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?En aquel tiempo habló Jesús diciendo: «¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crímenes??. (Mateo 23, 27-29) Este es el primer párrafo del Evangelio de la misa de hoy, miércoles de la 21ª semana del tiempo ordinario. Y siempre que lo leo o escucho me echo a temblar, porque intuyo que, en la Iglesia de hoy, estos letrados y fariseos hipócritas podemos ser, perfectamente, o lo somos sin más, los miembros del estamento clerical. Sobre todo de los más altos, que no se caracterizan, justamente, por su estilo diáfano, transparente, sencillo y directo, ni en su relación con los fieles, ni en su ¿fraterno y cálido? trato con sus pares.
Y, por contraste, me ha sorprendido la figura del obispo Ramón Echarren. Se está publicando estos días una ingente cantidad de páginas en su honor, como homenaje, gratitud y reconocimiento del gran obispo, primeramente auxiliar de Madrid, con el cardenal Tarancón, de quien fue gran admirador, y, sobre todo, colaborador. Después, durante casi treinta años, obispo de Las Palmas de Gran Canaria. Y todos destacan, en su estilo y manera de ser y comportarse, un carácter franco, sincero, directo y leal. Dado a llamar al pan, pan, y al vino, vino. Sin ningún tipo de ínfulas episcopales, amigo y defensor de sus curas, con los que entablaba coloquios, y sobremesas legendarias, en las que era experto y vivo contador de chistes, y a quien no le temblaba la voz, ni se le arrugaba la lengua, si, en un momento de indignación, tenía que soltar un taco.
Con motivo del centenario del nacimiento del cardenal Vicent Enrique i Tarancon, el Ayuntamiento de Borriana, editó una Miscelánea de homenaje al gran cardenal de la Transición, tal vez su paisano más ilustre. Entre las muchas personas que participaron en esta Miscelánea estaba el obispo Ramón Echarren. Y en la misma encontramos textos comolos que siguen, que corroboran lo que he escritomás arriba de su carácter y estilo.
Sobreel estado y la ética de la sociedad actual, no se corta, y escribe, como preludiando la papa que después vendría del a pampa: «Estamos viviendo en una democracia salvaje, de liberalismo salvaje, que ayuda de verdad a los ricos». Pero es, sobre todo, al describir la actuación de su amigo, el cardenal de Madrid, Vicente Tarancón, y salir lúcidamente en su defensa, en que el obispo vasco, (Vitoria, 1929, Las Palmas de Gran Canaria, 2014) demuestra su lealtad recia, sin servilismos, pero sin miedo a que sus pronunciamientos sean considerados, o no, políticamente correctos.
Y así, escribe: «El cardenal fue, sin duda, aunque algunos se empeñen en negarlo, una figura clave en la transición española, de la dictadura a la democracia. Fue también una figura clave en la transición, nada fácil, de una Iglesia plácidamente instalada en el nacional-catolicismo, a una Iglesia desinstalada, que se abría ya al futuro, superando (al menos de momento), un pasado que, sólo mediante extraños equilibrios, lograba no anclarse en mil fracasos». O también, describiendo de manera diáfana, y evangélica, una acción pastoral del cardenal, que, según algunos, llevó a la Iglesia española, a una situación de debilidad e indefensión. Así que afirma que Tarancón condujo a la Iglesia «por una posición evangélica de debilidad, un gesto que entrañaba un serio intento de imitación del Señor, de su kénosis». Y añadía: «aunque fue interpretado por unos y por otros como un signo de debilidad y una especie de vía libre para poder hacer de la Iglesia blanco de toda clase de ataques».
Y no podría, ni quiero, dejar de destacar la clarividencia, y el discernimiento, magníficos a mi entender, aunque acepto que otros puedan tener otro punto de vista, sobre la responsabilidad del papa Juan Pablo II en el deterioro de la acción pastoral y la presencia de la Iglesia en el mundo. Pero es lo referente a la Iglesia española lo que ahora nos ocupa. Así, se atreve a afirmar: «Creo que nadie podrá o deberá discutir el poco acierto de Juan Pablo II al marginar al Cardenal que acaso más le podría haber ayudado en su pontificado. Algún día se conocerán las razones del Papa, reales o ficticias, para aquella decisión, hoy día de tan difícil comprensión».
Así que, por lo menos yo, me quiero dar prisa a excluir a monseñor Echarren de esa lita vergonzosa y dañina de ?letrados y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados??.
