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Educar en los márgenes -- Mª Victoria Molins

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Alandar

Fue hace quince años. Las comunidades religiosas que vivíamos y trabajábamos en el Raval de Barcelona, un barrio famoso y al mismo tiempo prototipo de marginación, nos reuníamos una vez al mes para celebrar juntos la Eucaristía, compartir una cena y charlar de nuestras cosas. La verdad es que, viviendo en ese barrio, “nuestras cosas” siempre giran en torno a la persona desestructurada con la que nos encontramos en nuestras tareas diarias. La perspectiva, al tratarse de comunidades religiosas, no podía ser otra que la evangélica.

En aquellos encuentros -que hoy continuamos con gran gozo- la amistad entre las distintas comunidades es un hecho tan palpable que, casi sin darnos cuenta, y cuando aún el tema no tenía la importancia que tiene ahora, se estaba fraguando una intercongregracionalidad que ha sido y es nuestro punto fuerte. Lo digo de corazón. Trabajar en el Raval es hoy por hoy un signo de esa característica que actualmente deseamos vivir los religiosos. Se han acabado las “capillitas” y se ha abierto esa fraternidad que nos une, nos da fuerza y nos alarga los brazos hacia nuestros hermanos necesitados.

Un sueño vivido en fraternidad

Y fue allí, una noche de hace quince años, cuando surgió el problema del mundo educativo en la adolescencia dentro de los límites de la marginación que distingue a nuestro barrio. En plena reforma educativa, a punto de iniciarse la ESO, sabíamos lo que iba a suponer para la escolarización de algunos o muchos chavales de “Ciutat Vella”. No es que no hubiera centros públicos en el barrio. En ellos estarían tal vez escolarizados nominalmente la mayoría de los niños en esa enseñanza obligatoria que comenzaba. Lo que no era tan seguro es que asistieran diariamente y menos aún que pudieran seguir los cursos de la ESO en un régimen “normalizado” de escolarización.

Y empezamos a soñar. Casualmente, la mayoría de las congregaciones que nos reuníamos éramos del ámbito educativo. En muchos de los casos, observamos que nuestros fundadores o fundadoras habían iniciado esa tarea en barrios de pobreza y marginación. Uniendo nuestras fuerzas podíamos hacer algo nuevo en el barrio. Algo que tuviera dos características fundamentales: una de ellas relativa al tipo de alumnos y alumnas que acogiéramos. Otra, relativa a la titularidad del centro.

En cuanto a la primera se trataba de llegar a aquellos alumnos y alumnas que, por sus condiciones sociales y familiares –no por sus capacidades personales- fueran un problema en las escuelas y no pudieran seguir la enseñanza de la ESO. Creíamos que tal vez en un régimen escolar más personalizado y familiar, con unas fórmulas de adaptación no sólo curricular, sino también en otros aspectos humanos, la cosa podía marchar. Cada aula tendría como máximo 8 alumnos y los tutores serían escogidos para una tarea humana que iba más allá de la educación reglada en un ambiente más o menos normalizado.

En cuanto a la segunda característica, la imposibilidad de hacer frente a una tarea así por parte de una sola congregación, y la riqueza de lo que comenzaba a tener ese nombre de intercongregacionalidad, nos animaba a unirnos y formar entre todos una nueva titularidad en la que participaran distintas congregaciones.

En principio fuimos once, hoy pasamos de treinta. Paso por alto otros aspectos jurídicos a los que tuvimos que hacer frente ante la Administración. Sólo quiero decir que hoy es ella la que nos pide que hagamos otro “Cintra” en un barrio con dificultades semejantes al nuestro.

Cintra o la piedra angular

Recordando a Jordi Ginestá, un jesuita que estuvo en los comienzos de esta fundación y fue un auténtico puntal para ella, quiero explicar el por qué de ese nombre. Cintra, en catalán, hace referencia a la estructura de madera que se construye para hacer el arco de un puente o de otro tipo de construcción que lo requiera. Cuando ya se ha colocado la “piedra angular” y el puente o el arco que va elevándose por ambos lados no requiere esa estructura, se le quita.

