¿Quién educa a los examinadores? -- Evaristo Villar

0
103

Enviado a la página web de Redes Cristianas

PISA mide al alumnado, el mercado dicta las preguntas
El informe PISA ha vuelto a caer sobre nosotros como una tormenta de verano. Truenos en las tertulias, relámpagos en los periódicos y una lluvia de estadísticas. Durante unos días (con permiso de Ceuta) compararemos comunidades autónomas y países, admiraremos a Finlandia, envidiaremos a Singapur y buscaremos culpables.

El Gobierno señalará a la herencia recibida; la oposición, al Gobierno; las familias, a la escuela; la escuela, a las pantallas; y quizá todos terminemos culpando al alumnado por no aprender dócilmente lo que nosotros no sabemos muy bien para qué sirve.

Se examinarán resultados, se detectarán lagunas, quizás nos preguntemos por las causas, y se crearán comisiones. Tal vez aparezca incluso un nuevo plan educativo, porque en este país, cuando no sabemos cómo arreglar un problema, solemos ponerle una sigla. Después pasará la tormenta, se cerrarán los paraguas y seguiremos caminando más o menos como antes.
Pero la pregunta importante no es solo si nuestros jóvenes leen peor o calculan menos. Es otra: ¿para qué mundo y para qué forma de vida los estamos preparando?

Don Quijote vuelve a las aulas
Cervantes ya conocía el problema. Don Quijote había leído demasiado y, sin embargo, veía bastante mal: confundía molinos con gigantes, ventas con castillos y rebaños con ejércitos. Tenía mucha enseñanza en la cabeza, pero poca realidad bajo los pies.
El relator reconoce que, fuera de la caballería, mostraba «claro y desenfadado entendimiento»; pero en cuanto aparecían sus obsesiones, el hombre más razonable de La Mancha salía disparado contra cualquier molino (II, cap. XLIII).

Sancho representa la otra mitad. «Letras, pocas tengo, porque aún no sé el abecé», confiesa antes de gobernar Barataria (II, cap. XLII). No sabía leer una inscripción, pero sabía leer un rostro. No entendía de tratados jurídicos, pero conocía bien el hambre, el trabajo, la necesidad y la injusticia.

Don Quijote le enseñó un principio: cuando la justicia estuviera en duda, debía inclinarse hacia la misericordia. Y Sancho, ante el caso imposible del hombre condenado a la horca, decidió dejarlo libre, «pues siempre es alabado más el hacer bien que mal» (II, cap.LI).
Ahí está la diferencia: la enseñanza entrega palabras; la educación consigue que esas palabras se conviertan en decisiones humanas. Y ahí está también la síntesis: don Quijote aporta el ideal; Sancho, la experiencia. Uno levanta la mirada; el otro mantiene los pies en el suelo.

Mucha pantalla, poca tierra
Nuestra escuela corre el peligro de parecerse más al Ingenioso Hidalgo. Acumula programas, competencias, dispositivos y evaluaciones, pero se aleja de la vida. Enseñamos el ciclo del agua a jóvenes que nunca han visto nacer un manantial. Hablamos de sostenibilidad mientras vaciamos los pueblos. Explicamos economía sin preguntar quién paga nuestro bienestar. Estudiamos la fotosíntesis en una pantalla de alta resolución, quizá porque salir a mirar un árbol resulta demasiado revolucionario.

Entretanto, el campo queda abandonado y la sabiduría de nuestros mayores es tratada como un programa informático anticuado. Sabían reconocer las nubes, cuidar una huerta, reparar una herramienta, ahorrar agua, compartir tareas y distinguir lo necesario de lo superfluo. Saberes poco competitivos, desde luego, pero bastante útiles cuando llega el apagón.
No se trata de idealizar el pasado ni de mandar a todo el alumnado a plantar lechugas. Se trata de recuperar el vínculo entre conocimiento, trabajo, naturaleza y comunidad.

Paulo Freire llamó «educación bancaria» a la enseñanza que deposita conocimientos en la cabeza del alumno para que los devuelva el día del examen, si puede ser sin abrir el paquete. Después del aprobado, la cabeza queda vacía y todos tan contentos.
Frente a ese modelo propuso el diálogo, la conciencia crítica y la unión entre reflexión y acción (Pedagogía del oprimido, caps. II y III). Porque «la lectura del mundo precede a la lectura de la palabra».

No basta con aprender la palabra «pobreza» sin escuchar a los pobres, «ecología» sin tocar la tierra o «democracia» en una escuela donde nadie puede opinar. Educar no es llenar recipientes, sino despertar preguntas. Y las preguntas verdaderas suelen ser bastante menos obedientes que los exámenes tipo test.

Gandhi saca la escuela al campo
Gandhi fue todavía más lejos. Su Nai Talim o Educación Básica unía enseñanza y trabajo útil: cultivar, tejer, cuidar animales, fabricar cosas. No pretendía convertir la escuela en una granja, sino educar simultáneamente la cabeza, las manos y el corazón.
Su punto de partida resulta provocador: «La alfabetización no es el fin de la educación, ni siquiera su comienzo», escribió en 1937. La agricultura y los oficios podían enseñar ciencias, matemáticas, lenguaje, cooperación y responsabilidad.

La tierra enseña límites, paciencia y dependencia mutua. Ninguna aplicación consigue que una semilla crezca antes de tiempo. También enseña que no vivimos solos: dependemos del agua, del clima, de los animales, del trabajo ajeno y de quienes estuvieron antes que nosotros.

¿Qué nota sacamos en vida?
PISA mide lectura, ciencias y matemáticas. Está bien. Pero no mide la compasión, la honradez, el cuidado de la tierra, la resistencia ante la propaganda ni la capacidad de convivir con quien piensa de otra manera. Podemos subir diez puestos en la clasificación y continuar descendiendo como sociedad.

Por su parte, el Evangelio lanza una pregunta poco apta para las estadísticas: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mc 8,36).
El eco de esta pregunta no queda encerrado en la escuela. Llega a toda la sociedad. ¿De qué sirve aumentar el producto interior bruto si crecen la soledad, la desigualdad y el miedo? ¿De qué sirve producir más alimentos si se expulsa a quienes cultivan la tierra? ¿De qué sirve vivir conectados si apenas nos encontramos? ¿De qué sirve prolongar la vida si arrinconamos a nuestros mayores? ¿Y de qué sirve llamarnos desarrollados si dejamos un planeta inhabitable a quienes vienen detrás?

La crisis educativa forma parte de una crisis más profunda: la de una civilización que sabe poner precio a casi todo, pero ha olvidado el valor de lo esencial. El capitalismo nos promete ganar el mundo entero a cómodos plazos. Lo que no suele aclarar es quién pierde la vida durante la operación.
Necesitamos libros para ensanchar la mirada, tierra para no perder la realidad, manos para transformar lo aprendido y corazón para elegir el camino. Mejorar en PISA estará será necesario. Pero urge algo más elemental: dejar de confundir los molinos del mercado con los gigantes de la felicidad.