Desde los zigurats de Mesopotamia al Templo y la Jerarquía Cristiana
Los zigurats de Mesopotamia fueron las expresiones arquitectónicas y religiosas más emblemáticas de las grandes civilizaciones sumeria, acadia, babilónica y asiria. Estas inmensas torres escalonadas no eran templos destinados a congregar a los fieles, sino montañas sagradas artificiales concebidas como un eje de unión entre la tierra y el cielo. En su cima se encontraba un pequeño santuario considerado la morada terrenal del dios protector de la ciudad. Según la cosmovisión mesopotámica, la divinidad descendía periódicamente para habitar este recinto, donde su imagen recibía alimento, vestidos y cuidados rituales destinados a preservar el orden cósmico y la prosperidad del reino.
La disposición del zigurat reflejaba una concepción profundamente jerárquica de la religión. El acceso a la cima estaba reservado al rey y a la alta jerarquía sacerdotal, únicos autorizados para aproximarse a la presencia divina. El pueblo contemplaba el monumento desde abajo, mientras la comunicación con los dioses quedaba monopolizada por una reducida élite que administraba los rituales, interpretaba los presagios, custodiaba el saber religioso y legitimaba el poder político.
Esta exclusividad religiosa se tradujo también en un inmenso poder económico y administrativo. Los templos gestionaban tierras, almacenaban cosechas, organizaban el trabajo colectivo y recaudaban tributos. La proximidad a la divinidad justificaba así la autoridad de quienes afirmaban hablar en su nombre, convirtiendo la desigualdad social en un orden sagrado e incuestionable.
Este modelo de geografía sagrada y mediación sacerdotal ejerció una profunda influencia sobre las culturas del Próximo Oriente. El ejemplo más significativo fue el Templo de Jerusalén. Su estructura reproducía la misma lógica de compartimentación del espacio sagrado: el Kodesh HaKodashim o Santasanctórum constituía el lugar de la presencia de Yahvé y permanecía vedado al pueblo. Sólo el Sumo Sacerdote podía penetrar en él una vez al año, durante el Yom Kipur. Del mismo modo que en Mesopotamia, la cercanía exclusiva a la divinidad confería a la aristocracia sacerdotal una autoridad religiosa que se proyectaba sobre los ámbitos político, social y económico.
Los evangelios presentan a Jesús de Nazaret como una figura que cuestionó de manera radical este modelo de religiosidad vertical. Su predicación desplazó el centro de la experiencia religiosa desde el templo hacia la persona. «Llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,21-24). Con estas palabras desaparece la necesidad de un lugar privilegiado donde Dios sea más accesible que en cualquier otro.
Del mismo modo, Jesús relativizó el sistema sacrificial que sustentaba el prestigio y el poder de la institución del Templo. Frente a una religión centrada en sacrificios, ofrendas y prescripciones rituales, situó en el centro la misericordia, la justicia, el perdón y el amor al prójimo. Su crítica a quienes convertían el Templo en un instrumento de poder y de beneficio económico culminó simbólicamente con la expulsión de los mercaderes, gesto que constituye una denuncia del uso de la religión como mecanismo de dominación.
La tradición cristiana interpretó además que, con la muerte de Jesús, «el velo del Templo se rasgó de arriba abajo» (Mt 27,51), imagen de enorme fuerza simbólica. El espacio reservado exclusivamente al Sumo Sacerdote dejaba de estar separado del resto de la humanidad. El acceso a Dios ya no dependía de una casta sacerdotal, de un recinto sagrado ni de un complejo sistema de mediaciones rituales. La relación con lo divino quedaba abierta a toda persona.
Sin embargo, la evolución histórica del cristianismo condujo, de manera gradual, a la reconstrucción de estructuras que recuerdan notablemente a los modelos anteriores. La comunidad de creyentes, inicialmente concebida como una fraternidad relativamente igualitaria, fue desarrollando una organización cada vez más jerarquizada. La figura del sacerdote volvió a adquirir un papel privilegiado como mediador de la gracia mediante la administración exclusiva de los sacramentos; los templos recuperaron su carácter de espacios especialmente sagrados; el altar pasó a desempeñar una función comparable, en términos simbólicos, a la del antiguo sanctasanctórum; y la autoridad doctrinal quedó concentrada en una jerarquía eclesiástica separada del conjunto de los fieles.
Naturalmente, existen diferencias teológicas profundas entre estos sistemas. El cristianismo no identifica al sacerdote con un intermediario necesario en el mismo sentido que las religiones mesopotámicas ni entiende el sacrificio eucarístico como una simple reedición de los antiguos sacrificios del Templo de Jerusalén. Sin embargo, desde una perspectiva sociológica e institucional, resulta difícil ignorar las semejanzas estructurales. En los tres modelos aparece una élite religiosa que administra el acceso a lo sagrado, custodia el conocimiento autorizado, regula la vida cultual y fundamenta una posición de autoridad sobre el resto de la comunidad.
Resulta, por ello, paradójico que una religión nacida del mensaje de Jesús —quien cuestionó la centralidad del Templo, relativizó el sacerdocio como instancia privilegiada de mediación y proclamó la cercanía inmediata de Dios a toda persona— terminara reproduciendo, aunque bajo formas teológicas diferentes, muchos de los rasgos característicos del paradigma religioso que había dominado durante milenios en Mesopotamia y que el judaísmo del Segundo Templo había heredado en buena medida. La historia del cristianismo muestra así una tensión permanente entre el impulso igualitario y desinstitucionalizador presente en el Evangelio y la tendencia histórica de toda organización religiosa a reconstruir espacios sagrados, jerarquías estables y formas de mediación que concentran el poder espiritual y, con frecuencia, también el social.
Faustino Castaño (pertenece a los grupos de Redes Cristianas en Asturias)

