Una democracia socioecológica o el ecosocialismo -- Leonardo Boff

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Fuente: Observatorio eclesial
Con la crisis general de las democracias y ante los ataques del fascismo y de la extrema derecha al estilo de Donald Trump, estamos en busca de una democracia enriquecida que responda a los cambios ecológicos y geopolíticos que están en curso, especialmente a la monetarización de la política y a la uberización de la vida.Sigue siendo válido el supuesto básico de cualquier tipo de democracia: lo que interesa a todos debe poder ser decidido por todos, ya sea directamente o por medio de representantes.

Estamos en busca de un nuevo tipo de democracia.Hoy se está imponiendo el proyecto de una democracia ecológico-social o, en la formulación de Michael Löwy (Ecosocialismo: un proyecto de civilización, 2205) y de su grupo, de un ecosocialismo.Esta comprensión nos obliga a superar un límite interno del discurso clásico de la democracia: el hecho de que todavía sea antropocéntrica y sociocéntrica, es decir,centrada únicamente en los ciudadanos y en la socie-dad.Estos enfoques son reduccionistas, pues el ser humano no constituye un centro exclusivo, ni tampoco la socie-dad, como si todos los demás seres solo adquirieran sentido en cuanto están ordenados al ser humano y a la sociedad.

El ser humano y la sociedad constituyen un eslabón,entre otros, de la cadena de la vida. Sin las relaciones con la biosfera, con el medio ambiente y con las pre-condiciones físico-químicas, ni existen ni pueden sub-sistir.Elementos tan importantes deben ser incluidos en nuestra comprensión de la democracia contemporánea,en la era de la conciencia ecológica y planetaria, según la cual naturaleza, ser humano y sociedad están indiso-lublemente unidos, de tal manera que comparten un mismo destino común.

La perspectiva ecológico-social o ecosocialista tiene,además, la virtud de insertar la democracia en la lógica general de las cosas. Sabemos hoy, gracias a las cien-cias de la Tierra y de la vida, que la ley básica que con-tinúa actuando en la constitución del universo y de to-dos los ecosistemas es la cooperación, la sinergia, la simbiosis y la relación de todos con todos en todos los momentos y circunstancias.

Incluso la supervivencia del más apto mediante la se-lección natural de Darwin, parcialmente válida en el reino de los seres vivos, se inscribe dentro de esta ley universal. Por medio de ella se garantiza la diversidad y se incluye también al más débil, que en el juego de las inter-retro-relaciones tiene oportunidades y derecho a estar sobre la Tierra.La singularidad del ser humano consiste en el hecho de presentarse como un ser de sociabilidad, cooperación yconvivencia, como bien señalaron los chilenos Matura-na y Varela.

Tal singularidad aparece con mayor clari-dad cuando nos comparamos con los simios superio-res, de los cuales nos diferenciamos apenas en un 1,6% de la carga genética.Estos también poseen vida social, pero se orientan por la lógica de la dominación y de la jerarquización. Al sur-gir el ser humano, hace algunos millones de años, en lugar de la competitividad y la subyugación comienza a funcionar la cooperación.Ese 1,6 % de ácidos nucleicos y bases fosfatadas que nos diferencia funda lo humano en cuanto humano,como ser de cooperación.

Ahora bien, la socialdemocracia es el valor y el régimen de convivencia que mejor se adecua al orden general de las cosas y a la naturaleza humana cooperativa y social. Aquello que está inscrito en su naturaleza se transforma en un proyecto político-social consciente,fundamento de la democracia: la cooperación y la soli-daridad sin restricciones.Realizar la democracia, de la mejor manera que poda-mos, significa avanzar cada vez más ha-cia el reino de lo específicamente hu-mano. Significa también volver a vincu-larnos más profundamente con el Todo y con la Tierra.Los cosmólogos vienen afirmando con insistencia que la vida debe entenderse como un momento de la histo-ria evolutiva del universo, cuando la materia, situada lejos de su equilibrio (caos generativo), se complejiza y se autoorganiza.

