Enviado a la página web de Redes Cristianas
Donde el pueblo levantó la colegiata y el obispado se quedó con las llaves
Llegaron don Quijote y Sancho a San Martín de Elines una tarde en que el sol encendía las piedras románicas de la colegiata y las ortigas, altas y poderosas, guardaban el camino con mayor diligencia que las autoridades de Cantabria.
Rocinante se detuvo ante la maleza, acaso por respeto al monumento o porque, siendo caballo prudente, no quiso entrar donde hasta las zarzas parecían tener título de propiedad. El rucio, menos respetuoso con las escrituras, se comió un cardo.
— ¡Detente, Sancho! — exclamó don Quijote—. ¿No ves esta soberbia fortaleza, cautiva bajo el hechizo de algún maligno encantador? Sus piedras claman, sus capiteles gimen y cien criaturas aprisionadas bajo el alero nos piden libertad.
—Las piedras no sé, señor; pero los vecinos llevan tiempo clamando y nadie les abre.
Llegaron a la puerta. Don Quijote empujó. La puerta no cedió.
—Con la iglesia hemos dado, Sancho.
—Con la iglesia hemos dado, señor. Con la llave será más difícil:
se la llevó el Obispado. Los vecinos cuidaban el templo, lo limpiaban, abrían la puerta y se lo enseñaban a quien venía. Pero un día apareció el dueño con la escritura debajo del brazo y se acabaron las llaves, los vecinos y las visitas. Sólo dejaron entrar a las zarzas, porque ésas no preguntan de quién es la casa.
Don Quijote retrocedió dos pasos y contempló la colegiata como si viera una princesa cautiva.
— ¡Oh, San Martín glorioso! ¡Oh, desventurada señora de piedra, donde un día Victoria, Guerrero, Mozart, Haendel y el canto de los monjes levantaron ejércitos de música, y hoy sólo cantan los grillos entre las ortigas! Dime qué gigante te robó, qué dragón te guarda y qué hechicero te hizo invisible para quienes tenían obligación de protegerte.
—Gigante no sé —respondió Sancho—. Pero hay encantamientos que se hacen sin dragón: basta un obispo que certifique, un registrador que selle y un Gobierno que duerma.
Acudieron varios vecinos. Contaron que la colegiata, declarada monumento histórico-artístico perteneciente al Tesoro Artístico Nacional en 1931 y hoy Bien de Interés Cultural, había sido inmatriculada en 2010 a nombre del Obispado de Santander. Para hacerlo se utilizó el privilegio del antiguo artículo 206 de la Ley Hipotecaria franquista de 1946, que permitía a la autoridad eclesiástica certificar la propiedad de determinados bienes.
— ¿Quién aseguró que la colegiata pertenecía al Obispado? —preguntó don Quijote.
—El propio Obispado.
— ¿Quién presentó las pruebas?
—El propio Obispado.
— ¿Quién dio fe del Obispado?
—El propio Obispado.
El caballero levantó los brazos al cielo.
— ¡Valame Dios! ¡Cosa jamás vista! ¡El demandante convertido en testigo, el testigo en escribano y el escribano en beneficiario! ¡Un caballero que entra solo en combate y sale vencedor, derrotado y juez del torneo!
—Y sin despeinarse la mitra —añadió Sancho—. Yo, si quiero demostrar que la huerta, herencia de los Panza, es mía, tengo que presentar escritura, linderos, testigos y hasta la partida de bautismo de las berzas. Al señor obispo le bastaba mirarla y decir: «Mía es». Y el Registro respondía: «Amén».
Fueron al Registro de la Propiedad. Tras una gran mesa hallaron al registrador, rodeado de libros tan gruesos que parecían haber engordado comiéndose las tierras inscritas en ellos.
—Aquí no hay cautivos —respondió el registrador—. Hay titulares registrales.
— ¿Y con qué espada la conquistaron?
—Con una certificación.
— ¿Y qué sangre se derramó?
—Tinta.
— ¡Peor batalla, Sancho! La sangre deja herida visible; la tinta puede despojar a un pueblo sin que nadie oiga un grito.
El registrador explicó que se había limitado a aplicar la ley.
—Eso viene a ser —replicó Sancho— como degollar el cerdo entre tres: uno lo sujeta, otro afila el cuchillo y el tercero recoge los jamones. Después aseguran que ninguno hizo la matanza, pero el pueblo se queda sin chorizos.
—Mi obligación era calificar el documento.
— ¿Y lo calificasteis de verdadero? —preguntó don Quijote.
—De suficiente.
