Ciegos que guían a otros ciegos

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«Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mateo 15,14).

Pocas imágenes empleadas por Jesús han conservado tanta fuerza crítica como ésta. No era una descalificación personal, sino una denuncia espiritual. Jesús se dirigía a aquellos dirigentes religiosos que, convencidos de poseer la verdad, habían perdido de vista la finalidad de la religión: acercar al ser humano a Dios mediante la justicia, la misericordia y el amor al prójimo.

Los fariseos y doctores de la Ley conocían las Escrituras, discutían sobre normas y tradiciones, vigilaban la pureza ritual y la correcta observancia de los preceptos. Sin embargo, según los Evangelios, fueron incapaces de reconocer la novedad del mensaje que tenían delante. Habían absolutizado los medios y olvidado el fin. La ley había sustituido a la compasión; el ritual, a la vida; la institución, a la persona.

La pregunta incómoda es si aquella advertencia sigue teniendo vigencia para la Iglesia actual. Los primeros discípulos de Jesús no constituyeron una organización compleja ni una estructura clerical semejante a la que hoy conocemos. Eran comunidades sencillas reunidas en torno al recuerdo vivo del Maestro, a la fraternidad y al servicio mutuo. La autoridad nacía del testimonio y de la capacidad de servir, no de la pertenencia a una categoría separada del resto de los creyentes.

Sin embargo, la historia fue llevando al cristianismo por caminos cada vez más institucionales. A medida que la Iglesia crecía y se integraba en las estructuras políticas y culturales del mundo antiguo, fue desarrollando doctrinas cada vez más elaboradas, formas cultuales más complejas y una jerarquía progresivamente diferenciada del conjunto de los fieles.

Nada de ello ocurrió necesariamente por mala fe. Los dogmas nacieron en muchos casos como intentos sinceros de expresar la experiencia cristiana. Las ceremonias ayudaron a transmitir la fe a generaciones enteras. La organización permitió mantener la cohesión de una comunidad extendida por continentes. Pero toda construcción humana corre el riesgo de olvidar su finalidad original.

La ceguera comienza cuando los instrumentos ocupan el lugar del mensaje. A lo largo de los siglos, la adhesión a determinadas formulaciones doctrinales llegó con frecuencia a considerarse más importante que la práctica efectiva de las bienaventuranzas. La ortodoxia desplazó a la ortopraxis. La preocupación por creer correctamente terminó eclipsando, en ocasiones, la exigencia de vivir conforme al espíritu del Evangelio.

Algo semejante ocurrió con el culto. Las devociones populares, la veneración de los santos, las manifestaciones marianas y la riqueza ceremonial han proporcionado consuelo y sentido religioso a millones de creyentes. Sin embargo, también cabe preguntarse si algunas de estas expresiones no han terminado ocupando un espacio desproporcionado respecto al núcleo de la enseñanza de Jesús. Cuando la emoción religiosa se concentra más en imágenes, procesiones o promesas devocionales que en la práctica de la misericordia, existe el riesgo de confundir los medios con el fin. El Nazareno que llamó a amar al enemigo y a compartir el pan con el hambriento queda entonces relegado a un segundo plano.

Jesús no dejó un tratado dogmático ni diseñó una compleja arquitectura litúrgica. Tampoco instituyó una casta religiosa separada del resto de sus seguidores. Por el contrario, lavó los pies a sus discípulos y les advirtió: «El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos». La única jerarquía explícitamente reconocida en el Evangelio es la del servicio.

Sin embargo, la evolución histórica condujo a la consolidación de un sistema clerical en el que la capacidad de enseñar, gobernar y presidir la vida comunitaria quedó concentrada en una minoría. Poco a poco se fue estableciendo una distancia creciente entre quienes ejercían la autoridad y quienes la recibían. La comunidad dejó de ser sujeto activo para convertirse principalmente en destinataria de decisiones tomadas desde arriba.

Esta dinámica generó además otro fenómeno preocupante: la infantilización teológica de amplios sectores del laicado. Durante siglos, el acceso directo a las Escrituras fue limitado y la formación religiosa se redujo con frecuencia a la memorización de doctrinas, prácticas devocionales y obligaciones morales. Incluso hoy, en muchas comunidades, la catequesis sigue orientada principalmente a la recepción de sacramentos más que al conocimiento profundo del mensaje evangélico. Una comunidad que no reflexiona críticamente sobre su fe depende inevitablemente de quienes interpretan por ella.

Pero la ceguera no es únicamente doctrinal o cultual. También puede ser moral. La historia muestra numerosos momentos en los que la Iglesia ha acumulado riqueza, privilegios y poder social en abierta tensión con el ideal evangélico de pobreza y desprendimiento. Las controversias recientes sobre el patrimonio eclesiástico o las inmatriculaciones en España son sólo un episodio más de una cuestión mucho más antigua: la dificultad de una institución poderosa para encarnar plenamente el ejemplo de aquel predicador itinerante que afirmaba no tener dónde reclinar la cabeza.

Cuando la conservación del patrimonio ocupa más energías que la atención a los empobrecidos; cuando el mantenimiento de estructuras se vuelve prioritario frente al servicio; cuando la defensa de la autoridad institucional prevalece sobre la búsqueda sincera de la verdad, los guías comienzan a perder la visión.

Y el hoyo del que hablaba Jesús no es otro que la irrelevancia espiritual. Porque el criterio definitivo del Evangelio no será la precisión doctrinal, la solemnidad litúrgica ni la magnitud de las estructuras eclesiásticas. Según el propio Jesús, la medida será mucho más sencilla: «Tuve hambre y me disteis de comer; fui forastero y me acogisteis». El juicio se realizará sobre el amor hecho obra.

Quizá la gran reforma pendiente no consista en modernizar ceremonias ni en adaptar discursos, sino en recuperar la mirada original. Volver a colocar en el centro aquello que Jesús colocó en el centro: la dignidad de la persona, la fraternidad universal y el servicio a los más vulnerables.

Sólo una Iglesia capaz de desprenderse de las cegueras acumuladas por la historia podrá volver a ser luz para el mundo. De lo contrario, seguirá reproduciendo la tragedia que denunció el profeta de Galilea: la de unos ciegos empeñados en guiar a otros ciegos.