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El “diaconismo” de la Iglesia mexicana

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Este lunes 25 de octubre inició en Veracruz (México) un encuentro nacional dedicado a los diáconos permanentes. Se trata de la quinta asamblea convocada por la Comisión para las Vocaciones y Ministerios de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), actualmente dirigida por José Trinidad Zapata Ortiz, obispo de San Andrés Tuxtla. Aunque la reunión se antoja como “una más”, todo lo contrario: tiene enorme importancia para el futuro de la Iglesia en ese país.

Su relevancia está vinculada al objetivo del encuentro: los asistentes deberán redactar un documento (o al menos sacar un primer boceto) sobre la formación, vida y ministerio de los diáconos permanentes para cumplir una solicitud expresa del Vaticano.

La pregunta surge natural: ¿por qué la Santa Sede pide al episcopado mexicano un escrito como ese? En la respuesta está el nodo de la cuestión. Aunque poco se sepa México se encuentra “en capilla” en cuanto a este peculiar ministerio sagrado, al menos a los ojos de Roma. Todo surgió del proceso impulsado por Samuel Ruíz en la diócesis de San Cristóbal de las Casas (Chiapas), coloquialmente conocido como “iglesia diaconal”.

En resumen durante más de 40 años don Samuel, como le dicen sus seguidores, forjó la génesis de un tipo de Iglesia católica distinta, “autóctona”, la cual -supuestamente basándose en los postulados del Concilio Vaticano II- terminó poniendo al centro de la vida eclesial no a los sacerdotes custodios de los sacramentos, sino a los diáconos permanentes casados.

Durante años el prelado formó un verdadero ejército de indígenas aspirantes al sacerdocio a quienes les prometió, una y otra vez, que la Santa Iglesia Romana se rendiría finalmente a “las evidencias” y aceptaría a los curas casados. Mientras tanto los fue ordenando paulatinamente como diáconos hasta alcanzar cifras estratosféricas. Todo bajo la excusa de la falta de presbíteros y de vocaciones sacerdotales.

Al mismo tiempo Ruíz tocó muchísimas puertas en la Curia Romana para pedir el análisis de su propuesta. Pero -todos saben- el tema del celibato en El Vaticano no se aborda. Resultado: tanta insistencia llevó a la misma Santa Sede a convocar diversas reuniones “interdicasteriales” (tres en un lapso de 10 años) para analizar el asunto. Una situación sin precedentes. Las interdicasteriales son juntas en las cuales participan diversos jefes de organismos de la Curia Romana para tratar delicados asuntos.
Todo ese movimiento llevó al Vaticano primero a emitir una carta de recomendación a Samuel Ruíz para pedirle que evitase ordenar más diáconos, sugerencia que el obispo mexicano ignoró. Después a aceptarle la renuncia al puesto para colocar, inicialmente, a Raúl Vera y después al actual obispo de San Cristóbal, Felipe Arizmendi.

Como los cambios, por sí solos, no enderezaron el camino la Sede Apostólica decidió directamente ordenar a Arizmendi la suspensión -hasta nuevo aviso- a las ordenaciones diaconales. Esta medida todavía permanece vigente aunque el prelado chiapaneco ha buscado por todos los medios que sea revocada.

Aún así los efectos del “diaconismo” en San Cristóbal todavía son palpables: en esa diócesis actualmente existen 330 diáconos permanentes y 86 sacerdotes, una proporción de 1 a 4, un número excesivo. Por ello resulta fundado el temor del Vaticano al surgimiento allí de una nueva “iglesia” que trastoque los verdaderos valores del catolicismo.
Ese proyecto sería la “iglesia diaconal”, donde la eucaristía presidida por un sacerdote célibe ocuparía un segundo término mientras en primer lugar se colocaría la vida comunitaria espiritualmente animada por un indígena casado investido de diácono. Razón más que suficiente para pedir a la Conferencia Episcopal Mexicana que explique, sobre el papel, cuáles son las exigencias propias de los diáconos permanentes.

Serafines susurran.- Que demasiada ignorancia se ha desatado tras el anuncio del nombramiento del cardenal arzobispo de la Ciudad de México, Norberto Rivera Carrera, como parte del Consejo Cardenalicio para los Problemas Económicos y Organizativos de la Santa Sede.
Tras el anuncio de la noticia, en la prensa mexicana así como en blogs y redes sociales, corrieron desinformados y extravagantes comentarios. Algunos preguntaron si Rivera deberá recopilar dinero para las arcas del Vaticano, otros cuestionaron su autoridad moral para tal encargo y alguno llegó a aventurar que la designación sería un mensaje de la Santa Sede a México para evitar juicios contra el cardenal.

Resulta obvio que ninguna de estas peregrinas afirmaciones reflejan la realidad. Simplemente porque el nuevo cargo (honorífico) del purpurado no cambiará su actual situación jurídica y eclesiástica. Tan sólo le significará viajar a Roma dos veces al año para asistir a evaluaciones referentes a la economía y organización del Vaticano. Nada más y nada menos.

Eso sí, desde ese lugar podrá tener información de primera mano sobre el presupuesto anual de la Sede Apostólica y, sobre todo, de las operaciones del Instituto para las Obras de Religión (IOR), conocido como el “banco vaticano” cuyos directivos actualmente son investigados por la justicia italiana por supuesto lavado de dinero. ¡Menudo paquete para Rivera Carrera!

(Información recibida de la Red Mundial de Comunidades Eclesiales de Base)

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