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Domingo 21 de Junio, 12º del Tiempo ordinario -- José María Castillo, teólogo

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Somos Iglesia Andalucía

Mc 4, 35-40
“Aquel día, al anochecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba: otras barcas los acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: “¡Silencio, cállate”! El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?” Se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”

1. No parece verosímil que, en el pequeño y tranquilo lago de Galilea, se desencadenase una huracán de tal magnitud que llegó a poner en serio peligro a hombres avezados al mar. En cualquier caso, lo que interesa de este relato no es si Jesús hizo o no hizo un milagro. Lo que importa, al lector religioso de este pasaje, es la información que aquí se nos da para comprender y vivir mejor la fe en Jesús. Porque a eso se refiere este relato.

2. Es normal que sintieran miedo unos hombres que se vieron en una situación de peligro grave. No se ve por qué se les tenía que reprochar por eso. Lo que allí paso se comprende cuando se cae en la cuenta de que Jesús asocie el miedo a la falta de fe. Es decir, lo importante aquí está en que, según este relato, para Jesús, la falta de fe no consiste en el error o en la inmoralidad, sino en dejarse llevar por el miedo hasta el extremo de pensar que, por más que estemos embarcados con Jesús, podemos estar metidos en un grave peligro.

3. El enemigo número uno de la fe en Jesús no es el error, sino el miedo. Porque el miedo paraliza la capacidad de pensar. Y más aún la posibilidad de decir lo que se piensa. El miedo nos condena al silencio estéril. Y además nos pervierte. Porque nos hace fuertes ante los débiles y débiles ante los fuertes. Cuando se llega a semejante vileza, ya no es Jesús quien conduce nuestra vida. En tal situación, nuestra vida es juguete de intereses inconfesables.

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