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Comunicado de Redes Cristianas ante el 5º aniversario de la invasión de Irak (15 de marzo)

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El próximo sábado, 15 de marzo, se cumplen cinco años de la invasión y ocupación de Irak. Se cumplen asimismo cinco años del grito de “No a la guerra” de millones de personas en el mundo entero. De nuevo este 15 de marzo de 2008 se conmemorará con manifestaciones en muchas ciudades del planeta.

La ocupación y la guerra continúan hoy en Iraq con la misma brutalidad que en el momento de la invasión. Los últimos informes hablan de un millón de muertos y cinco millones de refugiados y desplazados; el 43 % de la población viven en la extrema pobreza; el 70 % no tiene trabajo; el agua potable llega sólo al 30 %; la electricidad llega dos horas al día; la malnutrición infantil alcanza a más de la mitad de la población; 2000 médicos han sido asesinados y la mitad de los 34.000 registrados en 2003 han abandonado el país; 300 profesores universitarios han sido asesinados. Y esto en una población que había alcanzado una renta per cápita alta y se habían reconocido internacionalmente la calidad de sus servicios en sanidad y educación. Se trata de un genocidio cuya responsabilidad recae directamente sobre los que, mintiendo, provocaron la invasión por razones bastardas, y sobre todo el mundo occidental en general que no supo o no quiso frenarla.

En este 15 de marzo nuestro recuerdo se dirige también hacia los sufrimientos de otros pueblos que sufren la violencia de las armas: Afganistán, Líbano, Sudan, Colombia y tantos otros. Pero queremos que nuestro recuerdo de hermanos se dirija hoy especialmente hacia el pueblo mártir de Palestina, víctima durante décadas de la insultante agresión israelí y escenario en este mismo momento del criminal asedio y masacres en la población de Gaza. Queremos que nuestro grito, tan solitario frente al silencio cómplice de los gobiernos, sea también una expresión de solidaridad con ellos.

Como ciudadanos nos sumamos a las movilizaciones que van a llevarse a cabo en este fin de semana contra la guerra. Hacemos nuestros los deseos de Paz de tantos grupos, organizaciones de signos diferentes que desde la sociedad civil, impulsados por los valores de la justicia y derechos humanos, a través de sus Declaraciones y especialmente con las manifestaciones proclamaran su más contundente rechazo a la violencia y su condena a los gobiernos y organismos internacionales que por activa o por pasiva la promueven o callan. Denunciamos asimismo el innecesario gasto militar en el mundo y las alianzas y las distintas formas de cooperación o alineamiento con la lógica militar.

La Paz está en el corazón mismo de la Fe en Jesús.

Como creyentes, además, en nuestro mundo convulso y en el momento en el que posiblemente está en juego la vida o la muerte de centenares de miles de personas queremos poder confesar la Fe en Jesús como Señor y Príncipe de la Paz. Sabemos que el Reino de Dios es también Reino de Paz. La Paz, los pobres y las víctimas están en el centro mismo del misterio del Jesús pobre y pacífico. En el manifiesto cristiano por excelencia, al lado de los pobres, de los que lloran, de los bienaventurados porque pasan hambre y sed y por eso son poseedores del Reino, Jesús pone a los «constructores de la Paz”, porque Dios los nombrará hijos suyos. Cristo, la víctima, pobre y pacífico, es al mismo tiempo la Paz y en la Paz se expresa la totalidad de su misterio «os dejo la Paz, os doy mi Paz”.

Pero la Paz verdadera sólo puede ser fruto de la justicia. Y los pobres saben que sólo en una Paz justa y vivida en Justicia pueden tener esperanza para vivir en dignidad. No es posible ya esconder que el principal motivo de la guerra es el saqueo, el robo de las riquezas a los pobres. Los que declaran la guerra contra un pueblo acostumbran a ser los mismos que antes les han matado privándolos de sus riquezas, con el expolio de la deuda, con bloqueos, con los aranceles, impidiendo importar medicinas y ahora quieren matarlos una segunda vez con las armas.

Por eso hacemos de la Paz y la justicia el lugar supremo de la confesión de la Fe. La Paz, igual que el hambre, no pueden mirarse sólo bajo el frío prisma de estadísticas. Tanto la Paz como la guerra tienen rostros. Y en cada rostro concreto de sufrimiento injusto del inocente masacrado descubrimos el rostro de Jesús. Y por eso también, ante el trabajo por la Paz no podemos actuar teniendo en consideración oportunidades políticas o prudencias sino sólo el sentimiento profético y de denuncia. Sólo desde este sentimiento de indignación y cercanía al pobre podremos confesar el misterio desarmado de la Palabra de Dios.

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