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Defender la familia: ¿en qué? -- José María Castillo, teólogo

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El papa y los obispos no dejan de insistir en su preocupación constante por defender y proteger la familia. La familia cristiana, que es la familia tradicional, la que, según la doctrina de la Iglesia, tiene que ser necesariamente la familia compuesta por una pareja heterosexual, unida hasta que la muerte los separe y con la firme decisión de aceptar todos los hijos que Dios les mande. Por tanto, ni hablar de control de la natalidad, a no ser que eso se haga mediante la abstinencia sexual más rigurosa y ortodoxa.

Y, por supuesto, en ese grupo humano, que es la familia así entendida, todos queriéndose mucho, soportándose lo que sea necesario, y viviendo felices. Es el modelo de familia que hemos visto por la tele en las grandes concentraciones que organiza el cardenal Rouco en Madrid, cuando el papá y la mamá suben al altar, con cuatro, cinco o seis hijos, para «hacer la lectura», pero también (y de camino) para que «la gente se entere» de cómo tiene que ser una familia «como Dios manda».

Pues bien, estando así las cosas, lo primero que yo les preguntaría a los obsipos es si ellos están seguros de que ese modelo de familia, y solamente ése, es el que Dios quiere. Digo esto porque, por supuesto, los obispos afirman que, en el modelo de familia que ellos defienden, todos los miembros de la familia tienen la misma dignidad y los mismos derechos.

Pero los mismos obispos, que dicen eso, saben perfectamente que, en la práctica, las cosas no funcionan así. Porque es muy frecuente que, en muchísimas familias, el hombre goza de derechos y privilegios de los que no puede gozar la mujer. Por ejemplo, es de sobra sabido que los derechos laborales y económicos del marido no suelen ser los mismos que los de la esposa. Y, sin embargo, de este asunto tan fundamental en la vida, los obispos hablan poco.

O en todo caso, no insisten en este asunto con la misma frecuencia y la misma fuerza con que machaconamente insisten en el problema del aborto, por poner un ejemplo. Y no deberíamos olvidar que una de las causas, que acentúan la violencia machista de los hombres contra las mujeres, es precisamente la desigualdad de facto, que laboralmente y económicamente tienen que soportar tantas mujeres. Son muchas las mujeres que no se separan de sus maridos porque, si se separan, no tienen de qué comer o no saben dónde ni cómo van a vivir.

Con un agravante: una mujer, que tiene que criar a cuatro o más hijos, difícilmente puede tener un trabajo estable y ganarse ella un sueldo. El ideal de mujer, que los obispos proponen (sin decirlo así) es el ama de casa, la mujer que de la «triple K», como decían antiguamente los alemanes: Kinder (niños), Küche (cocina), Kirche (iglesia), las tres tareas a las que las muejeres deben dedicarse. Esta dedicación de la mujer y sus consecuencias, un asunto tan serio y de tan serias consecuencias, no se suele analizar en los documentos episcopales. Ni los obispos imponen, para estos temas, los castigos y excomuniones que imponen cuando hablan del aborto o de la homsexualidad, por ejemplo.

Y otro tema importante: ¿qué tipo de vivienda necesita un matrimonio que, desde el día de su boda, tienen que pensar en la probabilidad de que van a tener cinco, seis, siete o más hijos? Tal como hoy está el problema de la vivienda (y el problema de los colegios), ¿es razonable exigir a todo el mundo y sin disntinciones que tienen que aceptar todos los hijos que «Dios les mande»? ¿están seguros los obispos de que eso es lo que Dios quiere y exige en los tiempos que corren y tal como está la economía, las hipotecas y todo lo relacionado con esos asuntos?

Qu el problema del aborto es un problema, nadie lo duda. Que el divorcio es también un problema serio, nadie lo pone en cuestión. Que la homosexualidad es asunto muy delicado y muy discutido, es cosa que todos sabemos. Pero, sea cual sea la postura que cada cual tenga sobre estas cosas, mi pregunta es por qué los obispos insisten tanto en unos temas, que afectan seriamente a la familia, y se callan otros, que son también asuntos muy graves para cualquier ser humano y para cualquier familia.

Es notable esto: según los evangelios, Jesús fue muy crítico con la familia, hasta el punto de hablar de enfrentamientos, divisiones, odios y muertes, porque él habia venido a traer todo eso (Mt 10, 34-38; Lc 12, 51-53; 14, 26-27, etc). Se sabe que la familia judía del tiempo de Jesús era el modelo de familia patriarcal, en la que el padre y patriarca tenía todos los derechos, de forma que la mujer y los hijos era algo así como propiedad del padre (J. Jeremias).

Esto explica por qué Jesús es tan crítico con la institución familiar. ¿Y por qué nuestros obispos no hablan como hablaba Jesús, siendo así que ahora se dan situaciones que son tan violentas y humillantes como las que se daban en el s. I? Es más, en los siglos siguientes, cuando la Iglesia se instaló en el Imperio romano, la Iglesia no tenía una dereho eclesiástico para la familia, que se regía por el derecho común a todos los ciudadanos del Imperio. Pues bien, como ha estudiado uno los mejores conocedores de este asunto, Pierre Grimal, «uno de los caracteres más duraderos del derecho romano, aquel del que se han derivado mayores consecuencias, es sin duda la posición privilegiada que se atribuye al jefe de gens, al pater familias: sólo él es plenamente responsable, plenamente propietario, plenamente apto para obrar en justicia…, en el interior de la familia, ni el hijo ni la mujer poseen primitivamente ningún derecho, ninguna personalidad jurídica».

Pues bien, es notable saber que san Isidoro de Sevilla, en el Concilio Hispalense II (año 619), invocaba este derecho romano como la lex mundialis, que se identificaba con el Breviario de Alarico. Es verdad que el concilio de Sevilla se refería a los derechos de unas iglesias sobre otras. Pero también es cierto que no hacen excepción en cuanto a la universidad del derecho romano. Más aún, en torno al año 850, Benedetto Levita hace una profesión de fe en la universalidad del derecho romano: «La ley romana es la madre de todas las leyes». Así pensaba la Iglesia del primer milenio. ¿Por qué hoy se piensa de manera tan distinta? ¿Qué intereses inconfesables había entonces, y hay ahora, para pensar y hablar de maneras tan distintas? Habría que preguntar esto en la Curia Vaticana. Y en cada curia episcopal.

Hay que defender a la familia. Pero seamos consecuentes. Si es que la defendemos, se la defiende en todo, no sólo en aquellas cuestiones que nos convienen, por el motivo que sea y por más que se invoquen todos los derechos de la tierra y del cielo.

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