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La última Cena: ¿una Eucaristía laica? -- Manolo González

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Somos Iglesia Andalucía

Todas las religiones se fundamentan en lo sagrado. Todas tienen lugares sagrados, tiempos sagrados, ritos sagrados, cosas sagradas – imágenes, reliquias – personas sagradas – sacerdotes, hechiceros, brujos- que hacen intermediarios entre Dios y el resto de los seres humanos.
Con lo sagrado se intenta aplacar a Dios y tenerlo propicio. Dios aparece como un ser lejano, trascendente, responsable de lo que nos sucede, airado por lo pecados que contra él cometemos e imprevisible, temiendo siempre lo peor.

Lo que aplaca a Dios son las oraciones, rogativas, actos de culto y sobre todo los sacrificios. Los sacrificios en el A. T. los realizaban los sacerdotes en el Templo, matando animales y ofreciendo a Dios su sangre. El sacrificio más importante en la Iglesia es la santa misa. Un sacrificio realizado por ministros ordenados, en templos consagrados y rodeado de una liturgia llena de signos y ritos sagrados. Un sacrificio de valor infinito porque lo que en ella se ofrece es Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Con Jesús se da por terminada esta etapa histórica. Jesús fue un laico. Vivió rodeado siempre de hombres y mujeres laicas. En su grupo no hubo sacerdotes. Todo lo contrario su actividad estuvo marcada de continuo por un serio conflicto con la clase sacerdotal y su tinglado religioso.

Se presentó en contacto con la divinidad, pero no a través de lugares, personas y ritos sagrados. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, no es el Dios de Jesús. La Torá, el Templo, los sacerdotes, los sacrificios y ritos sagrados no tienen lugar en el Reino que él anunciaba. Su vida y su mensaje se desarrollan en el ámbito de lo profano. Nos religamos con Dios no mirando hacia arriba, sino mirando hacia el lado, hacia el prójimo que nos necesita. No hay otro camino.

LA CENA PASCUAL FUE UNA COMIDA PROFRANA EN LA QUE SE REALIZÓ UNA NUEVA ALIANZA ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES…

Su última cena reviste para todos nosotros una gran importancia. De hecho es haciendo el memorial, el recuerdo y la repetición de aquella comida, como le recordamos cuando nos reunimos para celebrar la eucaristía.

En la última cena Jesús se reunió con los suyos para celebrar la pascua judía, la fiesta de la liberación de Egipto, el acontecimiento más importante del pueblo judío. En ella se recordaba la Alianza que Dios hizo con su pueblo.

En el Éxodo se nos describe esta Alianza: se hizo un altar de piedra, que representaba a Dios, y Moisés cogió el Libro de la Ley y lo ofreció al pueblo diciendo: “esta es la Ley de nuestro Dios, la que tenéis que obedecer”. Y el pueblo aceptó, afirmó que quería obedecer esa Ley. Después mataron un cordero, echaron la sangre en un caldero, y la rociaron con un hisopo sobre el altar y sobre el pueblo, creando así la alianza, un parentesco entre Dios y su pueblo.

Esta Alianza de Dios con su pueblo la renovaban los judíos cada año en la cena pascual. En ella se leían unas lecturas recordando la liberación de Egipto con las plagas, el derramamiento de sangre, la muerte de los primogénitos… Y después con ritos y oraciones se comía el cordero con las yerbas amargas y se bebían las copas. Era una cena sagrada.

Marcos nos cuenta como Jesús en la última cena sustituyó de forma radical y definitiva esta Alianza por la Nueva Alianza por él inaugurada. . Jesús, no leyó las lecturas y salmos de costumbre, sino que hizo una acción de gracias al Padre. Después no cogió el libro de la ley, ni el cordero inmolado, sino un trozo del pan que estaban comiendo y dijo: tomad y comed esto es mi cuerpo. Después cogió la copa del vino que estaban bebiendo y dijo: tomad y bebed, esta es mi sangre, la Nueva Alianza. Cuando, al celebrar la eucaristía, hacemos el memorial, el recuerdo y la repetición de esta cena, estamos, como Jesús hizo, dando por finiquitada la Antigua Alianza con su templo, sus sacrificios sangrientos, sus sacerdotes, sus ritos sagrados. Y realizamos la Nueva y Definitiva Alianza. Un cambio radical en la forma de entender a religarnos con Dios.

