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DOMINGO 12 DE AGOSTO. 19 DEL TIEMPO ORDINARIO: ¡NO ATESORÉIS! HUELGA GENERAL DE JESÚS. Xavier Pikaza

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Xavier Pikaza

He tratado tantas veces de la pobreza, en este blog, que me da casi vergüenza volver a plantearlo. Pero quiero y debo hacerlo, porque es de nuevo el tema del evangelio de este domingo. Hoy quiero ser radical, como es radical en evangelio y así comentar con temblor sus palabras centrales: Si uno quiere ser cristiano (si la Iglesia quiere ser cristiana) ha de hacer ya una huelga de evangelio, desde aquí, hoy mismo, dejando de colaborar con esta sociedad que sigue amontonando riquezas a costa de los pobres. Así de sencillo, allí de radical: ¡Negarse a colaborar, buscando otra forma distinta de “atesorar para el cielo”, es decir, para el bien de los hombres y mujeres, empezando por los más pobres!

El texto: Lucas 12, 32-48

Es un texto largo que consta de varias unidades, recogidas en este primer conjunto “escatológico”, en el que Lucas trata del dinero y de la vuelta del Señor Jesús. Quien quiera, que lea en su Biblia todo el texto y analice sus diversas partes. Yo hoy sólo quiero comentar dos versículos centrales:

Vended vuestros bienes y dadlos en limosna;
haceos unos bolsos que no se vuelvan viejos,
un tesoro en el cielo que nunca se agote,
donde puedan acercarse los ladrones,
ni pueda roerlos la polilla.
Porque allí donde está vuestro tesoro
allí estará también vuestro corazón (Lc 12, 33-35).

Éste es un texto central del evangelio, que ha de leerse en conjunto, al lado del pasaje del “joven rico” al que Jesús le pide que lo venda todo y lo dé a los pobres, para que así tenga un tesoro en el cielo y después (al mismo tiempo) pueda seguirle (cf. Mc 10, 21 par). Como precisa bien el evangelio, no se trata de vender, dejar y abandonar la vida activa (irse al desierto), sino de vender para compartir, recibiendo así el ciento por uno en casa, familia y posesiones (cf. Mc 10, 28-31 y par).

Este pasaje de “vender y hacer tesoros para el cielo” ha sido también transmitido también y de forma y de un modo más “antiguo” (más completo) por Mt 6, 19-21, como después indicaremos. No se trata de atesorar para “el más allá” (de tener tesoros amontonados en el Banco de San Pedro, para después de esta vida), sino de atesorar aquí, en este mundo, para estos pobres concretos que nos rodean.

Quiero destacar bien esto, desde el principio. El “cielo” donde hay que atesores no es un más allá platónico de angelitos buenos, sino el más acá concreto de los hombres y mujeres concretos donde Jesús anuncia y comienza a extender su reino. Frente a los que amontonan aquí (de una manera, al modo capitalista)… han de estar los que “amontonan también aquí”, de una forma humana, al servicio de los pobres. Esto es para Lucas (para el Jesús de Lucas, para el Jesús de Marcos…) tan evidente que no necesita comentario. Se trata de “vender” (de romper el modo egoísta de posesión), se trata de darlo todo…para hacer posible que haya bienes para todos, desde los pobres, de otra forma.

Ésta es la huelga general de Jesús, de la que aquí quiero tratar. Es una huelga que interpreto a la luz del mensaje de conjunto de Jesús, como palabra dirigida no sólo al joven rico o a Pedro y los Doce de Marcos (que serían representantes de la vida religiosa), sino a todos los cristianos.

El contexto de Jesús. Los principios de su proyecto

El texto de Jesús habla de tesoro y dice que “allí donde está vuestro tesoro estará también vuestro corazón”. Pues bien, el primer tesoro de los judíos ha sido la tierra. Ella, la tierra, era como su madre, como su cuerpo, no una cosa externa, que se compra y vende, sino parte esencial de su propia vida. Pero, en aquel momento, los más ricos de Israel y Roma se estaban apoderando de todas las propiedades de los pobres, convirtiendo la tierra de Dios (de todos) en mercado al servicio del Imperio lejano y de los terratenientes y administradores indígenas (cortesanos de Herodes Antipas).

