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Clelia y su marido, el obispo -- Mª Ángeles López Romero

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«De un obispo obediente salió un profeta y padre de mis seis hijas»
Clelia Luro, la viuda del que fuera obispo de Avellaneda (Argentina), Jerónimo Podestá, reconstruye la vida de este pastor entregado a los más pobres a base de sus cartas, escritos y conferencias. Es lo que ella llama «una autobiografía post mortem».

Andaba Clelia a sus 85 años rompiendo papeles cuando alguien la conminó a dejar de hacerlo.
–No rompas ni un papel porque el día que te mueras te van a querer estudiar.
–¿Quién me va a querer estudiar a mí? –preguntó ella.
–La Iglesia, Clelia, porque ustedes ya son historia.

Clelia Luro tiene mucho que contar del devenir de Argentina y de la Iglesia católica allí, efectivamente. Pero esta vez ha preferido callar para dar voz a su amado y admirado Jerónimo, el obispo Podestá, ya fallecido, con quien se casó tras ser su más fiel colaboradora y tuvo seis hijas.
Los archivos de manuscritos dejados por Jerónimo Podestá son ingentes. Y de ellos ha ido extrayendo Clelia con sumo cuidado aquellos textos que componían un ajustado retrato del obispo que se sintió feliz siendo «un hombre ente los hombres», como reza el título de este libro y como confesara un día a su mujer. Por eso su viuda lo denomina una autobiografía post mortem. «Yo sólo intervengo en tres o cuatro ocasiones en todo el libro. Todo lo demás sale de la boca de Jerónimo».

Clelia, presidenta de Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados y sus Esposas, ha estado estos días en Madrid, de la mano de la Fundación Proconcil, para presentar este libro que edita Ediciones Fabro. Y se ha sentido libre para contar, recordar y opinar. Libre y joven, pese a sus 85 años, pues asegura tener «40 en mis neuronas y mi espíritu». Habrían pasado entonces sólo dos años desde que unió su vida al obispo Podestá. «Yo tenía 38, era linda y revolucionaria. Son tres provocaciones», bromea. Aunque reconoce que la acusación recibida de que ella le influía «era verdad».

Lo cierto es que Jerónimo Podestá decidió apostar, en palabras de Emilia Robles, de Proconcil, «por una Iglesia comprometida con el mundo». Tras intervenir en el Concilio Vaticano II, se dedicó a predicar sobre la encíclica «Populorum progressio» corriendo graves riesgos, pues Argentina vivía la época negra de la dictadura militar. Y fueron los militares los que pidieron al nuncio que «sacara a ese obispo y lo hiciera callar». Así fue como Podestá se convirtió en un obispo sin diócesis «y empezó a caminar por el mundo».

Un día, cuenta Clelia, les visitó Helder Cámara. «Nos cogió las manos y dijo: ‘Ustedes tienen un camino que recorrer juntos'». En 1972 se casaban.
Hoy, once años después de su muerte, la Clelia viuda quiere que este libro no muera al nacer, sino que sea una explosión. Y cuenta cómo Jerónimo era un hombre de esperanza que, «si hoy viviera, estaría militando en la avanzada de una lucha no violenta pero activa».

Reclama esta mujer valiente y enamorada que el mundo espera hoy «palabras nuevas. Hay demasiados silencios». E igual que su amado Jerónimo echaba en falta en su día un mayor ejercicio de la colegialidad episcopal, ella reconoce que «querría que los obispos estuvieran más al servicio del evangelio que de la obediencia debida». No pierde la esperanza.

Clelia grabó multitud de conversaciones con su marido para que sus palabras no se las llevara el viento. Hoy algunas de ellas ven la luz en forma de libro. «Hay personas y circunstancias de la Iglesia que no deberían perderse. Es imposible plantear ningún proceso conciliar sin poder contar esa otra historia», afirma Emilia Robles. Y Clelia sigue rejuveneciendo sus neuronas entre papeles. Como esa carta de 30 folios escrita en letra pequeñita por las dos caras que Jerónimo escribió a su mujer y una de sus hijas transcribe hoy a base de emplear una lupa.

Cuando en cierta ocasión, en Sevilla, Jesús Quintero lo entrevistaba ante la atenta mirada de ella, el periodista le preguntó, «Clelia, ¿de qué se ríe?». Y ella contestó: «De que éstos son los púlpitos que le quitaron pero más libres y llegan a más gente».

Aquel hombre del que dicen que fue valiente, comprometido con los pobres, testigo de la urgencia de un mundo distinto, «hoy estaría feliz», sentencia Clelia con una dulce sonrisa.
«Todavía vemos por el camino su estampa cogidos de la mano adelantando el futuro», afirma alguien que los conoció y no podrá olvidarlos.

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