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El “espíritu del 68″ y el “espíritu del Vaticano II” -- Antonio Duato

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Atrio

Antes de que pasen más días del Mayo 2008, como continuación del artículo del querido Timoyhy Radcliffe, con la sensación de que hoy la cúspide de la ICAR se escuda en el mayo del 68 para dejarnos sin la “casa común” que creó el Vaticano II, me parece oportuno ofrecer este artículo mío que acaba de aparecer en valenciano en la revista Saò.

Cuenta Hans Küng en sus memorias –Libertad conquistada (Trotta 2003)– que el brillante profesor de Teología Joseph Ratzinger a quien, por iniciativa suya, se le había ofrecido una cátedra en Tubinga en 1966, no pudo aguantar más de dos años en aquella universidad por la revuelta estudiantil del 68:

“Más de una vez los dos nos vimos impedidos en nuestras clases por sentadas de gente ajenas a la asignatura que protestaban a voces. Lo que para mi quedó e una serie de enfados esporádicos, en Ratzinger supuso, a todas luces, un choque duradero. No quería seguir en Tubinga un semestre más… Desde entonces y hasta el día de hoy Ratzinger le tiene espanto a todos los movimientos ‘de abajo’, sean comunidades de estudiantes, grupos de sacerdotes, movimientos de Iglesia popular o teología de la liberación…” (p.590)
El 68 no provocó el cambio de rumbo de dos teólogos que todavía podían entenderse y colaborar en los tiempos del Concilio, pero sí catalizó las enormes diferencias que ya existían en la manera de entender la Iglesia y el alcance de su aggiornamento. Mientras uno ha llegado a papa el otro sigue vetado para enseñar en facultades católicas.

En junio del 68 Pedro Casaldáliga abandonó la pequeña comunidad de claretianos donde convivía con Fernando Sebastián. Sus trayectorias vitales se separaron desde entonces y también su manera de concebir el cristianismo, la Iglesia y el episcopado. Me consta que a pesar del esfuerzo de ambos se ha hecho muy difícil conservar la vieja amistad. Pero tampoco fue el mayo del 68 el que inspiró a Pedro esa opción radical por los pobres que ocasionó la progresiva ruptura con el viejo amigo, hoy arzobispo emérito de Pamplona.

Un poco después, en 1969, me encontré en Salamanca, a donde me habían llamado para dirigir un Colegio Mayor de “Vocaciones Tardías”, con el grupo de la progresista revista Iglesia Viva -nombre sugerido por Casaldáliga- que dirigía el joven profesor de Teología Fernando Sebastián. Había contrastes en el grupo pero podíamos colaborar todos en una revista crítica del nacionalcatolicismo. Por motivos de fe auténtica, y sólo en parte por el ambiente del 68, los estudiantes de Teología iniciaron una huelga protestando por la teología rancia que se impartía, huelga que duró varios meses. Me atribuyeron la iniciativa de la misma, lo cual no era verdad. Yo sólo respetaba la libertad de esos estudiantes adultos. Carlos Osoro, flamante arzobispo de Oviedo y entonces uno de los líderes de la huelga, puede dar testimonio de ello. Como consecuencia de aquello fui destituido de mi cargo y Fernando accedió al decanato de la Facultad, pista de arranque de futuras ascensiones. No sólo supuso esto un distanciamiento entre los dos sino con el resto del grupo de la revista que en 1971 había confiado en mí para sustituirle en la dirección. ¿Fue todo a causa de las revueltas estudiantiles que también llegaron a Salamanca? En absoluto. Las diferencias en la forma de concebir la Iglesia y su relación con la sociedad venían de mucho antes.

Se está produciendo un acuerdo general para enterrar el espíritu del 68. A él atribuyen unos la pérdida de valores éticos tradicionales y de respeto a la autoridad que han hecho ingobernables las democracias occidentales (Sarkozy). Y otros justifican esta necesidad de “enterrar la revolución cultural” porque dicen que fue la responsable de todos los excesos que se produjeron en la aplicación del Vaticano II. No se declara claramente que se quiere restaurar el catolicismo tradicional que existía antes de la revolución promovida por Juan XXIII, a partir del año 1963 en que se inauguró un Concilio que fue más abierto de lo que esperaba la Curia de Roma. Sino que se achacan los supuestos excesos de su aplicación al influjo del 68.

Benedicto XVI, en un importante discurso en su primera Navidad como papa, atribuyó las deformaciones discontinuistas producidas tras el Vaticano II a “la agitación de los años cercanos al 1968″. Y el biógrafo oficial de Juan Pablo II y gran gurú del neoconservadurismo católico, Georges Weigel, responsabiliza de todos los males de la Iglesia actual (incluidos los casos de pederastia en USA) a la “cultura de la disidencia” que se instaló en la Iglesia a partir del 68 (”influenciada por el espíritu de los tiempos” y la poca autoridad ejercida por Pablo VI en la crisis de la Humanae vitae, desobedecida por la mayor parte de la Iglesia, incluidos episcopados enteros).

