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Del 15M a una nueva constitución verdaderamente democrática (”Lo llaman democracia y no lo es”) -- Nacho Dueñas, cantautor, historiador, miembro de las Comunidades Cristianas Populares de Cádiz

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Aunque aún carezcamos de la perspectiva histórica necesaria para afirmarlo de modo taxativo, es más que probable que el 15 M sea en nuestro país el acontecimiento de mayor carga ética, utópica, humanista y hasta espiritual al menos de las últimas décadas.

Hace sólo un par de meses era inconcebible pensar en un movimiento social de estas características, que fuese capaz de echar a la calle a decenas de miles de personas, de contar con el apoyo de casi el 80% de la ciudadanía, de constituir asambleas participativas y de acción a lo largo de casi toda la geografía peninsular.

Hace sólo un par de meses nadie hubiese contado con un huracán que iba a soportar desmesuradas cargas policiales desde el espíritu de la no violencia, que iba a bloquear decenas de desahucios, que iba a fomentar la socialización de edificios públicos abandonados, o que iba a posibilitar el bloqueo de redadas racistas por parte de la policía.

Hace sólo un par de meses nadie hubiese pensado en viejos que afirman poder morir tranquilos ante lo que están viendo, o jóvenes que se movilizan ante lo que llevaban años esperando, o que la gente volviese a tener esperanza, ilusiones, fe en sí misma, solidaridad, cariño…

Se trata de un movimiento que ha puesto en el centro de la opinión pública el debate sobre la cleptocracia estructural de la banca (punible desde lo penal, según los economistas Vicens Navarro y el Nobel Josep Stiglitz); sobre la corrupción generalizada de la clase política, que no gobierna para la gente sino para los grupos de poder; sobre la posibilidad de reformar leyes que fomenten lo participativo, o sobre la regeneración de la vida ciudadana de abajo a arriba (mediante asambleas, economía alternativa, boicot a las multinacionales, autoempleo…).

Se trata, además, de un movimiento que se ve con fuerzas y con razones para plantear la convocatoria de consultas electorales y huelgas generales, así como propuestas concretas que posibiliten una democracia efectiva.

Ahora bien, ¿por qué tratar de introducir leyes nuevas en un marco jurídico obsoleto, pudiendo crear nosotros el nuevo marco que contenga las propuestas que se vienen configurando? Creo que, puestos a cumplir nuestros sueños, es necesario tener en cuenta que esta oportunidad es única e irrepetible para intentar apuntar a lo más alto posible: abrir un debate en la sociedad sobre la oportunidad y la conveniencia de convocar una Asamblea Constituyente de cara a que la ciudadanía, de modo asambleario, abierto, participativo, y de abajo a arriba, elabore y apruebe una nueva Carta Magna, no para tomar el poder, sino para controlarlo y darle las normas por la que decidamos nuestra convivencia.

A estas alturas, parece evidente a poco que se analice, que la actual Constitución se ha vuelto obsoleta, y es un tapón en lugar de ser un cauce por donde una democracia debiera transitar.

Por una parte, no ha servido en sus décadas de existencia para evitar la especulación financiera y la inmobiliaria, ni para luchar contra que los partidos políticos sean bloques de poder en lugar de generadores de espacios de participación, ni para que el poder judicial carezca de la más elemental independencia, ni para que los 8 millones de pobres que siempre ha habido en España ya no sean 9, y un millón más que está en riesgo de entrar en esta categoría.

Ni para que las fuerzas de seguridad del Estado no luchen de modo efectivo contra sus propios excesos ante las manifestaciones; o contra las torturas, a veces presuntas, a menudo constatadas.

Ni para que el ejército, bajo la excusa del humanitarismo, no se haya integrado en guerras cuyo móvil real es el robo de los recursos energéticos pertenecientes a los países atacados.

La Constitución no ha sido un freno para todas estas prácticas antidemocráticas, sino que al contrario, ha sido el marco jurídico que lo ha posibilitado y el símbolo que moralmente lo ha legitimado.

Por otra parte, no se trata sólo de abusos permitidos por una interpretación forzada de la actual Carta Magna. Es justo reconocer que hasta nuestros días no ha habido interés, valor o lucidez para denunciar las deficiencias y abusos de su contenido, en el más técnico sentido de la palabra.

Entre estas carencias se encuentra el que el Jefe de Estado no sea electo, y que su cargo sea vitalicio y hereditario. Otra de ellas es el hecho de que al presidente del gobierno no lo elige el pueblo en elecciones, sino el Parlamento, quedando eliminada la separación de poderes entre el ejecutivo y el legislativo, algo básico para cualquier democracia decente.

