El cuidado de la Creación es una cuestión teológica -- Leandro Sequeiros, presidente de ASINJA (Asociación Interdisciplinar José de Acosta)

0
113

Enviado a la página web de Redes Cristianas

La Comisión Teológica Internacional publica el documento «Cuidar nuestra Casa común», que invita a
una «respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario».
La cuestión ecológica es una cuestión teológica: la manera en que se cuida la Creación revela y configura la relación con Dios. El deterioro del medio ambiente es alarmante y se requiere una acción urgente en favor de la sostenibilidad del planeta.

Nadie es una mónada, todo está conectado: «Escuchar el grito de la Tierra y de los pobres».

¿Cómo responder, desde una perspectiva cristiana, a la «crisis ecológica
y social», «miope y suicida», en la que ha caído la humanidad?
Esta es la pregunta que sirve de base al nuevo documento de la
Comisión Teológica Internacional (CTI), titulado «Cuidar nuestra Casa común –
Respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario».
Publicado el miércoles 2 de septiembre, con la autorización de León XIV,
el texto es fruto de reflexiones desarrolladas entre 2022 y 2025.

El punto de partida de esta elaboración teológica

El punto de partida es la «triple mutación» que, con el paso de los años,
ha llevado a perder la percepción espontánea de la naturaleza como creación
de Dios; a la afirmación de una visión cada vez más antropocéntrica y
depredadora de la relación entre el ser humano y la Creación; y a la expansión
de una crisis planetaria.

León XIV: Contemplar la creación de Dios es el primer paso hacia la conversión ecológica

En su homilía en la Jornada Mundial por el Cuidado de la Creación,
desde Castel Gandolfo, sede del Borgo “Laudato si’”, el Papa invita a ponernos
“en modalidad silenciosa” para contemplar y luego la conversión ecológica:
sentir, gustar y transformar la realidad natural. Es la línea del documento de la
Comisión Teológica Internacional.

La Comisión Teológica Internacional es un organismo de la Curia
romana, constituida junto al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con la misión
de ayudar a la Santa Sede, y en especial a este Dicasterio, en el estudio de las
cuestiones doctrinales de mayor importancia. Fue instituida por Pablo VI en
1969, y recibió de Juan Pablo II sus estatutos definitivos en 1982

Todo está conectado
El documento Comisión Teológica Internacional se divide en tres
capítulos. En el primero -«La Casa común, obra del Dios trinitario»- se subraya
«la impronta no solo divina, sino también trinitaria» presente en la Creación,
ilustrada a través de las enseñanzas de cuatro santos doctores de la Iglesia:
Agustín de Hipona, Hildegarda de Bingen, Buenaventura de Bagnoregio y
Tomás de Aquino.

Esta impronta trinitaria presenta los rasgos de la sacramentalidad -es
decir, es signo de «una realidad sagrada y oculta» que encuentra su «máxima
elevación» en la Eucaristía- y de la interrelación, ya que el ser humano
responde a su vocación desarrollando correctamente sus relaciones con Dios,
con los demás y con la Creación.

Esto significa, destaca la CTI, practicar «la gratuidad filial ante Dios»; «la
solidaridad y la misericordia hacia el prójimo»; y «el cuidado de la Casa
común». Es una cuestión de equilibrio: «Nada ni nadie es una mónada -se lee
en el documento-. Todo está interrelacionado» para formar «una única
comunidad de vida».

El origen del universo según la ciencia y la fe
El primer capítulo del documento desarrolla el diálogo con algunas
visiones científicas y filosóficas del cosmos -por ejemplo, el inmanentismo, el
panteísmo y el sobrenaturalismo-, explicando cómo la fe en el Dios creador
ofrece algo que la ciencia no puede proporcionar, aunque esta investigue
«legítimamente» las primeras fases del universo.

En efecto, si la cosmología reflexiona sobre cómo nació el mundo, la fe
explica su porqué: Dios da un origen metafísico, y no simplemente físico, al
universo, y llama libremente a la existencia a aquello que, por sí mismo, no
existiría.

El segundo capítulo -«El ser humano en la Casa común»- comienza con
una reflexión sobre el ser humano creado a «imagen y semejanza de Dios», lo
que permite reafirmar que las diferencias -de etnia, género, cultura, condición
social o económica- no implican en modo alguno una jerarquía.
Utilizar esas diferencias para discriminar o someter al otro se aleja del designio
de Dios.

El documento subraya después la importancia del «principio sabático»,
que, un día a la semana, permite a la Tierra descansar respetando sus ritmos
originales y a la humanidad dar gracias al Señor mediante la oración. Este
principio también enseña a «tener una mirada desinteresada, liberada del
apetito de poseer, dominar o agredir».

Llamamiento a la conversión ecológica
La Comisión Teológica Internacional resume asimismo algunos datos
«muy alarmantes sobre el deterioro ecológico»: la desaparición de la diversidad
biológica, que «no es un lujo exótico», sino «un factor clave» para la seguridad
alimentaria; la contaminación atmosférica; el empeoramiento de la calidad del
agua; la guerra, que acelera «brutalmente» la destrucción del medio ambiente;
y las consecuencias «gravísimas» de todo ello sobre los más pobres,
explotados en sus recursos naturales y obligados a migrar.

De ahí el firme llamamiento lanzado por la Comisión: ante una crisis
ecológica «sin precedentes», no bastan las soluciones científicas y técnicas –
como cambios sustanciales en los sistemas de producción, consumo,
transporte y uso de la energía-, sino que se necesita también, y sobre todo, «un
cambio en los valores culturales», una verdadera conversión ecológica en la
forma de vivir.

