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La mejor compañía -- Gabriel Mª Otalora

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Eclesalia

Se acerca Pentecostés y Juan nos conforta recordando a Jesús, que le pedirá al Padre un Defensor que esté siempre con nosotros: el Espíritu de la Verdad. Como ocurrió con las primeras comunidades, que desarrollaron una sorprendente vitalidad en cuanto se pusieron a propagar la Buena Nueva gracias a la llegada del Espíritu en el momento en que más temerosos estaban.

Una Iglesia misionera como la que propició Jesús, comprometida con el amor a los más pobres en el sentido más amplio del término, y abocada a los mismos problemas que tuvo el Maestro, incluso dentro de la comunidad creyente. Una vez recuperados los discípulos del mazazo de la crucifixión y del miedo a las autoridades judías, la experiencia de Jesús resucitado y Pentecostés lo cambió todo para sus seguidores, a pesar de que eran una minoría.

Al principio, judíos y cristianos siguieron viviendo unidos al culto del Templo y de la Ley de Moisés, como Jesús, aunque eran vistos por los de fuera como una secta judía llamada la secta de los nazarenos, según aparece varias veces en los Hechos; todavía no eran vistos como una nueva religión.

No fueron fáciles los primeros pasos, empezando por el rechazo cada vez mayor de los judíos al mensaje de un “Israel nuevo” abierto a todos los pueblos del orbe. ¿Cuántos fariseos como Saulo siguieron pensando que cumplían todos los requisitos de la ley de Moisés y que Jesús fue un mal sueño que ya pasó? ¿Cuántos cristianos hoy podemos estar pensando algo parecido del mensaje de Jesús, que no calan en la forma de pensar y obrar? Tuvo que ser chocante ver como aceptaban mejor a Cristo y a su mensaje de misericordia, de amor, de compartir entre iguales en Chipre, Asia Menor, Grecia o Roma, que en Israel. Su estilo de vida atraía sin dejar a nadie indiferente porque ofrecían una respuesta al anhelo humano de verdad y felicidad a pesar de lo inaudito de su afán de servicio sin atender a afinidades ni clases sociales. Su ejemplo llegó a preocupar, y mucho, a las autoridades romanas que les persiguieron y martirizaron hasta que llegó Constantino para hacer del cristianismo la religión oficial; con él se acabaron las terribles persecuciones pero también la independencia del mensaje cristiano, asimilándolo a los intereses de su imperio.

En cuanto a las mujeres, tuvieron una gran presencia en aquellos primeros años, en los que llegaron a presidir con normalidad comunidades cristianas. Tras la Pascua, fueron mujeres concretas las que aparecen con un papel visible en la misión paulina, las que desafían el orden establecido de la estructura patriarcal, y encuentran en el cristianismo un lugar donde reformular su sistema de creencias y valores desde su identidad femenina. Mujeres que, desde los inicios y en el seno del cristianismo antiguo, ejercieron una autoridad innegable en las comunidades porque a nadie se le escapaba que acompañaron a Jesús, fueron amigas suyas y testigos del Resucitado. Presidieron comunidades, sobre todo paulinas, y ayudaron con sus bienes, su sabiduría, influencia y valentía a los varones. De hecho, Pablo escribe que ser varón no es una condición necesaria para el reconocimiento de la autoridad apostólica en una persona (Romanos16, 7).

Claro que la Iglesia estuvo en peligro de dividirse en más de una ocasión, pero el Espíritu la mantuvo unida a medida que sus miembros oraban de forma unánime, trabajaban unidos por derribar las exclusiones injustas y sufrían también unidos. Existía una sensación de plenitud y entusiasmo provocado por una esperanza eufórica que invade toda la narración, como si nos quisiera contagiar a todos los que seguimos sus pasos. Los Hechos narran el camino de seguimiento a Jesús que hicieron algunos de sus seguidores, como una invitación a todos los que venimos por detrás. Las similitudes son evidentes:

1 – Los seguidores de Jesús se pasaban el día dando ejemplo de vivir cristianamente y predicando sin esperar a que les vengan a escuchar sino que salían a buscar a la gente, da igual si eran judíos o paganos, de una franja social u otra, expresada en el “ved como se aman”. Y lo hacen sin amedrentarse ni usar tácticas en función del qué dirán. Es una de las cosas que más enfatiza el libro de los Hechos de los Apóstoles: asombraban a quienes les escuchaban predicar porque se manifestaban con claridad y audacia, como Jesús.

2 – Cristo no escogió a los mejores según el criterio humano. Sí que transformó por amor a prostitutas y recaudadores de impuestos, y no fue menos chocante que su gracia tocase a un fariseo perseguidor de cristianos, como fue Saulo, para convertirlo en el más destacado misionero de los gentiles.

3 – Los apóstoles no se centran en condenar sino en salvar. Hablan de que mataron a Jesús por ignorancia y no se ensañan contra los que urdieron las infamias para colgarle en una cruz. No realizan cruzadas contra los personajes involucrados en la muerte de Cristo, que seguían acechantes, y que tampoco dudaron en hacer con ellos lo mismo que hicieron con Jesús. Como afirma Anselm Grün, aunque el amor no tiene armas, los tiranos tienen miedo de él.

4 – Pero cuando fueron acusados, también se convirtieron en testigos al defenderse con su fe ante el Sanedrín dejando a las autoridades judías y religiosas en evidencia. Si los apóstoles hubiesen vivido calladamente su fe y a trabajar por el Reino con un poco de diplomacia, posiblemente las autoridades judías les hubiesen ofrecido algún pacto de no agresión para salvar su prestigio y sus vidas a cambio de no socavar el prestigio de las autoridades. Unos dirigentes a los que Jesús ofreció la Buen Nueva directamente. Lo importante es que se mantuvieron firmes en su pretensión de cambiar el corazón desde el amor para superar las situaciones de exclusión que padecía una mayoría (sentirse indeseable a los ojos de los demás, desposeídos de bienes y cariño, etc.), cosa que incomodaba a aquellos legalistas protegidos bajo el paraguas teocrático.

5 – En el libro de Hechos, Lucas muestra que toda la vida de la Iglesia continuaba girando en torno al Cristo viviente, resucitado, apoyada en dos pilares: a) La celebración de la fe como encuentro alegre de los hombres y mujeres que necesitan alabar y agradecer los dones de Dios. Era la fiesta que alienta el Espíritu más que una obligación ritual. b) El servicio a los pobres o diakonía de atención preferente a los más necesitados.

Por lo tanto, cuando una Iglesia comienza a volverse aburrida y monótona en su testimonio, temerosa de perder un poder mundano que nunca debió tener, necesita volver urgentemente al Espíritu, a la audacia y la enseñanza del libro de los Hechos y las cartas de los apóstoles: ¿qué fue lo que pasó para que el evangelio brotase con fuerza y saliese de los confines del judaísmo hasta alcanzar en una sola generación los límites del mundo entonces conocido? Una pregunta que debe interpelarnos en tiempos de crisis generalizada. Pero en Occidente vivimos alejados de aquellas vivencias porque padecemos el mismo yugo de Constantino y Teodosio. La Iglesia institución se jacta de no entrar en política, pero no acaba de salir de ella al constituirse como un Estado, con su inmunidad diplomática, sin que nadie acierte a justificar una estructura de poder y ostentación como la del Vaticano, en pleno siglo XXI. Pero se resiste a entrar en la otra política, la que defiende a los perseguidos por causa de la justicia, y hacerse buena noticia con ellos; como Jesús.

gabriel.otalora@euskalnet.net

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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