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JOSÉ MARÍA CASTILLO: “LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA ESTÁ EN LA PASIÓN POR LA UTOPÍA”

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José Mª Castillo“Nunca en la Iglesia se ha hablado tanto de los pobres como en los últimos cuarenta años, poco más o menos desde la Conferencia de Medellín (1968) hasta estos primeros años del siglo XXI. Pero también es cierto que nunca en la Iglesia se ha tenido tanto miedo a los pobres como en estos últimos cuarenta años. ¿Por qué ocurre esto?” Quien así habla –o, por mejor decir, escribe- es José María Castillo, jesuita nacido en 1929 en la Puebla de Don Fadrique (Granada), una tierra de gentes serenas y sensatas, amantes del diálogo desde lo más profundo de sus convicciones. El padre Castillo es uno de los teólogos europeos más prestigiosos de la actualidad.

Algo que se le veía venir desde jovencito: doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, profesor invitado en esta misma universidad y en la madrileña Pontificia de Comillas, fundador y miembro de la junta de gobierno de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, sentó cátedra durante luengos años en la Facultad de Teología de Granada, regentada como las anteriores por los hijos de Iñigo de Loyola y anatemizada en esos días por el arzobispo Martínez. Allí, en su tierra, fundamentó sus bases teológicas con obras como ¿Hacia dónde va el clero? (1971), La Iglesia de Jesucristo (1974), La alternativa cristiana (1975), Símbolos de libertad. Teología de los sacramentos (1981) o Teología y magisterio (1986).

Pero, pese a esta sólida y prestigiosa carrera, y sobre todo muy a su pesar, Castillo sigue siendo hoy más conocido por el triste de privilegio de haber sido uno de los primeros señalados por el dedo acusador del entonces cardenal Ratzinger al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe: en 1987 fue castigado, junto a su compañero Juan Antonio Estrada, con la retirada del “placet” para enseñar teología en Granada. Roma consideró que sus opiniones sobre la naturaleza de la Iglesia y el ministerio de la Santísima Trinidad eran incompatibles con el magisterio. Dado que José María Castillo, entonces como ahora, siempre ha asumido sin ningún problema los dogmas de la Iglesia, algo influyó, sin duda, su visión muy crítica de la jerarquía eclesiástica.
Quizá fuera mejor así, porque su prestigio internacional y su producción teológica no han hecho más que crecer desde entonces. Castillo ha tenido tiempo para escribir libros de la talla de La Iglesia y el Evangelio (1995), Los pobres y la teología (1998), Símbolos de libertad: teología de los sacramentos (2001), Dios y nuestra felicidad (2001), Víctimas del pecado (2004) o la que probablemente sea su obra más importante: El reino de Dios por la vida y la dignidad de los seres humanos (1999). Y no sólo escribe: Castillo encontró refugio en la famosa UCA, la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador. Allí, en esa tierra regada por la sangre de sus hermanos jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes y los demás mártires asesinados en 1989, se dedica ahora a dar clases de temas sociales y, sobre todo, a cuidar la promoción y educación de niños y niñas salvadoreños.

Espiritualidad para insatisfechos

Pero José María Castillo tenía un regustillo oculto, al que ha venido dando vueltas en los últimos años mediante artículos publicados en diversas revistas de investigación o de divulgación teológica: escribir un libro sobre espiritualidad “para insatisfechos” que saliera al paso de “la ola de esoterismo que nos invade”. El libro se titula precisamente así, Espiritualidad para insatisfechos, y a él corresponde la cita que encabeza estas líneas.

Su publicación hubiera pasado un tanto desapercibida si no fuera porque, también aquí, cuando habla de cosas del espíritu, le persigue la censura eclesiástica. El libro, que ha sido finalmente editado por Trotta, iba a ser publicado el pasado verano por una editorial de la Compañía de Jesús. Pero, en el último momento, fue prohibido por la Conferencia Episcopal. “Dos censores anónimos dictaron sentencia negativa cuando yo menos me lo podía imaginar. Los rígidos “No” que, según se queja el papa, siembra en torno a sí la Iglesia creando una imagen de una voz que siempre amonesta o frena, funcionan muy bien en la Iglesia española”, ha explicado el propio Castillo.

El planteamiento del libro es muy claro: “En los tiempos que corren”, asegura el padre Castillo, “cuando las religiones se ven cuestionadas por serios motivos (baste pensar en la conflictiva relación entre religión y violencia), la espiritualidad cobra fuerza. Cada día son más las personas que experimentan, no ya la simple curiosidad por el esoterismo o cosas parecidas, sino la necesidad de vivir una espiritualidad coherente con las nuevas situaciones que se plantean en el mundo. La religión se ha ganado a pulso el descrédito en que se ve hoy metida hasta las cejas, mientras que cualquier indocumentado te escribe un tratado de esoterismo que al día siguiente de salir a la calle está considerado como un best seller”.

El problema está, a su juicio, en que, en no pocos ambientes, “la espiritualidad se relaciona con lo que aleja de la vida y del mundo. Se trata, en ese caso, de la espiritualidad que “entontece”. En otros casos, lo que se piensa es que la espiritualidad es lo más opuesto a lo humano, lo corporal, lo laico, etc. O, lo que es peor, hay quienes creen que la espiritualidad es un sustituto liviano de la sólida fe religiosa de otros tiempos”.

Como alternativa, Castillo presenta la auténtica espiritualidad cristiana, anclada firmemente en el suelo que pisamos. Es decir, una espiritualidad que no está en la renuncia a todo lo bueno y gozoso que Dios ha puesto en este mundo, sino en la plenitud de la vida, en la dignidad de la vida y en su goce y disfrute. Pero también una espiritualidad que comporta las exigencias éticas del mensaje de Jesús sobre el reino de Dios, lo que no significa reducir el cristianismo a un proyecto ético, “porque la ética de Cristo no se puede llevar a la práctica si no se vive desde una profunda experiencia mística y una verdadera pasión por la utopía”.

En el centro de esta espiritualidad están, de forma natural e inevitable, los pobres. Pero no como “objetos” del interés y el amor de la Iglesia, sino como “sujetos” capaces de pensar y decidir en la Iglesia. Y aquí llegamos a la explicación de la cita del principio, que ha podido motivar la censura eclesiástica del libro, porque “el Dios en el que creen los pobres no es como el Dios que legitima a los poderes que se imponen en este mundo a los poderes religiosos que, en nombre de Dios, oprimen a mucha gente y marginan a los que les resultan incómodos”. Venturosamente, este Dios, y teólogos como Castillo, siguen llenando de esperanza a muchos cristianos de hoy.

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