El Padre -- Salvador Santos

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

1. Un antiguo y repetido interrogante: ¿Existe o no existe Dios?
A lo largo de los siglos, un considerable número de personas se ha planteado interrogantes acerca de la existencia o inexistencia de Dios. La cuestión sigue hoy vigente… ¡y candente! Está a la orden del día. Las discusiones proliferan en cualquier lugar por más que resulten infructuosas. Y se hilan interminables con idéntico final. Siempre acaban sin que haya manera de llegar al más mínimo consenso.

Quienes defienden a machamartillo la existencia de Dios utilizan como argumentos a favor de esta idea: el orden universal, el equilibrio natural, los valores extraordinarios del pensamiento y la inteligencia del ser humano, sus ansias de infinitud, su religiosidad, espiritualidades, idearios, principios tradicionales y hasta los avances aún inexplicados de la física. Son frecuentes en esta posición todo tipo de cabriolas mentales, alejadas deliberadamente del espacio donde se ponen de manifiesto sus debilidades: el suelo. Y, llegado el caso, si se ven desfallecer los razonamientos, cabe ponerse a resguardo en el escondite algo elevado de la creencia, al que se denomina desacertadamente con la palabra ‘fe’.

Por su parte, aquellos que tienen metido entre ceja y ceja que Dios no existe atornillan su base argumental a un consistente pavimento. Y de ahí no se mueven. Desde tal plataforma, echan mano a datos científicos para conseguir tirar por tierra la concepción de un universo fruto de la acción o decisión de un ser divino. Y señalan a la evolución como la clave de interpretación de toda la realidad existente, incluyendo el pensamiento, la inteligencia y la creatividad humana. Las explicaciones no se despegan de suelo firme.

Los razonamientos anclados en él quedan al abrigo de la valla alzada con solidez por las comprobaciones científicas. Y se amparan tras ese cerco. Los incondicionales de la hipotética inexistencia de Dios, al tratar ese asunto, suelen renunciar, por tanto, a transitar por otros territorios al margen del control de la ciencia.

La discusión entre unos y otros se demuestra inacabable. La actitud común habitual consiste en cerrarse en banda, mantenerse a toda costa en cada postura y por nada del mundo dar el brazo a torcer. Eso ocurre hasta con aquellos que a lo largo de su vida han cambiado radicalmente de posición. Sostienen su nueva idea con la misma tenacidad con que antes respaldaron la opuesta.

Pero hay algo que une a todos los participantes en este cansino debate: se desenvuelven exclusivamente en el terreno de las teorías. ¡Y de ahí no salen! Es lástima, porque en ese campo, las ideas y argumentos de ambos posicionamientos sobre la cuestión de Dios se topan con un grueso muro que marca límites insalvables e impide avanzar y alcanzar cualquier resultado: Tanto la existencia como la no existencia de Dios resultan indemostrables.

¿Qué cabe pensar, entonces? ¿De qué manera superar el cauce de la discusión? ¿Hay alguna otra vía que permita rebasar el atranque y progresar en busca de conclusiones? ¿Por dónde tirar? ¿Qué método seguir?

Desconocemos si Jesús de Nazaret se planteó alguna vez cualquier interrogante respecto a la existencia o inexistencia de Dios. Sabemos, sin embargo, lo que hizo y cuáles fueron los resultados de lo que hizo. El conocimiento de esa praxis con sus antecedentes y circunstancias sí tiene posibilidad de ayudar a seguir una novedosa vía por donde encauzar la cuestión hacia posiciones abiertas al diálogo e incluso al consenso.

2. Uso del término ‘Padre’ referido a Dios

La abundante presencia en el NT del término griego ????? (‘padre’), por encima de 400 veces, resulta significativa. En especial, destaca el siguiendo dato: más de la mitad de esa cifra, unas 250, ese vocablo está referido a Dios. Los evangelios lo pusieron en boca de Jesús en casi ciento cincuenta ocasiones. Su reparto, sin embargo, es desigual. El texto más cercano a los hechos, el de Marcos (a mi juicio, aproximadamente año 41), lo recogió en solo 3 momentos muy determinados (Mc 11,25; 13,32 y 14, 36); Lucas amplió la cifra hasta 8; Mateo, a 35 y Juan alcanzó los 100. Tales diferencias en el uso del vocablo, junto al registro de su creciente utilización a medida que esos textos se distanciaban en el tiempo, indica la progresiva admisión del término ‘padre’ (?????) para describir el avance y consolidación en las comunidades de adheridos al Proyecto de una EXPERIENCIA ÚNICA.

