El hijo pródigo y el otro (II) -- Salvador Santos

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(Claves de lectura)
4. Las claves de lectura del texto
El amor y la acogida extraordinaria del padre, su perdón, su reconocimiento de la condición de hijo, el arrepentimiento del crápula, la falta de generosidad del diligente hijo mayor, pueden considerarse lecciones a extraer de la parábola.

Sin embargo, siendo importantes, se quedan en una visión algo plana del ejemplo.
Se impone encontrar las claves de lectura para ver el texto en todo su relieve y ahondar en su sentido.

Clave 1. ¿Quiénes son los destinatarios?

El primer paso para entender un relato es conocer a quién está dirigido. La introducción a la parábola dice solo: “Y añadió” (Lc 15,11). No nombra a destinatario alguno, pero sí alude a algo dicho anteriormente. Se trata de otras parábolas dirigidas a los mismos sujetos. Los descubrimos en Lc 15, 1: “los fariseos y los letrados”.

El grupo de los fariseos estaba constituido por seglares representantes y defensores a ultranza de la religión y la Ley sagrada. Se situaban en contra de la dominación romana, pero en ese asunto brillaban por su pasividad.

No movían un solo dedo. Lo dejaban en manos de Dios. Pensaban que cumpliendo escrupulosamente la Ley sagrada Dios intervendría para instaurar su reinado.
De ahí que sometieran al pueblo a infinidad de normas a cumplir rigurosamente.

Así pues, además del sometimiento a los romanos, la escasez de trabajo y recursos y la carga de los impuestos, la gente debía pasar todo el día pendiente de la observancia de la ley religiosa. Que el pueblo viviera acomplejado debido al sentimiento de culpa por la imposibilidad de cumplir con el rosario de deberes
religiosos les venía a los fariseos como anillo al dedo para mantener su autoridad ante la gente.

Los Letrados, la mayoría perteneciente al grupo fariseo, formaban parte del Consejo supremo de la nación. Eran los expertos en la Ley divina. Los grandes teólogos de la religión judía. Representaban el Magisterio intocable al que las otras fuerzas del Consejo, los representantes del poder económico y político, consultaban antes de tomar alguna decisión.

Clave 2. Razón por la que les dirige la parábola

La parábola responde a la crítica que fariseos y Letrados hacen al Galileo:

“…tanto los fariseos como los letrados lo criticaban diciendo:
– Este acoge a los descreídos y come con ellos” (v. 2).

La acción objeto de crítica está reflejada con dos verbos: ‘acoger’ y ‘comer’. La acogida habla de recibir con los brazos abiertos. La comida, de identificación con tales personas y el ofrecimiento de amistad. Los sujetos son contemplados como ‘descreídos’ (literalmente: ‘pecadores’). Los fariseos calificaban así de este modo despectivo a aquellos individuos irreligiosos que pasaban de cumplir sus
rígidas normas y vivían a su aire. El término no apunta al terreno intelectual sino al existencial y social

La crítica al Galileo de estos grupos religiosos viene dada por el hecho descrito con anterioridad por Lucas:

“Todos los recaudadores y descreídos se le iban acercando para
escucharlo” (v1).

Tanto los recaudadores de impuestos, personajes despreciados por el pueblo, como los irreligiosos, son unificados en un solo colectivo por fariseos y letrados: ‘descreídos’. Los contemplan desde su ideario. Tienen en común la práctica de hacerse el sordo ante la infinidad de preceptos a que obligaba el Magisterio de los letrados y el partido fariseo, máximos exponentes de la ortodoxia y la observancia.

Sin embargo, mientras los representantes de la religión están al acecho, los alejados de ella, habían tomado la iniciativa ante el Galileo y se aproximan a él para escuchar su mensaje. Su proyecto les atrae. Nada tiene que ver con la religión ni con imposición de normas y preceptos religiosos. Él no excluye.

Al contrario, encuentran en él acogida. Incluso se pone a la mesa con ellos. Y ahí arranca la crítica de fariseos y letrados.

El mensaje de la parábola que, en contestación a dicha crítica, les presenta el Galileo no está dirigido, pues, a los descreídos. Tampoco a los discípulos, que no aparecen en la escena. Tiene como destinatarios a las inflexibles autoridades religiosas.

Los descreídos están representados en la parábola por el hijo pródigo. Los fariseos y letrados, por el otro. Habrá que centrarse, por tanto, en el comportamiento del otro y la respuesta que a este le da el padre.

Con demasiada frecuencia, la liturgia introduce los relatos con una fórmula insustancial y vacía de contexto: “En aquel tiempo”. Con tal encabezamiento el mensaje se descoloca, pierde penetración y se desvía de su objetivo. Eso sí, se hace más manejable para adaptarlo a diferentes auditorios y reduce las vías de comprensión del oyente, que de una visión con perspectiva pasa a ver el relato a través de una reducida mirilla.

