Hubo una vez un obispo (los escándalos del arzobispo de Medellín) -- Ancibar Cadavid Restrepo

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Evangelizadoradelosapostoles

Las jóvenes generaciones no saben qué es un obispo, ni ?eso?? se les parece a especie alguna conocida, animal o vegetal. Así es la vida. Hace 40 años a un obispo se le movía la silla, o profería un arremuesco o una profecía, o contraía un catarro, y el mundo entero de la prensa se movía. A las muchachas y muchachos de hoy, la palabra obispo no les dice nada, ni les produce interés o conmoción alguna. Y saber que por largos siglos medievales y posmedievales toda criatura humana tembló ante la magnificencia y el poder de un obispo. ¡Cuántas hogueras arden todavía atizadas por la bilis de un obispo! Pero parece que la historia vuelve a ponerlos en donde siempre debieron estar: a la cabeza de comunidades creyentes, normalmente pobres, espirituales y muy enamoradas del vivir según Jesucristo.

Los obispos conforman una jerarquía en las iglesias de talante o manías católico-romanas. Tentados por el poder, pelearon hasta lograr enquistarse en la historia como príncipes y señores feudales, como mitrados de la nobleza, en todo caso. Para sostener los privilegios que de ese estatus derivaron, los obispos se atribuyeron orígenes divinos institucionalizados por Jesucristo. La verdad es, con todo, que la palabra obispo y lo que ella entraña no se le pasó al modesto Jesús de Nazaret, ni por la cabeza, ni por los labios, ni por el corazón. La actividad y la predicación de Jesús se centraron, en su corto ministerio, en anunciar lo que él llamaba a menudo ?el reino de Dios?? que no es otra cosa que vivir hermanadamente y en paz en la tierra y crear condiciones estables para un mundo vivible y manso, sin clasismos ni distinciones. Los obispos son, mirados los siglos, todo lo contrario de ese querer del Jesús histórico.

Con todo, de vez en cuando aparecen ?porque nada es químicamente puro en la historia de las perversidades humanas- obispos buenos, de limpio corazón, modestos caminantes y acompañantes de colectivos humanos, sin ínfulas ni pretensiones. Uno de ellos fue Tulio Botero Salazar, obispo en Medellín de 1958 a 1979. Manizalita de nacimiento, su familia era adinerada y poseedora de bienes que él heredó. Antes de empezar la década de los 60s, sin embargo, ese obispo sensible entregó todos sus bienes a un colectivo de pensamiento y acción social que él mismo creó en Medellín y que pasó a llamarse ?Barrios de Jesús??. Gente muy pobre recibió una vivienda digna en el proyecto. Y el propio obispo se trasladó a vivir allí, modestamente y al lado de los pobres. Cosa rara pero cierta, un obispo con recto corazón.

Hace casi tres años, en cambio -Febrero de 2010-, llegó como obispo de Medellín un sesentón nacido en Ituango, pueblo chiquito más allá de Santa Rosa de Osos. Obispo de talante medieval y burgués, Ricardo Tobón Restrepo no quiere saber de vecindades con los pobres; un obispo, en su sentir, sigue siendo cosa noble. Acaba de hacerse comprar una residencia personalísima acorde con su dignidad, en Astorga-El Poblado, por nada menos que $2.700?000.000, ¡dos mil setecientos millones de pesos! (un millón quinientos mil dólares) A muchos párrocos les han obligado a dar para ese esperpento un ?aporte voluntario?? de cien millones por cabeza. Dos mil seiscientos millones es una fortuna con la que bien se podría construir un modesto barrio para esquilmadas ovejas del rebaño de ese pastor de mal instinto.

No nos cae mal cerrar este comentario percatándonos de un sofisma distractor: No serán los párrocos quienes aportarán las millonadas de la casa; que la ponchera de los curas se engorda con la expoliación de los bolsillos del rebaño.

ANCÍZAR CADAVID RESTREPO

Retiro de San Damián, 22 de octubre de 2013