3. Un hijo sin padre, Jesús, descubre ser Hijo de un Padre exclusivo

Jesús de Nazaret, sin un padre reconocido, no tuvo desde sus primeros años ese particular y familiar modelo, el padre (? ?????), al que imitar. Fue un hijo sin padre. Debido a ello, las leyes provenientes del Dios del AT le dejaban igualmente al margen de ser considerado hijo de Abraham. Fue infravalorado y rechazado, por tanto, como hijo legítimo del pueblo, y descartado también para pertenecer a la anhelada futura sociedad del Reinado de Dios.

Durante todo el tiempo de residencia en su aldea vivió rodeado de desprecio, una inclemente realidad que le abrió camino, sin embargo, a descubrir su auténtica filiación y su coherente tarea en la vida. Fue a partir de incorporarse al movimiento del Bautista, una vez mostrada su opción a favor de la justicia (su Bautismo), cuando descubrió que bastaba la condición humana para poseer la más alta dignidad y merecer ser acogido con un amor universal. De ese modo, ¡encontró el mejor modelo a quien parecerse!

Se trataba de un hallazgo que marcó uno de los grandes, aunque también más desconocidos, momentos de la historia. Con su compromiso, había descubierto su verdadera filiación, la vinculada a quien le aceptaba incondicionalmente como hijo, queriéndolo con un amor sin límites: el Padre. Ese Padre sobrepasaba con creces a la figura paterna que durante toda su vida Jesús de Nazaret habría deseado tener. Marcos formuló así la percepción que tuvo Jesús de su hallazgo:

“…Hubo una voz del cielo:
Tú eres mi hijo, el amado, en ti he puesto mi favor” (Mc 1,11).

Conviene no pasar por alto un detalle. El evangelista no utilizó, como se esperaría, el verbo ????? (‘oir’, ‘escuchar’); escribió: ??????? = “hubo” para subrayar el momento de dicha experiencia. El genitivo ??? ??????? (“de los cielos”) no es indicativo de lugar, sino sustitutivo del nombre de Dios. El texto da cuenta del descubrimiento del Galileo al sentirse HIJO, querido por un padre único e inigualable.

4. El triunfo del ser humano: Ser Hijo de ese Padre

Ser hijo de ese Padre significaba alcanzar la plena realización. Un nivel que superaba con mucho lo declarado en el Génesis: la pasiva concepción de un ser hecho por Dios a su imagen. El descubrimiento de la condición de hijo había sido, en cambio, un logro obtenido gracias a una dinámica humana: la aceptación de la hermandad de otros hijos y una actividad coherente con esa doble condición filial y fraterna: el amor leal. Ese movimiento decidido representaba el ascenso al máximo nivel de la condición humana. Con la experiencia de verse elevado en lo más alto de esa escala, Jesús, un campesino, aldeano de Nazaret, el que fuera mirado por encima del hombro por sus convecinos y subestimado por haber nacido de padre desconocido, no tuvo reparo alguno en salir al escenario de la historia anunciando la llegada del Reinado de Dios.

Su experiencia llegó a ser de tal calibre que se vio impulsado a proclamar la noticia más alentadora para quienes habían perdido ya toda esperanza de vivir con la dignidad correspondiente a ser humanos, la que Isaías había descrito siglos antes en forma poética, pero dando en el clavo:

“Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva:
de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento” (Is 65,17).

La presencia de esa sociedad definitiva sorprendía por su deslumbrante novedad. Un colectivo de mujeres y hombres destacando por su incipiente e inaudita fraternidad quedaba a la vista de todos. Su efecto liberador fue comprobable por su eficacia y fecundidad. Aquella primera célula social hacía renacer las esperanzas de conquistar una plena autonomía, dando fin al lamentable estado de desolación padecido por la gran mayoría del pueblo.

Significaba:

Hallar luz en una vida a oscuras,
emprender con agilidad una nueva andadura,
recuperar la dignidad de los excluidos,
apertura de puertas y ventanas a los sumidos en el silencio,
dar vida a quienes se les había arrebatado y
lograr que los pobres dejaran de serlo:

Jesús prescindió de teorías para responder a las dudas del Bautista. Y se fue directamente a los hechos:

“Id a contarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo:
Ciegos ven y cojos andan, leprosos quedan limpios y sordos oyen, muertos resucitan y pobres reciben la Buena Noticia” (Mt 11, 5).

