erróneo que considerar la libertad de la mujer como una conquista frente a los hombres o frente al mundo. Cuánto vocerío estéril, cuanta manipulación infame, cuanta desunión y desigualdad genera el enfrentamiento como punto de partida. La mujer actual ha de conseguir su libertad frente a sí misma. Ser libre es mi derecho pero, sobre todo, es mi responsabilidad.

Se nos presentan incesantemente, como modelos de libertad, mujeres y hombres que no son más que ejemplos de libertinaje, de vida malgastada, errática o perdida. Cuánto personaje -revestido incluso de intelectual- va de gala en gala, de tertulia en tertulia y hasta de galardón en galardón, con una vaciedad inenarrable. Cuántos, arrastrando la vida y las palabras, pretenden orientarnos sobre cómo vivir e incluso morir. Hay que estar muy atenta para no dejarse seducir por las serpientes de los paraísos actuales. ¡Me niego a ser una nueva Eva que, entontecida, se deja sobornar por engañosas promesas en vez de utilizar su capacidad de discernir!

Pero me encuentro con dificultades. Me pesa el entorno. A veces olvido que, aunque todos lo hagan, no quiere decir que sea correcto. O me conformo con lo fácil. Por ejemplo: llego cansada, busco la libertad del sofá, enciendo la caja tonta y no sopeso el regusto amargo y sucio que me va a dejar ese programa de televisión. Otras veces no me atrevo a romper esa relación que me está perjudicando. O me olvido que lo básico es vivir humanamente y que mi libertad personal no me la garantizan banderas, colores, ni bandos. O río las gracias del de arriba aún sabiendo que está despellejando a otro. O aplaudo las maliciosas ocurrencias de todos porque necesito un poco de calor humano y que me hagan un huequito en el grupo.

En ocasiones me parece más fácil derribar la muralla china que ir quitando, con tenacidad y paciencia, los ladrillos que emparedan mi verdad. Esa verdad individual e íntima cuyo reconocimiento me ayudará a ordenar mis malos funcionamientos y a caminar libre de mis propios lastres.

Nos transmiten cada día que la vida de la mujer es una carrera de obstáculos. Estamos inundadas de tópicos: “comes o te comen”, “hay que dar primero para dar dos veces”, “si no dominas serás dominada”, “si no tienes en tu curriculum múltiples fracasos amorosos no has vivido la vida”, “desinhibirse es liberarse”, etc… Nos bombardean con toneladas de información sesgada que ni tiempo nos deja de pararnos a reflexionar.

Sinceramente, a mí me parece que la vida es una carrera de relevos. La victoria del grupo se construye con el esfuerzo individual de cada uno de sus miembros. Me gusta esta visión porque yo, por encima de todo, creo en la responsabilidad individual, creo en el individuo que se cuestiona a sí mismo y a su entorno, que trata de comprender lo que le pasa, se limpia sus heridas y pone en orden su casa interior.

Creo en el individuo, hombre o mujer -el sexo poco importa-, que puesto en pie se entrega y compromete con el grupo. Creo en el individuo que no se para en apariencias y busca la verdad, esa que no viene dada por la militancia sino por sus certezas y evidencias interiores. No creo en las masas, en la manipulación, en la demagogia, en el vocerío, el enfrentamiento y la descalificación permanentes. Creo en las personas que son capaces de aportar una lúcida opinión discrepante ante la presión de la corriente o lo políticamente correcto. Creo en los que saben discernir lo bueno de lo malo, los que -rechazando sectarismos- no se venden ni renuncian a su dignidad por más que les paguen un buen precio.

Sé que vivir libre de verdad supone un esfuerzo y una dedicación. Pero sé también que tengo cada minuto de mi tiempo para lograrlo, para retomar caminos y encauzar opciones. Sé que es un reto permanente. Pero me anima saber que en mi punto de llegada otros recogerán el testigo. Así avanza la caravana humana superando unos lo que los anteriores construyeron. Construir, esa es una bellísima palabra. Construir mi persona, mi familia, mi entorno, mi empresa, mi patria, mi mundo, sin caer en las garras de aves de rapiña cuyo objetivo es la confusión, el halago, la captación y la manipulación para dominar a las masas política o comercialmente.

¡Quiero ser libre! Esta aspiración es uno de los motores de mi vida y mi mayor esperanza para el futuro. Es un camino abierto en el horizonte de mi existencia y el estímulo que me da la fuerza para levantarme cada día y afrontar mis trabajos. Tengo la certeza de que esa libertad empieza por la conquista de mí misma y por sacar a la luz todo lo positivo que llevo dentro. Cada amanecer es mi turno y mi momento.

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