En ese contexto, Jesús fue un revolucionario campesino, pero no con violencia armada, como algunos han propuesto (no fue líder bandolero o militar), sino de forma profética, provocativa, mucho más intensa. Fue un revolucionario campesino, radical, desde los más pobres. No quiso transformar la economía desde arriba, controlando los mercados imperiales, ni siquiera en Galilea. Tampoco quiso empezar organizando de un modo directo unos modelos de trabajo y propiedad (en la línea de las federaciones agrícolas del principio de la historia de Israel), sino que hizo algo anterior y mucho más profundo: empezó ofreciendo dignidad a los campesinos expulsados de su tierra.

Ciertamente, no se opuso a un cambio en el sistema externo, aunque lo viera necesario, pero no empezó por eso: no intentó (ni pudo) realizar su proyecto de un modo militar o político, trasformando las cosas desde fuera, desde arriba, pues si sólo cambiaban así todo seguiría como antes. Al contrario, Jesús quiso enriquecer y trasformar la vida de los galileos desde su misma humanidad, desde los pobres, cambiando su forma de pensar y sentir, de querer y de amarse (¡cambiando su corazón!), para que pudieran compartir la tierra, como en el principio de la historia israelita, cuando las doce tribus que compartieron la tierra, conforme al libro de Josué.

Así inició su movimiento a partir de esos marginados del nuevo [des-]orden económico, empobrecidos por la estructura de poder de las ciudades que imponían su dominio (ley comercial y social) sobre los pobres del campo. Sin ese descubrimiento práctico de los expulsados y negados del orden económico, que debían ser (y son) hijos privilegiados de Dios, Jesús no podía hablar de Reino. Desde ellos empezó su proyecto de paz, su revolución económica; con ellos empezó su “huelga”; quiso que dejaran aquel “orden” de atesoramiento de riquezas como tales (de capital), para que todos pudieran compartir la vida, compartiendo el corazón.

En esa línea podemos presentarle como inventor de humanidad, el mayor de los descubridores sociales de la historia, el primero de todos los iniciadores de una huelga general en nuestra historia, una huelga desde la pobreza. La vida de los hombres y mujeres no cambia y mejora desde arriba (por un Imperio como Roma), sino desde la pobreza; Julio César y sus sucesores cambiaron el mundo creando un Imperio; Jesús quiso cambiarlo y lo cambió iniciando un camino de Reino a partir de los pobres, transformando con ellos y por ellos la forma de vida humana.
Jesús no condenó a los propietarios (no quiso matarles), pero no inició con ellos su proyecto de Reino, sino con los itinerantes pobres (que van y vienen, sin suelo fijo, ni casa).

No trazó un esquema de inversión violenta (no quiso que los itinerantes-desposeídos ocupen el lugar de los sedentarios), sino de trasformación, partiendo de los desposeídos, pidiéndolos que (en vez de conquistar las tierras de los ricos por la fuerza) regalaran incluso lo poco que tenían, para compartirlo, para crear de esa manera uno tesoro distinto “en el cielo” (es decir, en la comunidad de los voluntarios, al servicio del reino).

Los dos tesoros

Jesús se enfrento con un tipo de hombres que querían conseguirlo todo (comprar todas las tierras, apoderarse de todos los poderes, amontonar todos los bienes), para tener de esa manera un tesoro en este mundo y administrarlo al servicio de sus propios intereses, es decir, de su “capital”. Eran tiempos de “nueva economía”: los capitales se estaban juntando en unas pocas manos, las tierras estaban pasando a unos pocos propietarios, estaba surgiendo por doquier una nueva “concepción mercantil de la riqueza”, muy parecida a la de cierto capitalismo moderno. Había que atesorar, para producir, para tener seguridades, para garantizar así el futuro…

Mientras tanto, los pobres estaban perdiendo su dignidad, además de sus tierras, viniendo a convertirse en puros proletarios pasivos de una economía mercantil al servicio del “tesoro”, es decir, del dinero central. En este contexto se inscribe la palabra de Jesús, que pide a los suyos que inviertan ese orden, que busquen una nueva economía. Así lo indica con toda precisión al texto antes citado de Lucas, que ahora presentamos en su versión de Marcos, que resulta todavía más clara y conserva, probablemente, el ritmo del lenguaje de Jesús, formado por tres frases que se repiten en paralelo y por una conclusión::

1. Frases negativas (el falso tesoro: injusticia y violencia):
a. No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra,
b. donde la polilla y el orín corrompen,
c. y donde los ladrones excavan y roban.