Clave 3. La acción base donde se asienta la historia

La parábola comienza con la simple exposición de una estructura familiar concreta que presenta, resumidos al máximo, a los tres principales protagonistas:

“Un hombre tenía dos hijos” (Lc 15,11).

La acción arranca con la iniciativa del menor de los hijos:

“Padre, dame la parte de la fortuna que me toca” (Lc 15,12a).

El imperativo ‘dame’, más que a exigencia, responde a una práctica común.

Ante la decisión del hijo menor, el padre hará un movimiento que sustenta el conjunto de la parábola y apunta al núcleo del mensaje que ella transmite:

“El padre LES repartió los bienes” (Lc 15,12b).

El plural ‘LES’ no deja cabo suelto. El padre les dio la herencia en vida ¡a los dos! Al hijo pródigo y al otro.

Es de suponer que la herencia se repartió conforme a lo que estaba establecido por ley. El patrimonio inmueble (casas y tierras) no se dividía. Quedaba por regla general en manos del primogénito. Al resto de los varones les correspondía solo un tercio de los bienes muebles, quedando los dos tercios en manos del hijo mayor:

“dándole (al primogénito) dos tercios de todos sus bienes porque es la
primicia de su virilidad y es suya la primogenitura” (Dt 21,17).

Las hijas no tenían derecho a heredar a no ser que no hubiera herederos varones (Núm 27,8). Y en ese caso, estaban obligadas a casarse con alguien perteneciente a la tribu del padre. El texto de Job 42,15 no es una excepción a la norma, sino un detalle literario del autor de esta obra de teatro.

Así pues, a la muerte del padre, hijos, hijas y madre, si la había, quedaban bajo el techo y la tutela del primogénito. De ahí que no fuera extraño que los hijos menores reclamaran su parte de la herencia en vida del padre para alejarse del amparo del primogénito y gozar de independencia para hacer de su vida lo que les viniera en gana, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Este hecho está en paralelo con la posición de recaudadores y descreídos. Unos y otros se habían desligado de la estructura y el ideario religioso y vivían en régimen de autonomía aceptando no ser reconocidos como hijos del pueblo elegido.

También coincide la vuelta a casa del menor de los hijos con el acercamiento derecaudadores y descreídos al Galileo. Su propuesta les atraía. La sociedad alternativa, el reinado de Dios, no excluía a nadie. Bastaba aceptar la condición de hijo. Ser hijo es gratis. Lo da la condición humana y la aceptación del Proyecto. El Programa del Galileo seduce. Les viene de perlas a quienes viven arrumbados y tenidos por indeseables al salirse de los moldes establecidos por
el orden religioso.

Clave 4. El mensaje central de la parábola

Pero, como ya sabemos, la lección de la parábola se dirige al otro hijo. El otro, a pesar de haber recibido la herencia y tener todo en su mano, ¡no reconoce su condición de hijo ni tampoco la propiedad de los bienes que le pertenecen por reparto de la herencia! Contempla a su padre como amo y señor; no como la persona que le entregó en vida su fortuna y está siempre a su lado y de su parte.

El mayor, el otro, no se comporta como hijo. No sabe. Ahí está su déficit.
Es un esclavo que admite su situación de servidumbre. Por esa razón ignora el valor de la justicia, la igualdad y la libertad. La hermandad le resulta también ajena.

Le viene grande. También, por eso, le parece impropia la fiesta. Se ha
convertido en adicto a la observancia. De ahí que, aunque educado, acabe en la soberbia y el desprecio.

Porque con su praxis demuestra ignorar su propia identidad. Ni sabe ser hijo ni sabe ser libre. No se reconoce. Las palabras del padre le recuerdan quién es:
¡Hijo! y cuánta riqueza le pertenece. ¡Toda!:

“HIJO, ¡si tú estás siempre conmigo y TODO lo mío es tuyo!” (Lc 15,31).

5. Conclusión

¡La gran fiesta de la hermandad y la alegría son una necesidad!
¡Y no admite más demoras!:

“Además, había que hacer fiesta y alegrarse, porque ese hermano tuyo
estaba muerto y ha vuelto a vivir, andaba perdido y se le ha encontrado” (Lc 15,32).

Una vez acabada la parábola, el Magisterio y los líderes religiosos a quienes iba dirigida se quedaron seguramente de piedra. Aunque la lectura posterior del
evangelio de Lucas supone que les entró por un oído y les salió por el otro.

Cualquier magisterio y colectivo de observancia religiosa actuales cometerán un grave error si, desinteresados por conocer el sentido de la parábola, imaginan que trata de aleccionar a indiferentes o alejados de sus principios, ritos y normas; y que no va por ellos.