Enviado a la página web de Redes Cristianas
Comenzamos la Cuaresma golpeados por la tentación del desánimo y la angustia frente al desconcierto político global.
Nos preocupa e inquieta el rumbo que ha tomado este mundo: auge de movimientos racistas, xenófobos y aporofóbicos, discursos de odio hacia los inmigrantes, polarización social y política, incremento de la carrera armamentista que nos acerca al riesgo de un conflicto nuclear.
Dirigentes políticos y financieros prepotentes asentados en la codicia con pretensiones de dominar el mundo, idolatría del poder y del dinero, corrupción, utilización de la mentira con fake news a través de las redes sociales para controlar a las masas, violación de los derechos humanos y del derecho internacional, pérdida de valores éticos y destrucción de la Naturaleza nuestra casa común…
Nos duele el sufrimiento de la humanidad, la pobreza extrema, el hambre de mucha gente, la espiral de violencia, el criminal genocidio en Palestina (Gaza y Cisjordania), las guerras en Sudán, Líbano, Siria, Ucrania, Etiopía, El Congo y el riesgo un enfrenamiento bélico de Estados Unidos con Irán…La muerte de migrantes en los desiertos y en los mares. Nos duele el sufrimiento de tanta gente inocente, sobre todo niños y niñas, mientras otros, los Herodes de hoy, que todos conocemos, se sienten dueños de las vidas humanas y de las riquezas del Planeta.
Esta situación nos estremece y nos lleva a interrogarnos ¿dónde está Dios? Jesús sufrió estas mismas tentaciones “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”, gritó desde la Cruz. Pero en medio de ellas vivió con una infinita confianza en el Padre. “En tus manos pongo mi espíritu”. Situación semejante vivieron las comunidades cristianas de finales del siglo primero. Juan, desterrado en la isla de Patmos, siente la Revelación de Cristo resucitado infundiendo consuelo, esperanza, resistencia y fortaleza, que es el mensaje central del Apocalipsis.
Como Juan en el destierro de Patmos, también nosotros, en el silencio de la oscuridad tratamos de escuchar a Jesús resucitado. Nos proponemos no angustiarnos por la situación que nos envuelve. Todo pasa. Solo Dios permanece. “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”, decía Santa Teresa. Nos abandonamos en sus manos.
Vivimos en su corazón. Somos una gotita de agua en el océano infinito de Dios. Somos parte de Dios. Confiamos plenamente en Él, tanto más cuanto más afligidos y débiles nos sintamos. Él nos acepta y nos ama como somos. Ama a este mundo. “Tanto amó Dios al mundo…” (Jn 3,16-17). Envió a su Hijo para darnos vida, vida en plenitud. Y Jesús nos dejó la misión de construir un mundo nuevo de amor donde haya vida digna para todos los seres humanos.
Dios no nos mira como un juez sino como un Padre y Madre compasivo y misericordioso. Acoge a esta humanidad con compasión y misericordia. Dios todo lo hace nuevo. Este mundo cambiará. Tal vez, algo tendrá que suceder para que esta humanidad vuelva a renacer. Por eso, en medio de nuestra pequeñez y de los pecados de este mundo, tenemos la esperanza de que la luz brillará tras la oscuridad.
En medio de los discursos de odio al diferente, en medio del sufrimiento provocado por las guerras, en medio de las lágrimas, en medio del caos, en medio de la oscuridad, en medio de nuestras debilidades, viviremos en paz, sin que la realidad que nos rodea nos altere, porque el Espíritu de Dios tiene la última palabra sobre los destinos de la historia. Dios no puede fracasar. Su amor es infinitamente más poderoso que nuestros errores.
Por eso seguimos soñando en una nueva humanidad haciendo lo poco que podamos, comprometiéndonos en la medida de nuestras posibilidades en la defensa y servicio de los más vulnerables y en la lucha por un mundo de paz y fraternidad. Y, por encima de todo, viviremos con una actitud de pleno abandono y confianza en Dios y de profunda adoración. En medio de las tinieblas de la noche brilla en el horizonte la luz de la resurrección del Nazareno, que es el Cristo cósmico, razón de nuestra esperanza.