Con tal actividad en correspondencia con el anuncio de la Buena Noticia, una gran parte del pueblo fue percibiendo en el Galileo todos los rasgos de un líder con categoría para ser aceptado como Mesías o Cristo, título que él nunca se atribuyó. El Mesías o Cristo (‘ungido’, ese es el significado de los término hebreo y griego), descrito por el AT y esperado por la gente, tenía un perfil que Jesús rechazó de plano. Él se autodenominó simplemente “UN HOMBRE”, ese es el sentido de la expresión de tinte semítico: “hijo de hombre”. Dicha manera de identificarse fue fruto de su experiencia: Ser humano significa ser hijo. El triunfo del ser humano consistía, según el Galileo, en ser Hijo del Padre. Tal categoría le concedía plena autoridad. Y actuó en consecuencia, conforme a dicho criterio.

5. La condición de hijos se descubre con la fraternidad

El grupo de seguidores coincidía, por el contrario, con las tradicionales ideas mesiánicas del AT. Hacían, pues, oídos sordos a la propuesta de aquél a quien tenían por Maestro. Ellos pretendían aprovechar la atracción que el Galileo generaba en la gente. Perseguían hacerse con la gran potencia que representaban las masas para derrotar al imperio dominante mediante una violenta rebelión nacional. De ese modo, conseguirían salir por fin de la esclavitud y convertir a la nación en un imperio hegemónico. El AT avalaba con sus promesas divinas dicha operación.

Pero a pesar de contar con todas esas bazas a su favor, Jesús se opuso con energía a tales planes y optó por ser consecuente con su experiencia, la de comprenderse un ser humano, hijo del mejor Padre. De manera que entendió el Reinado de Dios, como la sociedad donde imperaba la libertad, pero no el poder. La seña identificativa habría de ser la fraternidad. El amor leal entre los integrantes de las comunidades y extendido al universo humano hacía parecerse a quien exclusivamente podía tener nivel y valía como prototipo a imitar, el único capaz de desplegar un amor de tal magnitud y garantizar la victoria final del ser humano: el Padre.

6. El Padre, la casa y la familia

El sentido del término ‘padre’ no queda limitado a la realidad de un ser, se explaya en una forzosa dirección hasta desembocar en otro u otros seres: sus ‘hijos’. Cada uno de esos dos vocablos, ‘padre’ e ‘hijos’, se entiende únicamente refiriéndose entre sí. Constituyen un conjunto. Representan una pluralidad. La vinculación entre las personas aludidas por ellos posee un carácter especial. Se produce normalmente a través de una corriente mutua de afecto, intimidad y comunicación.

El compuesto padre-hijos habla de familia. Llamar a Dios con el apelativo: Padre supone declarar que el Templo ha sido un amaño. El lugar del Padre está a distancia del Templo. Es la casa. El espacio sagrado ha demostrado estar vacío. Ha sido sustituido definitivamente por el profano. En esa dimensión, en la de la familia humana, hay que buscar al Padre. La búsqueda del Padre pasa por la práctica del amor leal y no por las teorías o las creencias. Él, el Padre, está al tanto de todos los escondites de la casa. Y capta en silencio hasta lo más recóndito de los hijos. Nadie conoce a sus hijos mejor que el Padre. Y nadie conoce mejor al Padre que sus hijos. Jesús adquirió esa experiencia y unas decenas de años más tarde iría siendo reconocida por las comunidades de adheridos a su Proyecto:

“Al Hijo lo conoce solo el Padre y al Padre lo conoce solo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27).

En la sección donde Mateo expone el Programa de Jesús (Mt 4,25 – 8,1) encontramos el término ‘Padre’ referido a Dios en diecisiete ocasiones. Todas ellas tienen en común que es el Galileo quien habla y el colectivo de adheridos a su Proyecto el destinatario de su explicación. Ellos son la familia de hermanos, los hijos con un mismo Padre al que reconocen por su parecido con Él. Y el amor leal que predomina en la comunidad demuestra su afinidad con el Amor sin fin que distingue al Padre. El designio del Padre no persigue la devoción, sino la fraternidad. La fraternidad es lo que El Padre más excelente espera de sus hijos.

7. La fraternidad supera la muerte y da inicio a la vida

La fraternidad supuso en las primeras comunidades la constatación de que la muerte había sido ya superada por la vida:

“Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos” (I Jn 3,14).

