EL RETROCESO DE LA DEMOCRACIA Síntoma de la pérdida de hegemonía USA

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Desde el fin de la Guerra Fría, el mundo se acostumbró a una estructura unipolar donde Estados Unidos ejercía como la potencia indiscutible a nivel global. Sin embargo, en las últimas décadas, esa supremacía se ha venido agrietando de manera paulatina. Los síntomas de este desgaste son visibles en múltiples frentes:

  • Económico. El ascenso incontestable de China y la consolidación del bloque de los BRICS, que desafían el monopolio del dólar y de las instituciones financieras occidentales.
  • Geopolítico. La pérdida de control y de capacidad de disuasión en escenarios clave como Oriente Medio, Asia Central y Europa del Este, donde otras potencias regionales desafían abiertamente las directrices de Washington.
  • Social e interno. Una polarización extrema dentro del propio país, crisis de confianza institucional y fracturas sociales que erosionan su imagen de estabilidad.

En este contexto, el evidente retroceso del sistema democrático en el mundo —una realidad constatada por diversos índices internacionales— no es un fenómeno aislado. Es, de hecho, un síntoma directo y una consecuencia del debilitamiento del poder imperial que antes lo sostenía o instrumentalizaba.

Para entender por qué el declive de Washington arrastra consigo a la democracia global, es necesario desmontar un mito: la idea de que la política exterior estadounidense ha sido siempre un proyecto altruista de difusión de la libertad.

La historia de los últimos 250 años muestra una oscilación constante entre ideales progresistas y prácticas depredadoras, dictadas siempre por la conveniencia económica y el dominio geopolítico.

Los ideales fundacionales de los Estados Unidos poseían un profundo carácter rupturista y progresista al confrontar al poder colonial británico, sirviendo incluso de inspiración para la Revolución Francesa. Sin embargo, esa misma nación aplicó sobre la población autóctona e indígena de su territorio la misma lógica depredadora y de exterminio que había iniciado el colonialismo inglés.

Esta dualidad se repitió a lo largo del siglo pasado según las contingencias del poder:

  • El rol progresista. EE. UU. apoyó en su día la independencia de los países iberoamericanos frente a las coronas europeas y fue una pieza indispensable en la derrota de los fascismos en la Segunda Guerra Mundial.
  • El rol retrógrado. Durante la Guerra Fría, la prioridad absoluta fue contener el comunismo. Esto llevó a Washington a financiar y proteger activamente a dictaduras militares en América Latina (mediante la doctrina de la Seguridad Nacional) y a sostener relaciones pragmáticas con regímenes como el de Franco en España.

La causa de estas contradicciones es clara: la potencia obraba según sus intereses de seguridad y beneficio económico. Si para frenar a un rival progresista o de izquierdas hacía falta apoyar a un dictador reaccionario, se hacía. La bandera de la democracia sólo se ondeaba cuando coincidía con el interés geopolítico del momento.

Cuando el poder de una potencia imperial entra en una fase de declive, sus estrategias de supervivencia cambian. Ya no se busca expandir un modelo, sino atrincherar los recursos que quedan.

El lema America First (América primero), popularizado en los últimos años, no es en realidad una anomalía histórica, sino la explicitación de la línea política que ha guiado a la nación desde su nacimiento. Ante la pérdida de competitividad global y la emergencia de un mundo multipolar, la potencia adopta una postura más agresiva, defensiva y unilateral.

Al debilitarse el faro que —siquiera por interés— promocionaba el orden liberal, los autoritarismos ganan terreno en todo el planeta. Si EE. UU. ya no puede o no quiere financiar, presionar o sostener los marcos democráticos globales porque debe centrarse exclusivamente en su propio provecho inmediato, el tejido democrático mundial se desgarra. El retroceso democrático actual es la constatación de que el viejo orden ya no se sostiene.

La gran enseñanza que podemos extraer de este proceso histórico es de carácter ético y universal, aplicable tanto a la alta política como a los actos humanos en general: la motivación detrás de las acciones determina su durabilidad.

Cuando la política de un gobierno o las acciones de una sociedad se basan exclusivamente en el provecho propio, egoísta y cortoplacista, se siembra la raíz de todos los males, de todos los conflictos y de las guerras.

Construir un orden internacional (o una convivencia social) sobre la base del beneficio exclusivo del más fuerte es construir sobre arena. Tarde o temprano, cuando las condiciones materiales cambian, esa estructura se desmorona de forma violenta, que es precisamente lo que presenciamos hoy con la agresividad defensiva de una potencia en declive.

Los valores de la democracia auténtica y de los derechos humanos, por lo que apuesta decididamente Redes Cristianas,  no deben ser herramientas de propaganda geopolítica ni favores dependientes de la hegemonía de un imperio. Deben ser la roca firme sobre la que se construya la convivencia humana. Para afrontar el convulso período de transición actual, la lección es clara: la única respuesta sostenible frente a la agresividad de los viejos poderes no es replicar su egoísmo, sino articular un multilateralismo real basado en el respeto mutuo, la soberanía de los pueblos y la dignidad humana. Sólo así la convivencia será firme, justa y duradera.