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Libro: “Una experiencia comunitaria de liberación”- Desde “La Universitaria” a la “Comunidad Santo Tomás de Aquino”. Autor: Evaristo Villar -- Benjamín Forcano

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Tenemos la oportunidad de presentar el libro “Una experiencia comunitaria de liberación –Comunidad Santo Tomás de Aquino”. Un libro que, para los tiempos que vivimos, resulta gratificante y sugeridor. Gratificante, porque , dado el ritmo obviamente involutivo y autoritario de la jerarquía católica, uno no espera encontrarse con una experiencia como ésta.

Gratificante porque si es verdad, como escribe Eugen Drewerman , que lo que “hoy socava mortalmente a la Iglesia, e incluso hace imposible una vuelta atrás, es la aversión innata hacia un orden fundado exclusivamente en exterioridades, hacia toda autoridad que no sea internamente creíble, y hacia toda forma de religión impuesta por instancias administrativas y que no sea ratificada y llevada a la práctica por la propia persona” (Clérigos, Trotta, Madrid 1995, pg. 12-13), entonces veo en esta comunidad un despliegue vivencial de estas palabras de Drewermann. Es un ejemplo en el que desde el principio se vislumbra la íntima tensión entre poder y democracia dentro de la Iglesia.

El libro de 150 páginas, con narración valorativa de casi 60 años de vida de una comunidad cristiana es, al mismo tiempo, sugeridor, porque nuestra Iglesia que, desde siglos viene considerándose representada por los clérigos y que, en torno a ellos, ha levantado límites infranqueables, para liberarlos al parecer de tener que vivir una existencia terrestre, se encuentra en el escenario biográfico de esta comunidad con una figura nueva de sacerdote que intenta replantear más humanamente y más evangélicamente su papel y relaciones con la comunidad, según describe la carta a los hebreos: “Todo sumo sacerdote se escoge siempre entre los hombres y es capaz de ser indulgente porque él mismo está cercado de debilidad”( Heb 1,1-2).

La experiencia de esta comunidad muestra , a través de la docena de sacerdotes que han pasado por ella, cómo ha ido redescubriendo el talante humano del clérigo y el talante clerical del hombre. Se lo mire por donde se lo mire, la trayectoria de la parroquia llamada “la universitaria”, ha sido capaz de cuestionar la figura del clérigo, anclada en su mundo, en su vida, en su pensamiento y en su ministerio, obligándole a recuperar la dimensión profética y poética de su existencia , tal como la vivió Jesús: “que no fue monje ni sacerdote, sino más bien profeta y poeta, vagabundo y visionario, médico y confidente, predicador itinerante y trovador, arlequín y mago del amor de Dios y de su inagotable y eterna misericordia” (E. Drewermann, Idem, pg. 17).

Sugeridor también, porque los seglares de esta comunidad han jugado un papel audaz en derribar las barreras , incluso jurídicas, que separan al clérigo del laico. Audacia comprometida con la primacía de la comunidad sobre el poder, aunque, a pesar de ello o precisamente por ello, hayan tenido que sufrir la descalificación y la proscripción. La raíz que une a clérigos y laicos es la misma y los problemas a resolver entre unos y otros son los mismos; no hay razón por tanto para que en una comunidad cristiana el estamento clerical se empeñe en mantener su superioridad.

Lo fundamental en este conflicto consiste en una forma teológica diferente de interpretar la experiencia que se está viviendo. Se expresa con mucho acierto en las páginas 19-20 del libro:

-“Para la Parroquia – Comunidad el sujeto y objeto de la experiencia era la comunidad y la parroquia una mediación importante para expresar la comunión con el resto de la Iglesia; para la Curia diocesana lo importante era la parroquia-institución.

-Para la Parroquia – Comunidad la asamblea era el sujeto responsable último de la experiencia, mientras que para la Curia diocesana el responsable era el párroco, nombrado por el obispo y representante suyo.