El pecado contra la Creación y contra el Creador
A este respecto, el documento propone hablar de «pecado contra la
Creación y contra el Creador», una formulación teológica que vincula el daño
ambiental con el rechazo del designio divino de la creación, evitando tanto un
lenguaje puramente científico -como el término «ecocidio»- como la dispersión
de la responsabilidad.

El momento histórico actual, de hecho, «exige de todos, comenzando
por quienes son responsables de la vida pública, una acción urgente en favor
de la sostenibilidad del planeta y de la habitabilidad de la Casa común. No es
solo una exigencia ética, sino también teológica».

La Eucaristía, «escuela ecológica»
La mirada de la fe lleva también a rechazar «dos extremos
inaceptables»: el antropocentrismo depredador, que considera a la humanidad
«dueña absoluta de toda la creación», y el biocentrismo o ecocentrismo, que
absolutiza la naturaleza.

La propuesta cristiana, en cambio, es la de un «antropocentrismo
situado» -expresión del Papa Francisco retomada por León XIV-, que presenta
al ser humano como «administrador y servidor de la Creación». En efecto, está
llamado tanto a cuidar responsablemente la Casa común, según «la mente y
los legítimos intereses del propietario», que es Dios, como a colaborar con el
designio divino mediante un «servicio generoso».

Esta doble vocación encuentra su culminación en la Eucaristía, «escuela
ecológica» gracias a la cual se promueve «una actitud positiva y proactiva
hacia la naturaleza», alejada, por tanto, de planteamientos utilitaristas o
excesivamente defensivos por temor.

La lógica jubilar y la espiritualidad ecológica
El tercer capítulo -«El cuidado de la Casa común»- ofrece algunas
orientaciones prácticas, articuladas en torno a cinco relaciones fundamentales
de la persona.

De la relación con Dios deriva la «lógica jubilar»: basada en la
fraternidad y la solidaridad, que «marcan un límite infranqueable a la codicia en
el uso de la Tierra», así como en la gratuidad y la humildad de quien «no cae
en el impulso de acapararlo todo». Esta lógica conduce a la justicia social.
De la relación con uno mismo surge «una espiritualidad ecológica».

Frente al actual paradigma tecnocrático, que impone ritmos frenéticos en el
trabajo y en la vida personal, familiar, social y religiosa, esta espiritualidad mira
al ora et labora benedictino para invitar a un estilo de vida saludable, atento al
consumo -«cada acto de compra es un acto moral»- y responsable.

El grito de la Tierra y el grito de los pobres
De la relación con la Creación se derivan principios como la reverencia;
la sostenibilidad -«un criterio imprescindible que debe regir el sistema de vida y
el modelo económico que lo sustenta»-; la escucha del «grito estremecedor»
de la Tierra, «trágicamente vinculado al grito de los pobres», quienes sufren en
mayor medida «las consecuencias del maltrato del planeta»; el respeto por la
vida, que permite al ser humano utilizar los recursos naturales, pero según la
necesidad y la moderación, y no mediante una explotación indiscriminada; la
ascesis y el ayuno, como respuesta moral a la sobreexplotación de los
recursos, especialmente en los países ricos; y un compromiso diferenciado
según las responsabilidades de las distintas naciones.

La sacralidad de la vida humana y el rechazo de la guerra
Además, de la relación con el prójimo surgen la sacralidad de la vida
humana -un derecho incondicional e inalienable que los Estados deben
proteger y promover, también mediante el rechazo de la guerra-; el destino
universal de los bienes -para la tradición cristiana, «la propiedad privada no es
un derecho absoluto» y, por tanto, la Casa común debe ser cuidada también
para las generaciones futuras-; la fraternidad, como antídoto contra la violencia,
la injusticia y un individualismo «falso, egoísta, atroz y codicioso»; la
misericordia -sin amor, la vida humana se aleja de Dios y se vuelve
subhumana-; y la opción preferencial por los pobres, cada vez más expuestos a
la degradación ambiental y cada vez con menos recursos para mitigar sus
efectos.

La colaboración interreligiosa
Como quinta y última relación, la CTI reflexiona sobre la contribución al
cuidado de la Creación ofrecida por diversas religiones: el judaísmo, el islam, el
hinduismo, el budismo, el confucianismo, las religiones africanas y las
religiones originarias americanas y oceánicas.

Se destacan, en particular, los elementos más comunes: la interconexión
entre todo lo que existe, el deber de respetar a todos los seres vivos y la
responsabilidad del ser humano.
Por ello, «desde el punto de vista de la fe cristiana, las puertas están
abiertas a una colaboración interreligiosa en la tarea común de custodiar
respetuosamente toda la Creación, al servicio del florecimiento de la vida y de
la comunión con el Trascendente, que está en el origen y es el fundamento de
toda vida».

Responsabilidad moral
En la conclusión del documento, la Comisión reafirma que la cuestión
ecológica es, en última instancia, una cuestión teológica: la manera en que se
cuida la Creación revela y configura la propia relación con Dios.
La libertad y la responsabilidad moral siguen siendo el fundamento
indispensable de todo compromiso ecológico auténtico.

El texto invita, por tanto, a un «cambio ecológico» que sea al mismo
tiempo cultural y espiritual -siguiendo el modelo de san Francisco de Asís- y
concluye con una nota de esperanza: la crisis ambiental, por grave que sea, no
socava la confianza en Dios, que hace «nuevas todas las cosas»