Eso queríamos ser para unos chicos y chicas que, viviendo en unas condiciones familiares y sociales que ha repercutido negativamente en sus vidas desde la más tierna infancia, llegan a ser un problema para insertarse en el mundo laboral y social en nuestra ciudad: un puente que era necesario poner para sostener el edificio personal que estaban construyendo en su adolescencia. Una vez construido el puente la “cintra” podía quitarse…

Claro que en los comienzos no se pensó tanto en elementos que han ido surgiendo y mejorando la tarea. Por ejemplo, junto a la marginación familiar de varias generaciones que existía en el barrio, empezó a llegar un tipo de inmigrantes que iban cambiando poco a poco la fisonomía de la barriada, no porque ellos en sí fueran un problema, sino porque el mundo inmigrante que allí llegaba encontraba un caldo de cultivo muy complicado para aquellos niños y niñas, magrebís al principio, y latinoamericanos más tarde.

Actualmente la interculturalidad es un hecho más dentro de las características de la escuela. En un aula de seis o siete alumnos pueden convivir cuatro nacionalidades diferentes. El seguimiento personalizado es tal que los tutores ejercen una labor extraordinaria en el ámbito de la atención de sus alumnos. Para ello la ayuda de los voluntarios es necesaria. Voluntarios que puedan hacer un refuerzo escolar a los que necesitan más ayuda para colocarse al nivel, que atiendan al grupo mientras el tutor dedica un tiempo a hablar con un chico o una chica que hay que “calmar” o ayudar en su proceso de un modo muy especial. La presencia de un psicólogo, los talleres especializados, las actividades lúdicas, la asistencia sanitaria, etc.

Los incentivos son muy necesarios en un ambiente en el que familiarmente se vive al “margen” de muchas cosas, entre otras de la Ley y los alumnos carecen en la mayoría de los casos de límites en su familia. Estos incentivos son unos simbólicos “puntos” que ellos mismos comentan diariamente en la primera media hora del día con su tutor para aprender a adquirir normas, disciplina personal, asumir tareas, etc. Estos puntos llevan a los alumnos a disfrutar de salidas en donde el ambiente es más relajado y se puede convivir con facilidad y seguir la tarea educativa en el tiempo libre

La escuela prolongada

Si siempre es necesario el contacto con la familia del alumno, en Cintra lo es mucho más. Pero el tutor no daría abasto para llegar al ámbito familiar debido a la cantidad de esfuerzos que supone la educación de este tipo de alumnos. Para ello se creó lo que llamamos PROPAMP. Aquí un grupo de voluntarios que trabajan en parejas tiene adjudicadas varias familias con las que, de algún modo, se comprometen.

Bien pronto se vio que las reuniones con padres eran poco menos que imposibles, si no era para celebrar alguna fiesta; y si se hacían no eran demasiado provechosas. Y es que una de las características de la marginación es la incapacidad para “agremiarse”, cosa que sí se logra en el mundo obrero. Cada familia es un mundo y quiere ser atendida en particular. Por ello se creó ese grupo que, siempre de acuerdo con los tutores y al margen de las cuestiones académicas, visita a las familias, se hace cargo de los problemas que tienen, hace un acompañamiento educativo y llega a tener una amistad que sea como punto de referencia en distintos aspectos de la vida.

Este grupo se ha ido derivando hasta acompañar a los alumnos y alumnas en el momento de la salida de Cintra y la entrada en el mundo laboral. Si alguien se asoma por primera vez a una de nuestras reuniones le cuesta creer la cantidad de problemas personales, familiares y sociales con los que nos encontramos diariamente. Es un mundo que vive al margen y al que amamos de corazón porque es al que, evangélicamente, hemos sido enviados con preferencia.

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