-Para la Parroquia-Comunidad el Consejo pastoral o párroco colectivo era el representante legítimo de la Asamblea y gestor del programa pastoral y administrativo que ella elaboraba. Para la Curia diocesana la figura de “párroco colectivo o colegiado “ no estaba contemplada canónicamente y, en consecuencia, no podía ser sino un mero consultor del párroco individual.

– Para la Parroquia-Comunidad las “comisiones de trabajo gozaban de una gran autonomía hacia dentro y hacia fuera ; para la Curia diocesana eran grupos auxiliares del párroco en su tarea pastoral (Cfr. Una experiencia comunitaria de liberación, pg. 19-20).

Si algún día alguien se propusiera estudiar en profundidad el caminar de los primeros 30 años de la capilla-parroquia-comunidad universitaria concluiría que, en el sustrato de ese caminar, latía mal articulado el binomio sacerdote-comunidad, que se mantuvo prácticamente hasta el Vaticano II formulado de la siguiente manera:

-“ La comunidad de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales” (Constitución sobre la Iglesia, Vaticano I, 1870).

– “La Iglesia es, por su misma naturaleza, una sociedad desigual con dos categorías: la jerarquía y la multitud de fieles; sólo en la Iglesia Jerarquía reside el poder y la multitud no tiene más derecho que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores” (Pio X, Vehementer, 12.)

– “Es injurioso decir que es necesaria una cierta restauración o regeneración de la Iglesia para hacerla volver a su primitiva incolumidad” (Gregorio XVI, Mirari Vos, 16).

No es de extrañar que la comunidad Santo Tomás de Aquino, armada de la sinceridad y valentía que le comunicaban su voluntad de ser fiel al Evangelio desde las aportaciones nuevas de la Exégesis y la Teología modernas, y en sintonía con los logros de la modernidad, alcanzase a tocar el punto más crucial de la Iglesia: desenmascarar la identificación de la Iglesia con el estamento clerical, al que se le daba categoría, estructura y funciones que pasarían luego a configurar la personalidad de cada miembro del clero; una estructura convencional e inventada, pero que se había consolidado como intocable y que aprisionaba a cuantos en ella vivían.

Romper esa prisión y desmitificar esa identificación era arriesgarse a quedarse fuera y comenzar a construir, o mejor, continuar un proceso que inevitablemente transcurriría al desamparo de la autoridad eclesiástica y de sus cánones jurídicos. La parroquia universitaria ya en aquel momento , en su ejercicio de fe adulta y corresponsable, se había atrevido a desafiar el tabú más riguroso de la Iglesia católica: la condición de los clérigos que, según Drewermann consisite en “Romper el aislamiento en el que viven muchos sacerdotes y religiosos, y arrancarles del gueto de despersonalización administrativa en la que, a la fuerza, tienen que encarnar un determinado ideal” (Idem, pg.s. 26-27).

La opción de seguir a Jesús base y garantía de un caminar alternativo

Normalmente, la parroquia se conoce por tener un territorio limitado, con gente que habita en ese territorio, presidida por un párroco. El tiempo teje entre sus fieles una relación de trato, conocimiento y estilo que tiende a hacerse estable y uniforme.

Muy otra es la forma de la parroquia-universitaria. Enclavada en un lugar determinado, a ella llegan gentes de muchos lugares, aunque en este caso les distinga su carácter de universitarios. Y el párroco no puede actuar sin advertir esta variada o mayor universalidad. En esta parroquia bulle un mayor ambiente de apertura, de cruce de planteamientos científicos, interculturales y religiosos. La lectura, el estudio, la investigación, el diálogo hacen que esos creyentes lleven en su cabeza los avatares controvertidos y tan distintos del cristianismo histórico con su mezcla de poder y carisma, inquisición y liberación, represión y renovación. No les puede bastar una liturgia convencional, ritualista, estereotipada. Ni se conforman con entender su fe como un acto de asentimiento a cualquier tipo de creencia o de una práctica cultual al margen de las realidades públicas de la cultura y de la política.

