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El marco
La verdad es que me planteo si merecerá la pena este análisis, y sobre todo si es oportuno en unos momentos en que el país y el mundo giran a demasiadas revoluciones por segundo como para detenerse el observador en la minucia. Pero cada cual se desahoga a su manera. Y la mía, desde luego, es trasladar a la escritura lo que pienso de cada asunto que me viene a la mente por insignificante que sea…
El caso es que la época que nos ha tocado vivir, da para mucho. Diríase que vivimos simultáneamente varias vidas en planos distintos de la consciencia (que es, reconocerse uno a sí mismo y a su entorno y reflexionar sobre ello), a menudo a expensas de la conciencia (que atiende a la distinción entre el bien y el mal). Así, con independencia de los hechos sociales convulsos a que estamos asistiendo (mucho más confusos de lo que los dirigentes y los periodistas quieren hacernos ver), en cuanto a los registros psicológicos relacionados con «la máquina» vivimos paralelamente sumidos también en bastante confusión, pues la lógica tradicional se ha alterado de una manera significativa arrollada por la «lógica» informática. Y especialmente la lógica jurídica; ésa que acusamos mucho más quienes estamos familiarizados con ella en cuanto a superestructura, pues salvo la presunción de inocencia (y ya verán nuestros nietos cuánto dura, pues acabará siendo desplazada por la presunción de culpabilidad ante una imputación), en la llamada jurisdicción voluntaria (contratación) la posición de las partes contratantes se ha invertido respecto al Derecho precedente, de manera que no hacemos más que firmar y aceptar lo que, técnicamente se llaman contratos de adhesión. Es decir, por esta vía, el ciudadano se ha convertido en un pelele en manos de multinacionales tras no ser mucho más autónomo respecto a la banca, al Estado y a todas las instituciones…
Pero resulta que quien trate de evitar a la máquina (pues también es su opción) viviendo solo en el plano de la época anterior a las nuevas tecnologías, lo más probable es que viva demasiado alejado de la realidad de nuestra época, y ello sin evitar por ello más confusión que, al menos a quienes tenemos ya una edad, pueda producirnos el contacto con esa dimensión de hechuras mágicas.
Aún así, como toda adaptación a lo nuevo, el contacto va por fases más o menos inconscientes. Se observa que es frecuente en las edades más avanzadas, primero resistencia al móvil y a internet, luego resistencia a algunas de sus aplicaciones más útiles y luego, una vez aceptadas, resistencia a ciertas modalidades de uso de algunas de las aplicaciones. Pero poco a poco y más pronto que tarde, no hay quien no acabe atrapado por la nueva esfera mental ligada a las sucesivas utilidades que nos ofrece la tecnología y por las circunvalaciones que en ella hay que recorrer y sortear. Y eso produce múltiples efectos en la percepción del vivir cotidiano, en el comportamiento personal y en las relaciones interpersonales y sociales, obligándonos a menudo a reordenar el hacer y el quehacer hasta ayer acostumbrados. En realidad siempre ha sido así a medida que surgen inventos, nuevas tecnologías y más civilidad. Pero la vertiginosa acumulación de posibilidades que nos brindan las condiciones de la modernidad y la necesidad de combinar el manejo de todo eso con el «viejo» desenvolvimiento personal (que pese a la renuencia y el temor eventual inicial, acaba imponiéndose en nuestra vida cotidiana), marcan la distancia entre la época actual y las pasadas. Pues el hecho fenomenológico afecta a muchas cosas y de él se derivan diversos efectos. Usar o no el móvil y las tabletas, la internet y, dentro de ella, usar o no el correo electrónico y las redes sociales, tantear la manera de manejarlos; ver la televisión de forma pasiva, o simultanear la atención prestada a ella con la prestada al celular o a la tableta, etc, etc, todo, requieren decisiones personales que configuran la vida ordinaria y social en tres dimensiones: la real, la onírica y la virtual. Evidentemente algo bien distinto de lo registrado hasta ayer…