La vida humana es un capítulo de la historia de la vida.Como humanos, de acuerdo con el antiguo mito del cuidado —que pertenece a la esencia de lo humano—,venimos del humus (humus = homo); por eso somos fundamentalmente Tierra que, en su evolución, ha lle-gado al momento de sentir, pensar, amar y venerar. No vivimos solamente sobre la Tierra. Somos la propia Tie-rra que siente, piensa, ama y venera.Por esta razón, destacados astrofísicos y biólogos co-mo Lovelock, Margulis, Sahtouris, Swimme y Berry; ju-ristas como Zaffaroni, y ecologistas como nuestro Lutzenberger, entre otros, sostienen que la Tierra es un superorganismo vivo.

Presenta tal equilibrio en todos sus elementos físico-químicos que solamente un ser vivo podría manifestar-lo. La llaman Gaia, nombre mitológico de los griegospara señalar a la Tierra como un ser viviente, o Pacha-mama, como la denominan los pueblos originarios.Si esto es así, entonces la Tierra es portadora de subje-tividad, de derechos y de una autonomía relativa, tantoella como los ecosistemas que la componen. Existe unadignitas Terrae, una dignidad de la Tierra que reclamarespeto y cuidado.Se impone una ampliación de la personalidad jurídica ala Tierra, a las aguas y a los bosques.

Bien lo expresóel pensador Michel Serres: «La Declaración de los De-rechos del Hombre tuvo el mérito de decir ?todos loshombres tienen derechos? y el defecto de pensar ?sololos hombres?».Los indígenas, los esclavos y las mujeres tuvieron queluchar para ser incluidos entre «todos los hombres». Yhoy esta lucha incluye a toda la naturaleza con sussubsistemas, también sujetos de derechos y, por ello,nuevos miembros de una sociedad ampliada.

Por el hecho de haber creado la amenaza de destruc-ción de la Tierra-Gaia, con el antropoceno, el ne-croceno y, últimamente, el piroceno —incendios en todoel planeta—, ya no podemos excluirla del nuevo pactosocial planetario, base de la sociedad mundial que que-remos socialdemócrata o ecosocialista.Hobbes, Locke, Rousseau y Kant, en sus concepcionesdel contrato social, daban por descontado el futuro de laTierra, garantizado por las fuerzas rectoras del univer-so. Hoy ya no es así. Sin Gaia, ya no existe base paraningún tipo de ciudadanía ni de democracia.

queremos sobrevivir juntos, la democracia debe sertambién biocracia; en una palabra, democracia ecológi-co-social o ecosocial, que asuma la preservación de laTierra, incluyéndola en el pacto social.Es en razón de esta conciencia que el movimiento MSTy la agroecología están desarrollando una comprensiónsemejante de la socialdemocracia. Se trata aquí de unanueva relación interactiva del ser humano con la natura-leza, en la cual ambos se reconocen incluidos.Una ciudad no vive solamente de ciudadanos, institu-ciones y servicios sociales. En ella viven también paisa-jes, árboles, pájaros, animales, montañas, piedras,aguas, ríos, lagos, mares, la atmósfera, el aire, las es-trellas del firmamento, el sol y la luna.Sin tales realidades moriríamos de soledad, como diceel sabio indígena Seattle en 1854.

Son los nuevos ciu-dadanos con quienes debemos aprender a convivir enarmonía. Se hace necesaria una educación ecológicapara que los seres humanos aprendan a acoger a todoslos seres como conciudadanos, desde el respeto, la re-lación justa y la fraternidad universal.He aquí el surgimiento de la democracia ecológico-social y del ecosocialismo, enriquecimiento necesariode la democracia clásica en tiempos de una nueva con-ciencia ecológica, de los riesgos de una IA autónoma yde responsabilidad por el futuro común de la Tierra y dela Humanidad.(amerindiaenlared.org) 30/08/20265.