InicioRevista de prensaconvocatoriasJosé Mª Diez Alegría ha pasado de la vida a la resurrección.

José Mª Diez Alegría ha pasado de la vida a la resurrección.

Publicado en

Somac

«De siempre, la trascendencia para mí es vital hasta la médula de los huesos».
Celebraremos la esperanza cristiana en:
PARROQUIA SANTO TOMAS DE VILLANUEVA
(Calle Leoneses, esquina de Villalobos)
Viernes 2 de Julio.
20, 30 horas.

José Mª Díez Alegría, cuando estaba para cumplir 60 años, tuvo una enfermadad con posible y seria lesión de la médula.
Fue consiciente de que o podía entrar en un proceso degenerativo endógeno de la médula
o podía tener remedio.

» Esto me hizo afrontar el problema de la muerte (de mi muerte) con un realismo y una inmediatez que nunca anteriormente había tenido ocasión de experimentar. Superada una primera reacción
de estremecimiento de miedo, pude afrontar con serenidad la situación en que me ponía la posibilidad muy concreta de una muerte próxima.

Ni por un momento negué trascendencia (el misterio de esperanza) que es para mi vital hasta la médula de los huesos, y de siempre.
Pero no me planté sin más «al otro lado», sino que me quedé frente a la muerte. Claro que no estaba sin esperanza trascendente.
Pero creo que también era sincero mi no insistir en ella, mi quedar plantado con los pies en la tierra, y así enfrentarme con la muerte.

Porque la esperanza trascedente es «luz oscura», ( misterio) y la muerte estaba delante como una realidad tangible.
Yo procuré no cerrar los ojos. Afrontarla positivamente.
Hasta qué punto esta experiencia sea válida hasta el fondo, no lo sabré hasta que repita la experiencia en la conyuntura de la muerte consumada de hecho. Pero tuvo algo de experiencia existencial.

No me daba tristeza morir. No que estuviera deseando morirme.
Ni por hastío de la vida, que no tenía ni tengo, ni por una exaltación mística como la que le hacía decir a Pablo: «deseo marchar y estar con Cristo» (Filipenses 1,23).
Estaba afrontando la muerte sin misticismo.
No me daba pena morir; aún más, hasta cierto punto, me gustaba morirme entonces, aunque también me gustaba no morirme, y me gusta aún no haberme muerto.
¿Por qué no me daba tristeza la perspectiva de morirme?

Fundamentalmente porque había captado que estar con Jesús era estar, en serio, con los pobres y opimidos. Aunque en una medida modestísima había podido hacer algo en esa dirección. De los 44 a los 59 años he convivivo con obreros, he dormido en chavolas, he compartido dormitorios en literas con jóvenes trabajadores. Como he aprendido de los jóvenes universiarios.
Y de los incrédulos abiertos al amor a los hombres. Y de los «cristianos progresistas».
El haber podido llevar a cabo este poco se me ha prsentado como una «gracia» preciosa.

Teniendo yo las circunstancias que he tenido, ha sido casi como un milagro.
Hubo algo en esta experiencia mía de enfrentarme en paz con la muerte, que me resulta importante. La pacífica y plenamente humana , y positiva aceptación de la muerte no necesita apoyarse en el más allá , se puede (y se debe) sustentarse en lo que deja atrás, fundamentalmente en la vida vivida en el amor al prójimo.

Si es es así, ¿cómo podía ver yo con tanta paz la muerte , que era separación de los seres queridos?
Yo creo que aquí estaban presentes y prevalentes mi fe en la resurrección – en Jesucristo- y mi esperanza estológica, que pasa como un ancla hasta el otro lado de la muerte y llega
(con los ojos cerrados) al «más allá». Pero es una esperanza que no se centra en fantasmagorías apocalípticas, sino en la experiencia del amor cristiano, que es amor humano auténtico abierto al infinito: la revelación de Jesús en la tierra.

San Pablo ha escrito: «El amor no acaba nunca» (1 Corintios, 13, 8).
Y San Juan dice: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos» (1 Juan 3,14).
Mi firme esperanza escatológica no se centra sobre un » mito» sino sobre una «experiencia»: la de haber empezado a aprender humildemente lo que es amar al prójimo y tener hambre de justicia.
Por eso, frente a la posibilidad concreta de una muerte inmediata, me sentía gozoso.
CREO EN LA ESPERANZA».

(Yo creo en la esperanza, DDB, 1972, pp. 191-196).

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