La atención y la inteligencia
De momento se ve palpablemente que la atención, cualidad y motor de la inteligencia, por motivos varios (concretos unas veces, indeterminados, otras) está llamada a perder gran parte del espacio que corresponde a otras capacidades del sistema nervioso. La atención se dispersa fácilmente como consecuencia del apego, aun involuntario, al artefacto y a sus usos. En poco tiempo todos nos hemos convertido en una suerte de empresario o de estudioso agobiados por responsabilidades; coartados o interrumpidos frecuentemente en su deseo de concentrarse en un determinado propósito o en una idea, por reclamos ?casi siempre intrascendentes- de la tecnología, que perturban la atención indispensable para dar sólida respuesta a un asunto quizá de envergadura. No importan las precauciones y medidas adoptadas. Lo más probable es que estando nuestros datos personales a disposición del mundo entero (pese a la protección que se nos vende), por más que no queramos responder a una llamada, acabamos activando la respuesta al igual que Ulises no pudo evitar oír a Circe…
Desde el punto de vista de la psicología, en la que como en todas las disciplinas hay discrepancias, se denomina concentración a la inhibición de la información irrelevante y la focalización de la información relevante, con mantenimiento de ésta por periodos prolongados. Y la psicología más académica y con independencia de la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner (que yo abrazo), relaciona atención e inteligencia; entendida ésta como «la mayor o menor capacidad para resolver problemas prestando atención simultánea a dos o más objetos». De modo que según esta teoría, la capacidad del individuo de reorientar su atencio?n con cierta rapidez (oscilacio?n de la atencio?n) y de atender a ma?s de un esti?mulo a la vez (distribucio?n de la atencio?n) pueden ser considerados como componentes importantes de la inteligencia. Y a menudo, a eso se llama propiamente «inteligencia»; esto es y según esa teoría, quien es capaz de resolver uno o más problemas prestando atención simultánea a dos o más objetos.
Sin embargo, yo pongo en cuestión que eso es inteligencia. Y lo pongo en cuestión, porque la importancia, el nivel y la categoría del «ser inteligente» dependen de muchos otros factores. El principal, a mi juicio, hay que situarlo en la mentalidad o concepción global del todo en un periodo de tiempo o época determinados a los que pertenece y en los que vive un individuo, contempladas desde la mentalidad y concepción global del todo por el individuo que los analiza y valora tiempo después. Quiero decir que (prescindiendo del genio) un individuo de otro tiempo sería «poco» inteligente en relación a un individuo común de hoy día cuya inteligencia esté dotada de una mayor capacidad para realizar tareas simultáneas o encontrar soluciones para múltiples problemas al mismo tiempo. Y esto es una simplificación a mi juicio inadmisible, pues significa relacionar nivel de inteligencia y eficacia en función de la solución lograda sobre la marcha prescindiendo de las consecuencias, unas veces inmediatas y otras diferidas, de una presunta inteligente decisión. En los tiempos actuales, afectados poderosamente por la impaciencia y por la ansiedad que centrifugan a la sociedad, valores eternos para calibrar la inteligencia de una persona aparte del ingenio y del entendimiento: serenidad, prudencia o ponderación, apenas tienen relevancia en la mentalidad preponderante de la postmodernidad. Es más, incluso podría decirse que son un estorbo o incluso son incompatibles con ella. Y esto vale tanto para catalogar al médico, al abogado, al periodista, al arquitecto, al político, al gobernante o a nuestro vecino. Se mide la inteligencia en tanto que capacidad para soluciones, hoy y ahora; como si no hubiese tiempo ni ocasión para pensarlas como no sea casi a la velocidad de la luz y sean cuales fueren las consecuencias para mañana o para las generaciones venideras. Así se considera y así se defiende dicha valoración de la inteligencia en escuelas, en universidades y en general en «el sistema».