Estábamos entonces bajo el efecto del aggiornamento del Vaticano II , que estimulaba todo tipo de renovación frente a un catolicismo desgastado , por siglos acartonado.

Creo que, en medio de este contexto, hay algo que desde el principio ha conducido a la parroquia –universitaria: recuperar la original fuerza del Evangelio y proyectarla en la sociedad de hoy. Somos creyentes del siglo XX-XXI y esto supone una sacudida a la parálisis conservadora y antimodernista de los siglos últimos. Ha sido mucho el tiempo de adormecimiento, de rutina, de obediencia maquinal y de falta de creatividad y respuesta a los problemas de nuestro tiempo.

Por eso, decía al principio, que no era fácil encontrar una experiencia como ésta y que, progresivamente , en un grado o en otro, iba a ser conflictiva. Pero, además, la experiencia hubiera fracasado de no ir animada por lo que es savia y espíritu original del Evangelio. Las dificultades, las trabas, las resistencias, las calumnias iban a llover, pero la universitaria se sustentaba en la praxis y enseñanza del Evangelio, y le guiaba la certeza de que era preciso volver a Jesús, conocerlo, librarlo de tantos secuestros, de tantas alianzas con el poder colonialista e imperial, y seguirlo fielmente. Y seguirlo en la conyuntura singular, ciento por ciento cambiada, de nuestra sociedad. Un desafío al que, normalmente, no se responde desde otras instancias oficiales, parroquiales o comunitarias.

Como muy bien se dice en el libro, a la parroquia-universitaria le tocó emprender un viaje hacia la libertad (éxodo) que le alejaba de la opresión, pero que la iba a dejar al mismo tiempo a la intemperie: “Con las puertas de la capilla cerradas a cal y canto y sin tener claro el lugar de destino, la incipiente comunidad a la intemperie desplegó una búsqueda intensiva de lugar en lugar, de barrio en barrio, de parroquia en parroquia.

Ninguna parroquia “formal” a pesar de las buenas palabras, parecía dispuesta a cargar con aquella pandilla de “apestados” por haber caído en desgracia ante una autoridad, ya involutiva y restauradora, que antepuso el autoritarismo y el poder a la práctica del diálogo y la misericordia… La curia diocesana no tuvo tiempo para constatar la situación en que dejaba a los “desahuciados”, tirados a la intemperie” (Idem, pg. 29).

Esta marcha de una parroquia-comunidad en proceso de maduración, a caballo entre el arraigo de la ley y la promesa de una nueva tierra, ha sido rasgo peculiar de ella y le ha dado, creo yo, apertura hacia la universalidad o “catolicidad” de la Iglesia.

Rescatados para la libertad y la profecía

Acaso sería acertado aplicar el símil del jubileo a la Iglesia católica. Un jubileo de liberación. Desde que la Iglesia se convirtió en la religión oficial del templo y del imperio, el proyecto original de Jesús, su mensaje revolucionario, quedó en gran parte oscurecido y paralizado. Una religión que se centraba en el culto y lo desvinculaba del compromiso público de la justicia y del amor, no concordaba con el proyecto liberador de Jesús. Siempre hubo en ella, es cierto, voces individuales y colectivas de libertad y testimonios de profecía, pero en su conjunto , como muy bien escribía José Mª Díez Alegría, a Jesús nos lo han secuestrado y lo ha secuestrado mayormente la jerarquía , poniéndose ella por delante e impidiendo a muchos llegar hasta él. Y el rescate de El, y con Él de la Comunidad, es tarea prioritaria para sus discípulos y lo fue para el concilio Vaticano II.

Y en esas estamos y en esas está la Comunidad Santo Tomás de Aquino, desde que a partir de 1986 encontró un nuevo espacio en el contexto de la Iglesia de base de Madrid , que ella misma había ayudado a crear. Desde entonces, tres han sido las características que le han acompañado, según se apuntan en el libro: “la opción por los pobres, la presencia profético-liberadora en la sociedad y en la Iglesia, y la coordinación entre comunidades y movimientos libres y corresponsables” (Idem, pg. 22).