La vida es el objetivo del Proyecto. El mensaje de Jesús transmitido por los evangelios no trata de doctrinas ni teorías. Muestran, con una pedagogía a su alcance, la praxis y experiencia de esa vida disfrutada por los primeros colectivos de adheridos al Programa de Jesús:

“Sí, os aseguro que quien escuche mi mensaje, y así da fe al que me envió, posee vida definitiva y no está sujeto a juicio: ya ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24).

Esa vida que disfrutaban fue conseguida por los integrantes de dichos colectivos a partir de su libertad y opción por el Proyecto. Nada que ver con la burda imitación de la vida propuesta por el sistema injusto. La realidad y calidad de esa existencia inigualable condujo a esas células de sociedad alternativa a comprender su procedencia. Solo podía tener su origen en alguien a quien, como dador de vida, le correspondía ser llamado: el Padre. Fue el nombre idóneo, el más apropiado en aquella cultura. Las repetidas menciones del Padre no fueron fruto de una creencia, sino resultado de una experiencia, la de LA FRATERNIDAD.

8. Al Padre, dador de vida, se llega a través de la experiencia

La fraternidad destacó en las primeras comunidades como la más sobresaliente de sus características. Los integrantes de dichos colectivos no se consideraron hijos por deducción, a partir de creer en Dios como Padre. El camino se recorrió a la inversa. Desde la experiencia de la fraternidad se pudo reconocer al Padre. El reconocimiento se produjo al comprobar que ellos actuaban asemejándose a quién únicamente podía ser su modelo.

La creencia y la experiencia, como la teoría y la praxis, se sitúan en diferentes planos. La creencia se soporta sobre teorías, idearios, dogmas…; la experiencia está basada y se nutre en la praxis. La creencia no sustenta la realidad, fue la experiencia de la realidad la que capacitó a aquellas primeras comunidades para extraer sus conclusiones y hablar sobre ellas.

La fraternidad como realidad social no surgió entonces como consecuencia de creer en Dios. Se consolidó a partir de haber optado por el Proyecto. La práctica del amor leal permite alcanzar la máxima condición humana, la de personas libres e iguales, cuya vida ha superado una muerte generada por la esclavitud a que somete el orden injusto. Quienes experimentaron esa vida estuvieron convencidos de que solo podía provenir de un Padre exclusivo, el de extrema generosidad y ternura, con el que todo se convierte en ganancia.

La plenitud humana conseguida mediante la fraternidad deshacía en pedazos la equivocada creencia en un dios esquizofrénico: amoroso y revanchista a la vez. Demostraba al mismo tiempo cómo satisfacer la profunda y universal aspiración de una calidad de vida capaz de derrotar a la muerte. Jesús había extendido sin medida los límites del horizonte humano. Lo hizo exponiendo a consideración, con la realidad social de su Proyecto, la experiencia del amor y la lealtad. Y el amor leal manifestó a todas luces la dimensión y categoría de esa vida, inmenso regalo de aquél a quien el Galileo llamó: el Padre.

9. La indispensable experiencia de la fraternidad

Entretanto los patriarcas del sistema injusto van ocasionando estragos allá por donde pasan, las discusiones sobre la existencia o no existencia de Dios dan de lado al avance de ese destrozo y entretienen al personal con un debate lisiado e improductivo.

La sociedad enferma, escuela de arrogancia y desencuentros, fomenta el alejamiento, la división y la indiferencia. Su dolencia va de mal en peor y, a decir de los científicos, ha llevado al planeta a un estado lamentablemente crítico. Los científicos, carentes de medios para arreglar tamaño desatino, sí orientan a la solución y la reclaman con extrema urgencia. La tarea corresponde a los humanos, a quienes apuestan por la humanidad. Y el tratamiento exige unión y unidad. Para ello, disponemos de una eficaz herramienta: el diálogo. El diálogo aproxima, une y apasiona. Resulta imprescindible como terapia contra la grave infección social. Pero se necesita un diálogo cuyo recorrido traspase el terreno de las ideas y desemboque en andadura y soluciones prácticas consensuadas.

La fraternidad es punto de encuentro donde el amor leal hace impensable el enfrentamiento y dispone toda la cancha a la experiencia de una vida que, al correr de los años, ha parecido siempre inviable. El Galileo percibió la fraternidad como solución definitiva a iniciar desde las bajuras. Lo vio con tal claridad que se jugó el tipo poniéndola sobre el tablero con un pequeño grupo inicial de mujeres y hombres. Hoy resulta prioritario e indispensable que los colectivos de adheridos a su Proyecto muestren ser la sociedad alternativa, la que revela nuestra condición de HIJOS con idéntico origen y destino.