Quienes dicen que el “espíritu del 68″ se introdujo en la Iglesia corrompiendo la recta aplicación del Vaticano II celebrado unos años están desfigurando la realidad de los hechos. Habiendo vivido muy en directo y desde las cúspides eclesiásticas aquello tiempos me urge dejar bien claro lo siguiente:

El “espíritu del Vaticano II”, que fue desde el principio mucho más allá de la letra de sus constituciones en la exigencia de reformas, se manifestó mucho antes que las revueltas estudiantiles del 68. Extrañamente nació en una asamblea internacional de 2.500 obispos. La preparación de esa reforma de las estructuras y la vida de la Iglesia fue el fruto de muchos años de esfuerzos en los movimientos que surgieron en la primera mitad del siglo XX: nueva teología, movimiento bíblico, movimiento litúrgico, movimiento ecuménico, movimiento de apostolado seglar, movimiento catequético, movimiento obrero cristiano, nueva praxis liberadora… Era la forma como en la Iglesia Católica se reaccionaba “desde abajo” a la cerrazón de la crisis antimodernista y al anquilosamiento en que estaba una Iglesia con las ventanas cerradas a los aires de la modernidad.
Nada tuvo que ver en absoluto la nueva cultura libertaria del 68 con la aplicación en muchas diócesis de reformas radicales en el sentido de la corresponsabilidad y sinodalidad eclesial eclesiales, palabras teológicas para expresar gobierno de las cosas de la Iglesia a través de asambleas y consejos representativos de todos los estamentos de la Iglesia. Estos cambios surgían, a ejemplo y recomendación del Concilio, impulsados por obispos que se identificaban con su espíritu. En Valencia se instituyeron en desde 1967 los Consejos Presbiteral y Pastoral y había voluntad de que fueran sustituyendo en la práctica al Cabildo y a la práctica monarquía episcopal.

Hasta el equipo de vicarios episcopales se nombró tras una elección entre todo el clero. Nunca más se ha vuelto a producir. Esto no era una reacción mimética al asamblearismo del 68. Como tampoco lo fue la Asamblea Conjunta que para toda España promovió el cardenal Tarancón en 1972. Eran acciones responsables que buscaban un nuevo de tipo de organización eclesiástica que fracasaron porque en la curia de Roma habían quedado demasiados adversarios del Vaticano II que se vieron después “premiados” por la muerte de Juan Pablo I y el nombramiento posterior como papa del cardenal Wojtyla.

La opción de la Iglesia por los pobres, que se vio plasmada para toda América latina en la Conferencia de Medellín (precisamente en 1968) nada tenía que ver con la ideología marxista y el maoísmo que imperaban en los movimientos juveniles de aquellos años. Surgió por la “conversión a la realidad del pueblo” que estaban viviendo muchos obispos y teólogos desde loa años cincuenta, como Helder Cámara, Gustavo Gutiérrez y otros representantes de la Teología y la práctica de la liberación. Por eso ese movimiento era más peligroso y difícil de integrar en el sistema que la revolución juvenil. Y se planeó para frenarlo una estrategia más fina y persistente, la que desde los años ochenta fueron llevando a cabo Reagan y Juan Pablo II, con la ayuda de López Trujillo, Ratzinger y otros. Pero ¿está muerto y enterrado este “espíritu del Vaticano II y de Medellín” entre los católicos de Latinoamérica? Hace pocos días estuvo en Valencia José Comblin, belga-brasileño, y nos mostraba lo contrario.

No fueron las nuevas formas de la estética juvenil -vaqueros, guitarras, canción protesta- las que influyeron en las reformas litúrgicas. Eran razones teológicas y vivencias de mucha hondura. La eucaristía, volviendo a los orígenes, se concebía más como asamblea del Pueblo de Dios que como sacrificio presentado a Dios por un intermediario, un sacerdote “separado” del pueblo y que simbólicamente le daba la espalda para dirigirse al Dios Altísimo. Es una inaceptable traición al Concilio Vaticano II y a su responsable aplicación enfatizar “excesos de mal gusto” para justificar una paulatina vuelta a la liturgia del Concilio de Trento a la que no quisieron renunciar ni Marcel Lefèbvre ni George Ratzinger, hermano mayor del Papa.

Claro que el buen párroco George se conformó con abandonar su parroquia y obtener una dispensa para decir privadamente la misa en latín, si llegar al cisma promovido por el primero que hoy Benedicto XVI quiere suturar.

Alguien ha podido creer que se puede enterrar el “espíritu del 68″. Tal vez. Al fin y al cabo la mayoría de los protagonistas ya se integraron poco después al llegar al realismo de la edad adulta. Y la sociedad ha recogido ya muchas de las aspiraciones del movimiento que ya están universalmente incorporadas en la cultura: libertades personales, sobre todo en lo relacionado con el sexo, y mayor democratización en todas las instituciones con reconocimiento universal de la igualdad para la mujer.

Pero creo difícil que se puede enterrar el “espíritu del Vaticano II” por dos motivos:

hunde sus raíces no en ideologías marxistas-freudianas más o menos caducas -¿quién se acuerda ahora de Marcuse?- sino en convicciones de fe muy arraigadas que siguen presentes en viejos y nuevos católicos.
la iglesia sigue sin tomar en serio la propuesta fundamental del Concilio que era la apertura en la formulación de su doctrina y en su estructura interna a las exigencias de los Signos de los Tiempos.

A Jesús y al Espíritu es difícil ponerles fronteras y losas. Incluso los métodos inquisitoriales de condenas y de prohibir la difusión de las ideas no funciona ya en una sociedad abierta de la comunicación. No se podrá repetir lo que hizo Pío X cuando la crisis antimodernista de hace un siglo. El máximo poder que tienen los restauracionistas de la Iglesia es el nombramiento de obispos y el funcionariado clerical. Pero estos instrumentos no sirven para organizar una Iglesia sino una gran Secta. Y la Iglesia de Jesús y del Espíritu, como servicio al hombre y no como poder, seguirá brotando en todas partes, sin servilismo pero no en contra de la jerarquía, sin cismas pero con tesón y resistencia.

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