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Desde que se produjo la evolución de Unidas Podemos a Sumar, la unidad de la izquierda transformadora, ubicada a la izquierda del PSOE e imprescindible para apuntalar el gobierno de coalición progresista, se ha ido resquebrajando paso a paso, especialmente después de las candidaturas para el 23J y de la presencia en el actual ejecutivo.
Pero todo empezó con una ruptura en principio inesperada, pero a la postre muy aguda entre el anterior liderazgo de Pablo Iglesias y su sucesora Yolanda Díaz.
Es indudable que la no incorporación de Irene Montero a las listas de Sumar y la falta de presencia en el gobierno favorecieron la salida de Podemos del Grupo Parlamentario y su comparecencia en solitario en las europeas de 2024. Pero también es cierto que su nuevo discurso y su actuación política resultan bastante impropias de una izquierda renovada y novedosa, que fue su banderín de enganche en la traducción política del 15M.
Por su parte Izquierda Unida ha optado por un método más paciente y constructivo. Ha mantenido su permanencia en la coalición de Sumar por fidelidad a un electorado leal con la unidad, que ya puso todos los huevos en la cesta unitaria de la izquierda cuando Podemos irrumpió en la vida pública y eso facilitó la unidad de un proyecto de largo recorrido, aunque ahora siempre tratando de tender puentes para volver a una unidad de acción imprescindible para mantener una opción política plural, capaz de jugar su papel alternativo en la escena política ejecutiva y parlamentaria.
También el surgimiento del Movimiento Sumar dentro de la misma coalición creó una confusión considerable, que dificultó avanzar hacia una unidad sólida, amén de los errores graves de Yolanda en el desarrollo de la coalición, que obstaculizaron una concordia interna indispensable.
No hay que infravalorar en absoluto el rol jugado por los grupos que apoyaron la investidura de Sánchez en 2023, cuyo aporte al mandato democrático y progresista ha sido fundamental para la sostenibilidad de la legislatura alternativa al dominio de las derechas extremas y de las extremas derechas en su expresión cotidiana. A excepción de Junts y del PNV como partidos de centro-derecha, pero siempre democráticos, también son opciones claramente de izquierdas el BNGA, EH Bildu y ERC, si bien situadas en un ámbito de plurinacionalidad, que implica un cariz territorial propio donde cosechan su poder.
Esta conjugación de las izquierdas ha llegado a suscitar la idea de una candidatura única estatal, en la que Gabriel Rufián parece el mejor posicionado para concurrir, pero todavía es una hipótesis no consolidada.
En las elecciones extremeñas del 21D pasado la concurrencia de esa izquierda radical tuvo un ejemplo excelente en la candidatura de Unidas por Extremadura, logrando 7 meritorios escaños y, sobre todo, animando la campaña electoral con una carga de realismo sociopolítico muy potente y cercano a la ciudadanía más democrática y reivindicativa.
Dos mujeres como Irene de Miguel y Nerea Fernández, representantes respectivas de Podemos e IU en las listas unitarias fueron la gran novedad en los debates y en los recorridos por toda la región extremeña, tan necesitada de impulso político y de respuestas programáticas útiles y coherentes.
Pero la cosa sigue difícil, el caso de Aragón, cuyos comicios serán el 8 de febrero, ha dejado nada menos que 3 candidaturas a la izquierda de los socialistas, algo puramente suicida para sus posibilidades de incidencia. Esto no tiene sentido y, o se arregla a corto plazo, o su incidencia en la política general en todo el Estado será nefasta.