Las pruebas
El caso más dramáticamente escandaloso lo tenemos ahora encima. Me refiero al desprecio del poder político, económico, bancario y empresarial de todos los países, hacia los efectos desastrosos de los gases arrojados a la biosfera. Algo que no responde a falta de «capacidad para resolver problemas prestando atención simultánea a dos o más objetos», sino al eterno egoísmo trasnochado de individuos, clanes, familias y grupos humanos concretos con intereses entrelazados y ambiciosos, consentidos por otros pusilánimes (no en vano decía Einstein que los males del mundo no son debidos a la perversidad, sino a quienes la consienten). Lo que prueba que el mundo llamado «libre» está regido por una «inteligencia», tanto individual como colectiva minúscula, además de mezquina y necia, de gentes a las que importa sólo su vida y dejar riquezas a sus hijos, pero incapaces de hacer algo eficaz y posible para evitarles el legado envenenado de un planeta invivible. El otro, esa bochornosa identificación del terrorismo, que hacen todos los dirigentes y periodistas de los países europeos, para expulsar el demonio de la frustración, con un determinado país asiático. Como si todo el terrorismo se alojase en él??
Veamos, por «agravio» comparativo, otros ejemplos. El genio intelectual Goethe que, ya canciller de la República de Weimar, tiene la ocurrencia de «preferir la injusticia al desorden» no se percata (o prefiere ignorar) de que no hay mayor desorden que el que provoca la injusticia, en este sentido es un necio. Napoleón, el genio militar que no calcula los efectos del invierno extremo en Rusia en sus tropas en el caso de una eventual retirada, que se produce, es un necio. Aquel ministro español que decidió alejar de la costa a un petrolero a punto de partirse en dos en lugar de decidir su acercamiento a buen puerto cercano (con unos efectos catastróficos de incalculable proporción, económicos y medioambientales cuya amortización sigue todavía pendiente), es un necio. Y el empresario de hoy que toma una decisión de envergadura, simultánea o no con otras, resolviendo un problema de inmediato pero ocasionando a corto o medio plazo la quiebra de la empresa y la de cientos, miles o quizá millones de personas, es un necio… Y así, podríamos señalar incontables casos de individuos que pasaron o pasan por notables que, en un momento dado, descubren la verdadera dimensión miserable de su personalidad, y con ello su escaso nivel de inteligencia real. Por todo ello, ¿hemos de definir la inteligencia como una especie de numen o alma situados quizá en una glándula (por ejemplo la pineal, como así lo consideraba Giordano Bruno) capaz de conseguir resultados prácticos e inmediatos, para sí o para uno o varios colectivos abstracción hecha de las consecuencias fatales, inmediatas o diferidas, para la sociedad? Quizá sí para la mentalidad torbellinesca de la presente Era de la mentira y de la impaciencia pero no cuando los historiadores del futuro (si es que nos queda futuro) hagan una valoración en conjunto del pasado y de las capacidades turbias y bajo efecto de alucinógenos de distinta naturaleza, de individuos que pasan por inteligentes solo porque tienen «capacidad para resolver problemas prestando atención simultánea a dos o más objetos».
Eppur si muove: la atención simultánea de la que se presume hoy día a veces y la que se confunde con la inteligencia, afecta severamente a la concentración indispensable para resolver un problema y a los múltiples enfoques que requiere una respuesta. Y lo más probable, si no seguro, es que la comprensión y asimilación de los múltiples objetos observados sean significativamente deficientes; deficientes, respecto a la atención prestada a cada asunto por separado en la que deben calcularse el máximo de los efectos que a más o menos largo plazo pueda producir una decisión. Pero esa clase de inteligencia, mezcla de astucia, de determinación, de intuición y suerte solo queda ya para la guerra, no para sociedades que se supone quieren vivir en paz…
2 Diciembre 2015
