Domingo de Resurrección -- Miguel Ángel Mesa Bouzas

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

A veces los hombres y mujeres que han sido vencidos,
a quienes han derrotado y se sienten fracasados, hundidos, solo necesitan que alguien
les llame por su nombre para sentirse
reconocidos y recuperen la ilusión.

Nombrar a alguien es devolverle la identidad perdida,
restituir su dignidad, su valor como ser humano,
retornarle sus derechos, que se sientan en plena igualdad y que las relaciones interpersonales basadas en la empatía y la igualdad vuelvan a relanzarles
a la existencia como personas en plenitud.

Algunas mujeres, entre las que se encontraban María Magdalena,
Juana, María la madre de Santiago, Salomé y “otras con ellas”,
fueron el primer día de la semana al sepulcro
muy temprano por la mañana, con aromas, perfumes y ungüentos
que habían preparado para ungir el cuerpo de Jesús.

María de Magdala se había unido un día al grupo de los seguidores de Jesús y desde entonces no se había separado de su lado.
Entre los dos fluía una intimidad profunda,
un reconocimiento mutuo, una amistad intensa.
Con una sola mirada ya sabía María lo que pensaba Jesús.
Con un solo gesto ya sabía Jesús lo que deseaba María.

La muerte del Maestro había supuesto un cataclismo interior,
un abatimiento sin medida, una sima honda y abrupta
que sumía el futuro en una oscuridad total y absoluta.
No obstante, había decidido seguir compartiendo con el grupo
que se mantuvo en Jerusalén después del asesinato de Jesús.

Al llegar al sepulcro con los ungüentos, deseando ver y acariciar por última vez el cuerpo del amado de su alma,
escuchó una voz que le resultó profundamente familiar: ¡María!
No quería dar crédito a su intuición, pero volvió a oír: ¡María!

Y le dio un vuelco el corazón. Se volvió y vio a Jesús,
le abrazó y comenzó a ungirle con sus lágrimas
rebosantes de entusiasmo y alegría.
“María, mi querida amiga, siempre que lo desees
estaré a tu lado, no nos podremos abrazar más físicamente,
pero sentirás mi presencia, mi vida en tu propia vida,
en lo más hondo de tu corazón.

Mi recuerdo, mi huella han quedado indelebles en tu hondón interior.
Tú ya tienes un manantial que saciará tu sed cada vez que lo necesites.
Ese manantial lo seré yo para ti, ese agua lo serás tú también para mí.
Es el amor que nos une y que ya sentimos como vida eterna.