Cuaresma y Salamanca III. El vértigo del pináculo: cuando la religión olvida el Evangelio y se arroja al vacío -- Evaristo Villar

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Imagina la escena. El sol del mediodía golpea las piedras blancas del Templo de Jerusalén. Abajo, en el patio de los gentiles, el bullicio de los mercaderes y el balido de las ovejas para el sacrificio crean una cacofonía de lo sagrado y lo profano.

Pero arriba, en el pináculo, el aire es otro. Es un aire delgado, vertiginoso, el aire del poder y del espectáculo. Desde esa altura, todo se ve pequeño, manejable. Es la posición del que domina, del que puede lanzarse y ser atrapado por ángeles ante el asombro de las masas. Es la posición desde la que se puede poseer «todos los reinos del mundo y su gloria» sin pasar por la cruz.

Esa es la tercera tentación, la más sutil, la que no ofrece piedras sino fama, y no pide sólo un acto de poder, sino una adhesión: «si postrado me adoras». Es la tentación que Dostoyevski, siglos después, vería encarnada en el Gran Inquisidor.

1. El Evangelio frente al espejo del poder: el gran inquisidor
Para entender esta tentación en su profundidad, debemos acompañar a Dostoyevski en su Leyenda del Gran Inquisidor. En la Sevilla del siglo XVI, en el momento más álgido de la Inquisición, Cristo decide volver a la Tierra. Camina entre la multitud, cura a un niño ciego y resucita a una niña muerta. El pueblo lo reconoce, llora, se arrodilla. Pero entonces aparece el nonagenario Gran Inquisidor. No se arrodilla. Ordena a sus guardias que lo apresen.

En la celda, el Inquisidor interroga a un Cristo que permanece en silencio. Su discurso es la acusación más feroz jamás escrita contra una Iglesia que ha traicionado a su fundador. El Inquisidor le reprocha a Cristo haber rechazado las tres tentaciones del desierto, precisamente. «Tú no quisiste someter al hombre por el milagro», le dice. «Buscabas un amor libre, no el entusiasmo servil del esclavo ante el poder que le infunde miedo».

Pero el Inquisidor sabe que los hombres son débiles, que la libertad es una carga demasiado pesada. Por eso la Iglesia ha tenido que corregir la obra del fundador: ha aceptado las tentaciones que él rechazó. Ofrece pan (seguridad material), misterio (magia y espectáculo) y autoridad (poder imperial). A cambio, quita la libertad. La religión se convierte así en el opio del pueblo, en un providencialismo que adormece, en un mesianismo aparatoso que sobrecoge pero que no libera. El Evangelio, en cambio, iba por otro camino: liberar el pan de la usura, la religión de la magia y la autoridad de la púrpura del César.

2. La corrección necesaria: la aportación de la Escuela de Salamanca
Frente a esta deriva, que identifica el Reino de Dios con el poder terrenal y la riqueza, surge en el siglo XVI un faro de lucidez: la Escuela de Salamanca. Liderada por teólogos y juristas dominicos como Francisco de Vitoria, y continuada por pensadores como Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta o Luis de Molina, esta escuela supuso una auténtica «vuelta al Evangelio» en el ámbito económico y social, glosando la doctrina tomista pero aplicándola a los nuevos problemas de su tiempo.

Su gran aportación fue liberar el pan de la usura y el mercantilismo. En un contexto de expansión comercial y dudas sobre la moralidad de los intercambios, los salmantinos no se refugiaron en un espiritualismo evasivo. Analizaron la realidad con las herramientas de la razón y la fe para establecer criterios de justicia. Establecieron que el «precio justo» no era el impuesto por el poder del monopolio y la usura sino el valor de las cosas y el libre y necesario intercambio. Esto no era un capitalismo salvaje, sino un profundo respeto por la libertad y la dignidad de las personas como sujetos económicos.

No demonizaron la riqueza ni la actividad comercial, sino que buscaron someterla a la ley natural y a la moral, despojándola de aquello que esclaviza. Al hacerlo, liberaron la autoridad del imperialismo del César, negando que el emperador o el Papa tuvieran poder absoluto sobre los bienes o las conciencias de los pueblos, y defendiendo los derechos de los indígenas en América, a quienes reconocieron como verdaderos propietarios con plena dignidad humana. Fue un intento, desde la fe, de vacunar a la sociedad contra la tentación de un poder económico sin alma.