2. Frases positivas (el buen tesoro: justicia, comunión):
a. Más bien, acumulad para vosotros tesoros en el cielo,
b. donde ni la polilla ni el óxido corrompen,
c. y donde los ladrones no excavan ni roban.

3. Conclusión
Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón.

El esquema rítmico es fácil de seguir, conforme al ritmo del paralelismo, típico de la poesía judía.

Frases negativas. Hay un “tesoro de la tierra” que consiste en amontonar de un modo exclusivista, al servicio de algunos (del puro capital). Ese “tesoro” está sometido a los principios de la corrupción física (todo lo que hay en el mundo termina, todo acaba comido por le polilla y el orín). Ese tesoro suscita siempre la violencia: Donde hay unos que amontonan riquezas excitan siempre el deseo de “ladrones”. Jesús no dice nada sobre la “razón” de esos “ladrones”; no dice si son justos o injustos…

Sólo dice que allí donde se amontonan “tesoros” (escondidos en bancos o en casas de lucho, o en pozos bajo tierra), ellos suscitan el deseo de los “hermanos ladrones”. Evidentemente, los dueños de tesoros buscarán policías o soldados para defenderlos, pero será inútil; vendrán siempre nuevos ladrones. Esa es para Jesús la “ley” de la riqueza de este mundo, que suscita violencia y contra-violencia sin fin. Esa es la ley que sigue definiendo nuestra realidad política y comercial, en este año de “gracia” que es el 2007. Seguimos “jugando” al juego macabro de más policías, soldados y ladrones. Estamos al borde del colapso.

Frases positivas. Es evidente que Jesús no está hablando de cosas del “cielo espiritual”, sino de este mundo, está hablando de una forma nueva de tener y compartir. Conforme a toda la dinámica del evangelio (y en especial del evangelio de Lucas) “atesorar tesoros para el cielo” no es quemarlos o venderlos sin más, sino compartirlos con los pobres; de esa forma, los bienes se convierten en signo y realidad de comunión. Atesorar para el cielo significa “ganar amigos” con el dinero de este mundo (cf. Lc 16, 9). Los bienes compartidos son un tesoro distinto, que no se pudre con el orín, ni se consume con la polilla… Sólo de esa forma se puede “evitar los ladrones”. No con más policía ni ejército, sino con más comunión, con más vida compartida… El en el fondo, para Jesús, capitalistas y ladrones son lo mismo, se mueven en la misma línea. La manera de superarlos es aprender a compartir los bienes. Éste es el programa de Jesús en aquellos años duros de neocapitalismo romano y de ladrones mil que estaban surgiendo en Galilea.

La conclusión resulta clara: el corazón del hombre está donde está su tesoro. Se trata de cambiar la forma de tener los tesoros, para cambiar el corazón, para que los hombres y mujeres puedan amarse, puedan ser corazón.
En un caso, el corazón está en los bienes egoístas…, defendidos siempre con miedo de ladrones; en ese caso no se puede hablar de corazón, porque en su lugar solo hay dinero, dinero (tenido o deseado…).

En otro caso está en los bienes compartidos, en el amor mutuo de los hermanos… Con este proyecto, iniciado desde los más pobres, comenzó Jesús su camino de reino, su camino de corazón. En ese camino seguimos (debemos seguir) nosotros, según el Evangelio.

Conclusión. ¿Una huelga universal?

Todos sabemos que la situación económica actual (año 2007) debe cambiar, a fin de que el capital y el trabajo estén al servicio del hombre y así pueda surgir, por primera vez, un tipo de abundancia universal, gozosa, un tesoro compartido, como quería Jesús. Ese cambio no es fácil. Hasta ahora, en los últimos milenios y de un modo especial en los dos últimos siglos, la economía dominante ha estado marcada por el dominio del capital y el mercado, que han impuesto su dictado desde arriba sobre el conjunto de los hombres y la misma tierra, al servicio del sistema.