Cómo la comunidad se ha ido estructurando internamente, de qué mediaciones se ha servido para consolidar y profundizar su fe y seguimiento de Jesús, cuáles vienen siendo sus tareas, sus celebraciones, sus compromisos y sus relaciones es cosa que se describe con bastante detalle en el libro.

Como todos sabemos, no siempre las normas, ni el Derecho canónico, expresan bien el Evangelio. Y cuando esas normas entorpecen el bien de la gente, hieren la dignidad humana, coartan los derechos humanos, u obstaculizan la comunión creando conflictos innecesarios, es una obligación ética superarlas. La cercanía y vinculación de la Comunidad con la Iglesia de Sao Félix do Araguaia de Pedro Casaldáliga, descrita en el libro brevemente, es una prueba de ello.

Integrar lo que nunca se debía haber separado

Quizás algunos pueden sacar la conclusión, después de lo dicho, de que el problema de la universitaria apunta a la extinción de la figura del clérigo. No. Queda intacto el ministerio presbiteral, no en cuanto realidad absolutizada que tendría sentido por sí misma, sino en cuanto ministerio al servicio de la comunidad.

Lo primero en la Iglesia es ser creyente, esa es la dignidad primera. El carisma ministerial está subordinado a la comunidad de creyentes. Nada, por tanto, de una dignidad u honor que otorga superioridad, privilegios o exenciones: “Ya hemos dejado de ser una clase privilegiada, escribía Fernando Urbina. Hemos bajado del pedestal y estamos mezclados con el “pueblo común”” (Urbina, F., Pastoral y espiritualidad para el mundo moderno II, Popular, Madrid, 1993, pg. 123).

Claro, que ya entonces, el mismo Urbina se veía precisado a escribir: “ Nos inquieta profundamente que esas minorías neointegristas hoy vuelvan a la carga y crezca su poder en esos “altos” lugares de la política eclesiástica, pretendiendo imponer de nuevo ese ‘modelo sacerdotal’ que ya en en el siglo XIX era una formulación extemporánea y repetitiva. … Que se vuelva a hablar de ‘dignidades’ , y que veamos a sacerdotes jóvenes ensotanados, impecables, con cuello blanco y carteras de ejecutivo, encumbrándose por encima del pueblo.

Y que se pretenda por medios de poder imponer un frenazo a sacerdotes y religiosos que abandonaron sus ‘dignidades’ y sus grandes conventos –espacios cerrados y para a ellos- vayan a vivir como Jesús, en medio de las masas inmensas del mundo, en esos pisos sencillos de los barrios periféricos, o en los pueblos rurales más pobres” (Urbina, Idem, pp. 114-115).

“En el concilio de Trento, escribe Schillebeeckx, quedó consolidada la imagen medieval del sacerdote. En el silo XX, Pío X, Pío XI y Pío XII, sobre todo, han contribuido muchísimo a popularizar esta imagen unilateral del sacerdocio, que determina incluso hoy la idea que muchos cristianos tienen de él” (Schillebeeckx, E., El ministerio eclesial, Cristiandad, Madrid, 1983, (Idem, p. 120).

Estoy tocando, como se ve, el punto que, en el fondo, más se impugnó en la Comunidad universitaria y que más problemas le creó y que todavía genera conflictos en muchas partes y está por resolver dentro de la Iglesia. No es lo mismo para nuestro tiempo una figura que otra del clero. Pasó la Edad Media, pasó el Barroco y los roles que el sacerdote ejercía en ellas. Hoy se intenta entender la figura del sacerdote como la de un ser humano de carne y hueso, nada heroica ni idealizada, sino real y cercana, poseída por las mismas dificultades, sentimientos y contradicciones que cualquier otra persona; un sacerdote que hable de Dios en términos acordes con la ciencia, la psicología, la poesía, la ética y la mística. Otro tipo de sacerdote , puro funcionario del culto, fiel ejecutor del autoritarismo eclesiástico, incapaz de obrar con libertad propia, es lo que provoca distanciamiento y falta de credibilidad.