3. El eco en el silencio: la España vaciada
Esa tentación del «pan sin libertad», del providencialismo que espera todo del poder central, resuena de forma dramática en la realidad de la llamada «España vaciada». Cuando la tercera tentación se instala en la cultura, se genera una dinámica de centro y periferia donde todo lo valioso (el poder, la riqueza, la cultura, el futuro) se concentra en las grandes urbes, mientras que los territorios rurales quedan reducidos a la condición de «paisaje» o de reserva de recursos, vaciados de personas y de esperanza.

La realidad es cruda: municipios donde en las plazas ya no juegan niños, donde las casas se derrumban y los comercios desaparecen. Los obispos de la Provincia Eclesiástica Extremeña, en su reciente carta «Por amor a nuestro pueblo» denunciaban con dolor esta situación: «Nos sobrecoge la cantidad de casas semiderruidas o letreros que anuncian que están en venta… donde, no hace muchos años todavía, había bancos, panaderías, ultramarinos, zapaterías y otros comercios, apenas queda hoy rastro de actividad laboral o comercial» (26 de marzo del 2025), La pérdida de jóvenes es el síntoma más cruel de un vacío que no es solo demográfico, sino de sentido.

Es la tierra vista no como hogar y proyecto comunitario, sino como un solar del que hay que irse para «ser alguien». La España vaciada es el espejo de una tentación victoriosa: la de creer que la vida solo se encuentra en el centro del poder y el ruido, y no en la fidelidad cotidiana a una tierra y a un pueblo.

4. Un fantasma recorre el mundo: la tentación hoy en la Iglesia y la sociedad
La tercera tentación no es historia antigua. Su eco retumba con fuerza en el mundo y en la Iglesia de hoy.
En la Iglesia, reaparece cada vez que se busca el impacto mediático, el número de asistentes, el marketing religioso o la protección de la institución por encima de la verdad y la caridad.

Es la tentación de una autoridad que se impone desde el temor o el poder mundano, y no desde el servicio y el testimonio. Es la nostalgia de un tiempo en que la Iglesia tenía poder temporal, olvidando que su única fuerza es el Evangelio vivido en pobreza y humildad.

En el Mundo, la vemos en un provincialismo sin compromiso humano, donde se ofrecen soluciones mágicas a problemas complejos, desde promesas políticas vacías hasta líderes mesiánicos que prometen recuperar una grandeza perdida sin exigir sacrificio ni esfuerzo comunitario.

Es el fanatismo identitario que se impone a la búsqueda sincera del bien común. Es la caridad entendida como limosna que adormece conciencias, en lugar de luchar por la equidad y la justicia social que transforman estructuras. Es la espectacularidad de las fake news y la manipulación digital, donde lo que importa no es la verdad, sino el impacto emocional que genera adhesión. El mundo actual, sediento de certezas, sigue prefiriendo el pan seguro que da el Inquisidor a la libertad inquietante que ofrece el Evangelio.

Un final impactante: el beso silencioso
La Leyenda del Gran Inquisidor termina con un gesto desconcertante. El anciano, después de su larga noche de acusaciones, espera una respuesta de su prisionero. Cristo, en silencio, se acerca al Inquisidor y lo besa suavemente en sus pálidos labios. El nonagenario Inquisidor se estremece. Se acerca a la puerta de la celda, la abre y le dice: «Vete y no vuelvas más… no vuelvas nunca».

Ese beso es la respuesta del Evangelio a la tentación del poder. No es una idea, ni un programa político, ni un milagro aparatoso. Es la ternura que desarma. Frente a la lógica del pináculo, que exige dominio y admiración, el Evangelio opone la lógica del beso, que implica cercanía, entrega y vulnerabilidad. Frente a la religión que esclaviza con promesas de pan y seguridad, Cristo ofrece la libertad de un amor que no se impone.

Hoy, la pregunta para la Iglesia y para el mundo no es si seremos capaces de desarmar las guerras y construir estructuras más justas y eficaces. La pregunta es si tendremos la valentía de abandonar el pináculo, bajar al polvo del camino, y besar la humanidad herida. Porque al final no será el estruendo de los milagros ni la arquitectura del poder lo que salve la historia, sino la fidelidad concreta al ser humano concreto.

El juicio decisivo no se hará desde los balcones del templo, sino desde las heridas del prójimo. Y allí, donde no cuentan las púrpuras ni los imperios, solo permanecerá en pie lo que haya sido honestidad y amor verdadero.