Durante siglos, la Iglesia ha vivido una profunda contradicción: mientras proclama un evangelio dirigido a los pobres, ha estructurado su lenguaje, su liturgia y su autoridad de manera que ese mismo pueblo quede relegado a la pasividad. El discurso de los pobres fue aplastado por una teología burocrática, abstracta e incomprensible. No se trata de una desviación accidental, sino de un proceso histórico sostenido, en el que la institución eclesial ha privilegiado su propia auto-conservación sobre la fidelidad radical al mensaje evangélico.
El resultado es evidente: el pueblo cristiano fue desposeído de su palabra, de su capacidad de interpretar y vivir el Evangelio desde su propia experiencia histórica. La catequesis y la predicación, moldeadas por categorías escolásticas, no reconstruyeron lo que destruyeron. Más bien consolidaron una distancia entre el clero —depositario del saber teológico— y los fieles —receptores pasivos de un discurso ajeno. En este sentido, la retirada histórica de la Biblia al pueblo no fue solo un hecho disciplinar, sino un acto profundamente político: privar a los pobres del acceso directo a la fuente de la palabra significó también controlar su interpretación y, por tanto, su potencial transformador.
Hoy, aunque las formas han cambiado, el fondo de esta dinámica permanece sorprendentemente intacto. La persistencia de un culto papalátrico —visible en la espectacularización de los viajes papales y en la centralidad mediática de la figura del pontífice— sigue reforzando una eclesiología vertical. Incluso los enfrentamientos dialécticos entre el Papa y líderes políticos globales, como el reciente cruce con el presidente Trump, son leídos más como episodios de poder simbólico que como expresión de una Iglesia encarnada en los conflictos reales de los pobres. La figura papal continúa funcionando como eje de identificación, eclipsando la dimensión comunitaria y horizontal que el Evangelio sugiere.
El proceso sinodal sobre la Sinodalidad, presentado como una oportunidad histórica de reforma, parece estar derivando en una confirmación de los límites estructurales de la institución. La prolongación del proceso, la elaboración de cuestionarios extensos y técnicamente complejos —como el reciente documento de 95 puntos— y su recepción meramente formal en parroquias y comunidades evidencian una desconexión entre el discurso oficial y la vida real del pueblo creyente. Más aún, la falta de compromiso efectivo de amplios sectores de la jerarquía revela una resistencia profunda a cualquier transformación que ponga en riesgo los privilegios de dominio y preeminencia acumulados durante siglos.
Paradójicamente, incluso los sectores más críticos dentro de la Iglesia parecen moverse dentro de los límites del mismo paradigma que cuestionan. La insistencia en demandas como el acceso de las mujeres al sacerdocio o la revisión del celibato obligatorio, aunque legítimas en términos de justicia interna, tiende a reforzar la centralidad de la ordenación sacerdotal como eje de la vida eclesial. Sin embargo, esta centralidad no tiene un fundamento claro en los evangelios, donde la comunidad —y no una casta clerical— aparece como sujeto portador del mensaje. La lucha por acceder al sacerdocio puede terminar, sin quererlo, legitimando una estructura que debería ser repensada más radicalmente.
Frente a esta situación, la Teología de la Liberación ofrece una clave decisiva: el sujeto del Evangelio no es el individuo aislado ni la jerarquía institucional, sino la comunidad de los pobres. Es en esa red de relaciones, en ese lenguaje compartido, donde el Evangelio se hace vida. No se trata de idealizar la religiosidad popular —que es heterogénea y atravesada por múltiples influencias—, sino de discernir en ella los elementos auténticamente evangélicos que han sido vividos y asumidos por los pobres.
En este contexto, adquiere especial relevancia la figura de los profetas-misioneros surgidos del propio pueblo. No son producto de estructuras formativas oficiales ni responden a lógicas de poder institucional. Emergen de manera imprevisible, reconocidos por la comunidad más que designados por la jerarquía. Su autoridad no proviene de un título, sino de su capacidad de encarnar el mensaje de Cristo en la vida concreta. Son ellos quienes, muchas veces en silencio y en los márgenes, mantienen viva la palabra que la institución ha tendido a domesticar.
La recuperación del protagonismo laical, afirmada teóricamente en el Concilio Vaticano II, sigue siendo una tarea pendiente. No basta con reconocer que la Iglesia es, ante todo, un pueblo de laicos; es necesario crear las condiciones reales para que ese pueblo pueda hablar, interpretar, decidir y actuar. Esto implica un proceso largo y conflictivo, que deberá enfrentarse a resistencias profundas, muchas veces inconscientes, tanto del clero como de los propios fieles acostumbrados a la delegación.
La cuestión de fondo es clara: o la Iglesia devuelve la palabra al pueblo —y con ella, la capacidad de construir comunidad desde abajo— o seguirá perdiendo relevancia en un mundo que ya no acepta mediaciones autoritarias sin legitimidad vivida. El Evangelio no será transmitido por estructuras que lo contradicen, sino por comunidades que lo encarnan. Y esas comunidades, en gran medida, ya existen, aunque no ocupen titulares ni protagonismos institucionales.
La historia no se detiene. La pregunta es si la Iglesia será capaz de escucharlas.
Faustino Castaño (pertenece a los grupos de Redes Cristianas en Asturias)