SIGNIFICADO DEL CUERPO Y LA SANGRE EN LA MENTALIDAD SEMÍTICA.

El cuerpo. En la mentalidad semítica distinguían en el hombre como una unidad, no constituido por partes, sino aspectos desde los que se le podía mirar.

 La spique o alma, en cuanto el hombre es un ser inteligente y libre.  El cuerpo – .soma-, en cuanto ese mismo hombre es identificable, activo y comunicativo, su trayectoria histórica. Es el sentido que toman los sinópticos.  Y la carne, en cuanto ese mismo hombre es débil, transitorio y mortal, sujeto al miedo y al dolor. Es así como lo entiende Juan cuando dice: el que come mi carne… ”

La sangre. La sangre significaba la misma persona en cuanto se entregaba de forma violenta.

Tomad y comed esto es mi cuerpo, es decir, mi trayectoria histórica, todo lo que yo he hecho en este tiempo que he estado con vosotros. Tomad y bebed, esta es mi sangre, es decir, mi entrega hasta el final, hasta la muerte violenta como un testaí, como un subversivo, clavado en una cruz.

El mensaje de Jesús era claro. Comer su cuerpo es renovar nuestro compromiso personal con Jesús. “Esforzaros por ser como yo he sido, vivid como yo he vivido, tened los pensamientos que yo he tenido”. Beber el vino significa “vivid como yo he vivido y ello hasta el final, nunca digáis hasta aquí, nunca os echéis atrás”. Cuerpo= compromiso. Sangre=sin condiciones.

La primera eucaristía la realizó Jesús –un laico- en un lugar profano – una casa grande- de una forma laica – sin sacerdotes, sin altar, sin ritos sagrados- . La eucaristía, tal como Jesús la entendió en aquella cena pascual, no es un acto religioso. Es un acto profano, laico, con el que tratamos de crear un compromiso vital con Jesús, es una opción fundamental en la que afirmamos: quiero tener a Jesús como referente de mi vida, quiero vivir como él vivió y ello sin condicionamientos, hasta el final.

Juan, además, al describir la cena, nos explica de una forma gráfica como debe ser la actitud fundamental del que quiere vivir como vivió Jesús. El lavar los pies es una forma grafica de manifestar la actitud ser servicio que debe reinar entre los que se reúnen. Y la tentación que de forma incondicional debe vencer: el poder, cualquier clase de poder, de un modo especial el poder religioso que es le que crea un mayor dominio sobre los demás

LA SEGUNDA Y DEFINITIVA ALIANZA SE REALIZO EN UNA COMIDA

La cena se hizo también en mitad de una comida. Una comida más, de las muchas que Jesús tuvo con los suyos. Algo profano también. El comer junto se consideraba en su cultura algo llamado a crear fraternidad. Y fue con este signo, la mesa compartida, como él quiso que le siguiéramos recordando

Se puede comer como acto animal, porque tengo hambre. Cuando tomo un helado, lo hago porque me gusta, el comer pasa a un registro humano. Y al comer en común, la comida, tal como la entendió Jesús, se hace vehículo de igualdad entre los comensales, de amistad y hermandad entre los que participan de ella, y crea la necesidad de compartir lo que tenemos, lo que sentimos, lo que somos

Jesús no inventó un nuevo rito religioso. Cogió el signo – profano – que ya existía y le dio un significado nuevo, más profundo. Al comer el pan y beber el vino nos comprometemos vivir con las opciones fundamentales que él tuvo en su vida y además potenciamos aun entre los reunidos lazos de igualdad y fraternidad, dado que lo que de verdad estamos realizando es un compromiso personal con el, una opción por que nuestra vida sea un vivir con y para los demás. Una eucaristía que no potencia entre los asistentes lazos de unión, fraternidad, amistad, no es la cena del Señor.

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