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EL FRENTE AFRICANO DE LA GUERRA ‘CONTRA EL TERROR’. Martín Cúneo

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Periódico Diagonal

La decisión de EE UU de crear un mando unificado militar para África para “evitar la creación de nuevos Afganistán”, anunciada el 11 de enero por el Pentágono, a la espera de la firma del presidente, confirma la inclusión del continente en las primeras prioridades de la agenda Bush. La invasión de Somalia por parte de Etiopía, con el apoyo marítimo, aéreo y logístico de EE UU, lleva camino de convertirse en otro capítulo de la llamada “guerra contra el terror” impulsada por Washington, en el que las fronteras entre la “seguridad nacional” y la “seguridad energética” de las principales potencias desaparecen.

El 11 de enero, dos días antes del quinto aniversario de la apertura de la prisión de Guantánamo, los testimonios de uno de los presos transferidos ilegalmente al campo desde una de las cárceles secretas europeas promovían el bombardeo norteamericano en el que murieron al menos 50 personas en el sur de Somalia.

El avión AC-130 responsable de las muertes de estos presuntos “terroristas” -según los testimonios arrancados en los famosos interrogatorios de Guantánamo- había partido de la base militar de EE UU en Djibuti, que ha pasado de albergar 800 soldados a 2.000 en los últimos dos años. El apoyo aéreo, naval, técnico y logístico de EE UU a las tropas etíopes ha supuesto una escalada en la penetración de la potencia en el continente.

El renovado interés norteamericano por África coincide con el desembarco masivo de China en los países de mayor potencial petrolero, en donde las compañías estatales chinas compiten con empresas como Exxon-Mobil, Chevron-Texaco por el control de los recursos. El ejemplo de Sudán y sus importantes reservas de petróleo es revelador: China controla la mayoría del accionariado de la empresa petrolera estatal sudanesa. EE UU no ha tardado en volcarse en el país para convertirse en garante de una solución del conflicto de Darfur.

Uno de los puntos vitales para la “seguridad” de Estados Unidos es el Golfo de Aden, en el Cuerno de África: uno de los principales pasos para el petróleo proveniente del Golfo Pérsico, y donde está ubicada la base de Djibuti. Sin embargo, no es el único: el noroeste de África y el Golfo de Guinea son los otros dos puntos en los que se mezclan misteriosamente recursos energéticos y amenazas a la “seguridad” estadounidense. El Golfo de Guinea proporciona el 10% del petróleo que importa EE UU, y los nuevos yacimientos descubiertos y la cercanía de las costas norteamericanas hacen especular que esa cifra podría ascender al 25% en las próximas décadas. “Las visitas del Ejército de Estados Unidos a la región han aumentado drásticamente, cambiando de casi cero actividad en 2004 a visitas casi continuas por parte de navíos de la Marina de Estados Unidos en 2006”, reseñaba una nota del Departamento de Estado norteamericano el pasado 19 de diciembre.

Una conferencia ministerial celebrada en Benin entre el 13 y el 15 de noviembre de 2006 se saldaba con el compromiso del Servicio de Guardacostas de EE UU de ayudar a patrullar el Golfo de Guinea y la instalación de equipos de radares marítimos para garantizar la seguridad de las “líneas marítimas estratégicas”. Estos equipos se instalarán en la Isla de Santo Tomé, donde Estados Unidos tiene pensado crear una base desde donde centralizar las operaciones de la región y ‘vigilar’ de cerca a Nigeria, la primera potencia petrolera de África, aliada de Estados Unidos, pero con una creciente influencia islamista e inseguridad para las inversiones, con secuestros y sabotajes continuos contra las instalaciones petroleras.

“Lograr la seguridad costera en el Golfo de Guinea es de suma importancia para el comercio de Estados Unidos y las oportunidades de inversión en África, para nuestra seguridad de energía y contener las amenazas transnacionales”, aseguró Jenday Frazer, secretario de Estado adjunto para Asuntos Africanos, tras la conferencia de Benin.

El interés estadounidense en África no es algo nuevo. El 3 de octubre de 1993, “el día de los rangers” (Maalinti Rangers para los somalíes), 18 soldados de EE UU murieron emboscados por uno de los numerosos señores de la guerra, a los que luego Estados Unidos terminó apoyando frente al creciente poder de los Tribunales Islámicos. No menos suerte tuvo EE UU tras los atentados contra sus embajadas en Kenia y Tanzania, en 1998: una supuesta planta de fabricación de armas químicas de Bin Laden en Sudán, bombardeada por orden de Clinton (en problemas de popularidad por el affaire Lewinsky), resultó ser nada menos que una fábrica de medicamentos.

Casi al mismo tiempo, el Gobierno de Clinton creaba un amplio programa de cooperación y entrenamiento militar con numerosos países africanos, bautizado como Iniciativa Estadounidense de Respuesta a las Crisis Africanas (ACRI). Nacía con el objetivo inicial de formar a unos 12.000 soldados y oficiales africanos y “estructurar batallones y compañías de despliegue rápido”, según palabras de Marshall McCallie, entonces coordinador especial de la iniciativa, en “misiones humanitarias”, según la retórica clintoniana del momento.

Con la llegada de George W. Bush el programa cambió de nombre y duplicó el presupuesto. En 2005, la African Contingency Operations Training and Assistance ya se planteaba la formación de 40.000 militares africanos en los cinco años siguientes, según un comunicado de la Casa Blanca. Los entrenamientos incluyeron a países como Uganda, Etiopía, Malawi, Ghana, Senegal, Costa de Marfil, Benin, Mali o Kenia. En los dos últimos años, con el aumento del apoyo popular a los movimientos islámicos en todo el mundo musulmán y la ofensiva de los Tribunales Islámicos en Somalia, EE UU multiplicó la asistencia militar a Etiopía, además de profundizar en su penetración en el norte de África.

Sahel y Magreb, en la mira

Los informes del Pentágono que hablaban de un desplazamiento de los grupos salafistas argelinos hacia el sur y el crecimiento de los grupos integristas en el Magreb y en la región del Sahel llevaron a un programa de operaciones conjuntas entre el Comando Europeo de EE UU y tropas africanas. En la primera fase de este programa, conocida como Iniciativa Pansaheliana, se realizaron ejercicios antiterroristas con los ejércitos de Mali, Chad, Mauritania y Nigeria, con una inversión de 8,4 millones de dólares, según el Real Instituto Elcano (RIE). Una cifra ridícula comparada con la segunda fase de este programa, la Iniciativa Transahariana Contra el Terrorismo, creada en 2005, con un presupuesto de 500 millones de dólares para gastar en cinco años. En este plan, que se amplió a Senegal, Argelia, Marruecos y Túnez, también se incluía la instalación de una base estadounidense en el sur de Argelia, cerca de Tamanrasset, con 400 soldados de las fuerzas especiales, según el RIE.

La “guerra contra el terror” en el Magreb y el Sahel tiene, como en el resto de sus escenarios, la seguridad de las líneas estratégicas de aprovisionamientos energéticos de fondo: Argelia proporciona el 30% del gas consumido en Europa y más del 15% en EE UU. A esto se le suma el proyecto de construir un gaseoducto de 4.500 kilómetros que una las riquezas gasíferas de la zona, desde Argelia hasta Nigeria, y otro oleoducto desde Sudán y Chad hasta Camerún para dar salida a más de 250.000 barriles de petróleo al día, proyectos impensables en un contexto de estados más o menos inestables, de mayoría musulmana, expuestos al sabotaje de grupos armados y posibles gobiernos de tendencia antiestadounidense.

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