Cómo debe ser el nuevo modelo de sacerdote lo fija Jesús de Nazaret: entre sus seguidores no debe haber ninguna suerte de rango, superioridad o dominio. La responsabilidad en la comunidad es de todos. Las comunidades, aun siendo plurales, ostentan una misma identidad y una misma tarea: seguir a Jesús, la vida en común y el servicio de los pobres. El carisma del gobierno, que existe en todas, es un ministerio más, no valorado por encima de los otros. Todos los carismas brotan del Espíritu, que es amor y libertad, para el servicio de la comunidad.

La historia nos enseña cómo las oposiciones establecidas entre clérigos – laicos se establecieron posteriormente y crecieron hasta hacer que una minoría se reservase la misión activa y se desposeyera a la gran mayoría de los ministerios.

Por tanto, sólo desde la igualdad fraternal se puede superar el binomio de clérigos-laicos, teniendo buena cuenta de no distinguir entre ministerios laicales y clericales, sino asumiéndolos a todos como eclesiales. Todos los carismas actúan en la Iglesia como servicio y no como poder, destacando que tal servicio tiene su lugar preferencial en los pobres.

Felizmente, el Vaticano II con el planteamiento de la lglesia como “Pueblo de Dios”, establece un estatuto básico de igualdad y fraternidad, recupera la estructura carismática de la Iglesia, el protagonismo de los fieles, el sacerdocio universal , el “sensus fidelium”. Todo cristiano, no sólo los obispos y el clero, por el hecho de serlo, participa en la triple función de Cristo: enseñar, santificar y gobernar.

Epílogo

La brevedad del tiempo, me impide aludir ahora a unas páginas del libro, que concentran magníficamente la identidad y evolución de la Parroquia – Comunidad Santo Tomás de Aquino. Lo tenéis en las páginas 83-95, bajo el título “Dos miradas de la Comunidad Santo Tomás de Aquino”. Y no lo hago porque difícilmente podría igualar la claridad, la precisión y el acierto con que lo hace su autor, Evaristo Villar. Os remito al libro y a su maestría.

Y, como conclusión a todo lo anterior, me siento feliz en añadir unas palabras que atañen a la Comunidad universitaria y, más directamente, a Evaristo, autor-coordinador del libro.

Llevamos muchos años viviendo juntos, Evaristo yo, pero nunca nos hemos ocupado de comentar el uno la labor del otro. Acaso porque el reconocimiento se daba por supuesto o porque no hemos tenido ocasión. Hoy, que se me brinda la oportunidad, lo hago con tres palabras: justicia, reconocimiento y gratitud.

-Justicia, porque el libro, con ser importante, nos remite a una vida, a la vida de toda una comunidad, que ha acometido una esforzada y hermosa aventura, con un buen camino y una brillante estela de iniciativas y obras realizadas.

-Reconocimiento, porque no siempre dentro de la Iglesia se ha sabido apreciar, asumir y apoyar una labor tan ajustada al Evangelio y tan positiva para hacer creíble en nuestro tiempo la Buena Nueva.

-Y Gratitud, porque todos los aquí presentes y muchos más compartimos con entrañable gozo y reconocimiento el testimonio, la audacia y la constancia de una comunidad que nos orienta a Jesús, Liberador y Señor de la historia, y a lo más puro de su Evangelio.

Muchos, se sentirán, seguramente, más libres y más afianzados en su opción cristiana gracias al testimonio de la universitaria, hoy comunidad Santo Tomás de Aquino, labrada durante 60 años con creatividad y esperanza.

Benjamín Forcano

Editorial KHAF

Ateneo de Madrid, 10 de mayo de 2012

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