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Carmen Vidal, veterinaria en la República Democrática de Congo: «¡Qué buen profesor de francés ha tenido este pez!»

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La Vanguardia

Lleva 16 años trabajando con simios en África, los cinco últimos en RD Congo, con la oenegé Coopera, en un proyecto que une conservación y desarrollo en Lwiro, junto al parque nacional, uno de los puntos más conflictivos a causa de sus riquezas minerales. «La idea es implicar a la población en la conservación, que deje de comerse a los chimpancés, que entienda que su magnífico parque le permitirá, cuando reine la paz, vivir del ecoturismo, para lo que la formamos, y ayudamos a desarrollar zonas de cultivo, crear y conservar granjas de animales».

Posibilidades para una gente que lleva más de diez años en una guerra en la que ya han muerto cinco millones de personas. «¡Ojalá se acabara el coltán!».

Llegó usted a un país en guerra para salvar primates?

El día que llegué, los ruandeses de las fuerzas congoleñas desertaban para unirse al general rebelde Laurent Nkunda.
Eso significa matanzas.
No cejaron en toda la noche e intentaron entrar en mi habitación. Fue la peor y más solitaria noche de mi vida.

¿La evacuaron?

En cuanto amaneció, cogí una moto para ir a la ciudad más cercana. Tardé tres horas; había cadáveres y caos por todas partes.

¿Y aun así volvió?

Sí, cuando me dijeron que todo estaba más o menos tranquilo, volví a mi casa, sin techo, en la que llovía dentro. Lo pasé mal.

¿Es usted masoquista?
Estaba sola. Hasta al cabo de un año no vino nadie a ayudarme con el proyecto. Las personas que estuvieron antes que yo habían abandonado. Era muy difícil resistir, pero los grandes simios son mi pasión.

¿Se ha relacionado con otros blancos?
Los expatriados que trabajan en oenegés están lejos y llevan una vida de un nivel mucho mas alto que el mío.

¿Y cómo ha aguantado?
Escribir lo que vivía era mi desahogo.

Pues cuénteme.
En una guerra la gente es muy insolidaria; no te puedes fiar de nadie. Mi diario es una crónica de cómo va desarrollándose el sentido de la autoprotección.

Eso no es muy halagüeño.
Levantas una barrera para que no te afecte ver muertos, ni que los hijos de tus trabajadores carezcan de atención sanitaria, educación y trabajen como mulas. Al principio me implicaba, luego reculé porque estaba tan expuesta a todo que no podía soportarlo.

¿Ha hallado el punto medio?
Mi casa está abierta; mi coche, a disposición de cualquier urgencia, pero no me implico en problemas que no puedo resolver.

¿Demasiados?
El nivel de corrupción es inimaginable y afecta a todo. El Gobierno no paga sueldos ni a funcionarios, ni a médicos, ni a maestros: obtienen el dinero de la corrupción.

¿Cómo lo resuelve usted?
Plantándome, a no ser que se trate de un quid pro quo. Por ejemplo, hay un coronel tutsi que viene a casa a coger bidones de gasolina. He de dárselos para que no me mate.

¡…!
O entras en el juego o te marchas. Yo procuro que todos los bandos saquen beneficio de que esté allí. Trabajo junto al parque nacional, el lugar más rico en coltán del mundo, mineral necesario para los ordenadores, móviles, satélites, videojuegos, armas…

Su explotación lleva causando guerras desde hace treinta años.

Ruanda (el país vecino –que no tiene coltán– es su mayor exportador) oficialmente no está en guerra con Congo, pero sí lo está.

¿Y ese es su día a día?
El choque de las fuerzas congoleñas con los soldados tutsis. Y una población hastiada y desencantada de la ONU. En septiembre los llamé (están a 5 km) porque nos estaban atacando –mataron a 25 personas–, fue inútil. Muere gente a diario, roban, violan, se llevan a los niños para convertirlos en soldados, pero la ONU se mantiene al margen.

¿Cómo vive ese desencanto?
Ahora como ellos: el día que hay matanzas, pues no se sale; al día siguiente vuelve a ser normal y ayer no existió.

¿Es testigo de violaciones a diario?
Sí, los militares reclutan a hombres a dedo y se los llevan a otra región, y ahí donde van violan, unos y otros. A iniciativa de los 6.000 habitantes del pueblo formo parte de grupos de mujeres. Allí las compran con una dote y están al servicio del marido, trabajan el campo, le cocina y “le produce” hijos.

¿Y ellos qué hacen?
Son unos gandules y unos alcohólicos. Trabajan sus mujeres y los niños, y cuando están borrachos les pegan unas palizas tremendas que ellas tienen asumidas.

¿Qué importancia tienen los chimpancés en ese contexto?
Los congoleños no tienen catedrales ni museos, su riqueza es la natural y es de ella de donde pueden obtener un potencial económico a través del ecoturismo cuando el país se pacifique, como hacen Kenia, Tanzania, Ruanda y Uganda, que tienen mucha menos riqueza de fauna y flora que Kivu.

Allí están los gorilas de montaña.
Sí, en el norte es el único lugar del mundo donde se encuentran; y en Kivu Meridional, los bonobos. El turismo es un potencial increíble para el empoderamiento de la población.

¿Y para los congoleños qué representan gorilas y chimpancés?
Carne, comida. Les estamos dando cursos de estabulación para que críen vacas, cabras, ovejas; y cultiven heno. Desarrollamos un montón de proyectos en torno a la conservación del parque: alfabetización de adultos, informática, idiomas, mejora de los campos y cultivo de plantas medicinales.

Entiendo.

También tenemos el único cine de todo el territorio. Cuando vieron ‘Buscando a Nemo’, el maestro dijo: “¡Qué buen profesor de francés ha tenido este pez!”, para ellos los peces interpretan su papel como lo hace un actor.

¿Prefiere a simios que a humanos?
Sí. Somos muy parecidos, pero ellos saben perdonar, me asombra su ausencia de rencor, ¡con todo lo que les hemos hecho! Son más nobles, solidarios y saben compartir.

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