Otras carencias son las listas cerradas (que convierten a la democracia en partitocracia), el valor desigual de los votos (generando un bipartidismo de facto), o el circo mediático alrededor de las elecciones, que diluye el análisis de los programas, y encarece unas campañas sólo asumibles por el poder financiero, verdadero beneficiario mediante los préstamos otorgados a tal fin.

Por estas cosas y otras muchas, se debe llevar a cabo la propuesta de debatir el abrir un Proceso Constituyente.

Por una parte, es un momento único e irrepetible: nunca volverá a haber un movimiento social con esta capacidad de convocatoria y apoyos; con esta facilidad para crear asambleas, y para posibilitar e implementar esta conciencia de regeneración ante lo que llaman democracia y no lo es.

Por otra parte, el contenido de la nueva Carta Magna a debatir y redactar, incluiría todas aquellas propuestas que poco a poco se van configurando y que parecen gozar del apoyo de la población. De un modo no exhaustivo, me permito ofrecer algunas de ellas a incluir en la hipotética nueva constitución, de entre las que están circulando por la opinión pública cercana o sensible al movimiento del 15 M, incluyendo alguna propia.

Propuestas políticas:

-Efectiva separación de poderes: independencia del poder judicial, y sendas elecciones directas tanto para el ejecutivo como para el legislativo.

-Democracia participativa: no sólo mediante referenda de carácter vinculantes, sino impulsando la creación de asambleas de barrio a lo largo de todo el país con atribuciones ejecutivas.

-Jefatura de Estado electiva y temporal.

-Fiscalización de la clase política y persecución de la corrupción.

-Transformación de los partidos políticos en cauces de participación y no en estructuras de poder; convertir las campañas electorales en debates de los respectivos programas, penalizando los shows circenses, prohibiendo unos créditos innecesarios para unas campañas que pasarían a ser debates, charlas y documentos, subvencionadas por el Estado de modo equitativo.

-Listas abiertas, igualdad de voto y prohibición de ocupar un cargo electo quien no haya sido el más votado.

-Garantizar la libertad de expresión, defendiéndola no sólo del poder político, sino del empresarial, mediante leyes que obliguen a la rigurosidad, la documentación, etc, penalizando la notoria mentira, y exigiendo la comparecencia ante tribunales profesionales para garantizar la veracidad de noticias y editoriales.

Propuestas económicas:

-Aumentar la tasa impositiva de las rentas altas y muy altas.

-Legislación que fomente y obligue a la lucha integral contra la pobreza y la extrema pobreza.

-Marco jurídico que obligue a combatir la especulación inmobiliaria e implemente la socialización de los inmuebles no habitados.

-Banca pública, de modo que, como la sanidad y la enseñanza, sea un servicio y no un negocio.

-Renta básica universal.

-Penalizar a las multinacionales españolas que expolian a los países subdesarrollados.

-Aumentar y garantizar las pensiones y las prestaciones a los desempleados.

-Fomentar una economía mixta, así como la intervención del Estado al anteponer el interés público a la iniciativa privada que, cumpliendo su función social, sería respetada.

Puede ser que entonces ya por fin pasemos de la revuelta a la revolución; de la queja a la propuesta; de la indignación a la creatividad. También podría ser que dejemos pasar esta gran oportunidad.

Ahora o nunca. ¿Cuándo volveremos a tener a la mayoría de la opinión pública a favor? ¿Cuándo la gente volverá a estar dispuesta a participar en asambleas, a debatir y a actuar? ¿Cuándo se podrán volver a llenar las calles con decenas de miles de indignados, pero en actitud pacífica y relajada? ¿Cuándo se volverá a proponer referenda, huelgas generales o marchas a pié cruzando el país?

¿Cuándo los sociólogos volverán a hablar de otro movimiento social que “sea imparable”, que “vaya a influir en los resultados electorales” o que vayan a obligar a los políticos a “incluir algunas de sus ideas en sus programas electorales” (según el sociólogo Lorenzo Navarrete y el antropólogo Manuel Mandiales)?

Naturalmente que todo tiene su riesgo. De no haber sido asumido puede que aún fuésemos siervos de la gleba como en pleno feudalismo. Pero en su momento, otros decidieron mirar hacia adelante. Hoy la historia les reconoce su valentía. No permitamos que leguemos a los que vengan detrás un ejemplo de cobardía. Como dice el cantautor argentino Facundo Cabral: “quien no está dispuesto a jugárselo absolutamente todo, no merece lograr absolutamente nada”.

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