Del único mundo (one world), que nos precedía y engendraba, con sus signos divinos, como madre providente, hemos pasado al único mercado (one market), que nosotros mismos instauramos, como dioses pequeños, dispuestos a comprarlo y a venderlo todo, amontonando así nuestro tesoro, sometido al orín, a la polilla, a los ladrones.

Pues bien, para superar esta situación y para evitar el colapso de nuestro modelo económico (sometido al riesgo del orín-polilla y de los crecientes capitalistas/ladrones), debemos realizar una profunda inversión (cambio de rumbo), de manera que el capital se ponga al servicio de los hombres, no en línea de compra/venta, sino de comunicación personal, de manera que todos puedan participar en libertad y equilibrio de los tesoros de la tierra. Para ello debemos iniciar una “salida” y protesta, es decir, un tipo de huelga general (universal), contra las leyes y normas del capital y del mercado, dejando de colaborar y vincularnos con este sistema, abandonando la Gran Ciudad de opresión (como piden, de formas convergentes, Mc 13, 14 y Ap 18, 4).

Ésta no será una huelga para no-trabajar o para pedir simplemente salarios más altos (cosa que ha sido a menudo muy justa), sino para trabajar de una forma distinta y para compartir con corazón y para producir también de otra manera, al servicio de los hombres (los pobres) y no del mercado capitalista o de la seguridad militar. No será una huelga contra nadie, sino a favor de todos, desde los más pobres, en la línea de los itinerantes de Jesús, campesinos sin campo ni trabajo, que se unían para compartir, iniciando una nueva solidaridad y comunicación, capaz de curar a los ricos.

Esta huelga sanadora, que puede transformar a los propietarios (¡capitalistas!) ha comenzado quizá en varias partes del mundo, siguiendo el modelo de Jesús, sin que muchos lo advirtamos. Sólo así podrá surgir una nueva economía mundial, que no esté al servicio del Imperio (capital, mercado), sino de todos los hombres y pueblos, empezando por los pobres.

Una utopía, un tesoro de corazón

Será una economía de caminos múltiples, que ha de actuar como espacio de encuentros abiertos a todos, como una red donde todos puedan introducirse, cada uno con sus peculiaridades y sus aportaciones. Debemos pasar de una estructura piramidal y jerárquica del capital, que se impone su dictado único, a una visión multipolar del trabajo (producción) y del mercado (distribución), donde cada uno pueda recibir lo que necesita y ofrecer lo que pueda, en actitud de concordia universal (cf. Hech 2, 44-45), recreando en una perspectiva más alta, la intuición de Kant, cuando afirma que el bien de los otros será bien para nosotros.

Este cambio sólo puede hacerse desde abajo, no desde el capital (pues capital y mercado, en su forma actual, tienden a dominarlo todo). En contra del capital/mercado de la actualidad, surgirá un modelo de trabajos e intercambios múltiples, unidos entre sí, creando interconexiones gratuitas, al servicio de todos, de manera que, conforme a su variante etimológica, el mercado no será institución de compra/venta, sino espacio de comunicación gratuita (merced, mercy). El modelo actual de mercado pone en riesgo la vida de los hombres y mujeres, sometiendo a su dictado a todos los pueblos y personas. En contra de eso, un modelo de centros múltiples, guiado por el gozo de la producción y la comunicación abierta (gratuita), hará posible el surgimiento de una sociedad de interacciones múltiples. Para ello debe cambiar el modelo del sistema y eso sólo puede hacerse subiendo de nivel (en la línea de eso que pudiéramos llamar “mutación” de evangelio). Queremos una gran huelga, debemos iniciar una gran mutación, ya, desde ahora mismo, los que creemos en Jesús y en su evangelio.

Eso es lo que nos pide Jesús este domingo: “no atesoréis…” (este tipo de atesoramiento desde el capital está destruyendo la humanidad)…, “atesorad”. Así debe proclamar la Iglesia que, hasta ahora, en los últimos siglos, ha estado casi siempre al servicio de una economía ya sobrepasada (de la vieja nobleza y/o burguesía) o de un capitalismo anticristiano.

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