— ¡Milagro registral! — exclamó Sancho—. El documento no alcanzaba para demostrar que la finca era suya, pero bastó para que dejara de ser nuestra. La prueba se quedó corta; la mitra llegó más lejos.
—El Registro garantiza la seguridad jurídica.
— ¿La seguridad de quién? Porque el Obispado quedó seguro dentro y los vecinos seguramente fuera.
Apareció también un notario, quien aclaró, justamente, que para aquel procedimiento no había sido necesaria escritura notarial.
—Peor me lo ponéis —dijo Sancho—. Al pobre le pedís escrituras, copias, tasas, certificados, testigos y un plano donde aparezca hasta el hormiguero. Al poderoso le ahorrasteis incluso la visita al notario. ¡Hay quienes entran en la propiedad por la puerta principal y quienes acceden por la sacristía!
—Nosotros damos fe —protestó el notario.
—¡Extraña fe la vuestra! Cree al que certifica en favor propio y desconfía de todo un pueblo. Vuestra fe pública tiene vista de águila para leer una firma episcopal y ojos de topo para reconocer lo que pertenece a todos.
Don Quijote tomó una piedra caída junto al muro, la levantó como quien sostiene una reliquia y comenzó:
—«Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados», porque ignoraban «estas dos palabras de tuyo y mío». Entonces las fuentes daban agua sin exigir nota simple, los caminos conducían a todos sin preguntar por su titular y las ermitas eran casa común de vivos y muertos. Pero llegaron los siglos de hierro, y después los siglos hipotecarios, en los cuales un sello vale más que cien memorias y una firma puede apropiarse hasta de la sombra de un campanario.
—Aquellos antiguos ignoraban el tuyo y el mío —dijo Sancho—. Los modernos sólo olvidaron el nuestro.
— ¡No, Sancho! El nuestro no ha muerto. Vive encantado en los archivos, duerme bajo los catastros, respira en la memoria de los pueblos y aguarda al caballero que rompa sus cadenas.
—Pues despertemos pronto, señor. Porque, mientras el nuestro duerme, el mío cobra entrada.
Los vecinos explicaron que el templo había sido levantado, conservado y reparado durante siglos por generaciones de habitantes y con recursos públicos.
—«Cada uno es hijo de sus obras» —sentenció don Quijote.
—Entonces esta colegiata tiene padres de sobra —respondió Sancho—: los canteros que la levantaron, los vecinos que cuidaron sus muros, las mujeres que barrieron sus losas, los pueblos que pagaron los tejados y las administraciones que costearon las restauraciones. Pero llegó el Registro, la declaró hija única del Obispado y dejó al pueblo como padre desconocido.
—La inscripción no crea por sí misma la propiedad —objetó el registrador.
Sancho lo miró despacio.
—No la crea, pero la bendice. No roba el bien, pero pone a otro en posesión. No demuestra enteramente el derecho, pero obliga al pueblo a demostrar que no es un intruso en su propia casa. Eso que a mí me parece bacía de barbero, a vuesas mercedes les parece yelmo de Mambrino; y si lleva sello episcopal, hasta casco pontificio.
Hablaron entonces los vecinos de RECUPERANDO, esa hermandad ciudadana que reunía inventarios, catastros, recibos, testimonios y archivos para reclamar los bienes indebidamente inscritos.
— ¡ Gloriosa orden de caballería! — exclamó don Quijote—. ¿Con qué armas combate?
—Con notas simples —dijo Sancho.
— ¿Y sus escudos?
—Facturas de restauración.
— ¿Y sus fortalezas?
—Los archivos municipales.
— ¡Formidables caballeros! Contra una lanza cabe levantar otra lanza; pero contra un pueblo que recupera su memoria no hay gigante que conserve tranquilo lo conquistado.
Don Quijote se volvió hacia obispos, registradores, notarios y gobernantes:
—No pedimos favor, exigimos justicia. No perseguimos la fe, sino el privilegio. No queremos arrebatar a nadie lo que legítimamente le pertenezca, sino devolver al común cuanto del común haya salido. Publíquense todos los bienes inmatriculados desde 1946. Muéstrense los títulos. Investíguense las certificaciones. Óigase a los pueblos. Y donde hubo abuso, haya restitución.
Sancho dio un paso adelante:
—Y no nos digan que todo fue legal. También es legal cerrar una puerta teniendo la llave; pero si el edificio lo levantó el pueblo, lo pagó el pueblo y lo cuidó el pueblo, el dueño no puede aparecer cuando llega la escritura y desaparecer cuando toca arrancar las ortigas. Quien presume de propietario ha de cargar también con el tejado, la maleza y la vergüenza.
Cuando emprendieron el camino, don Quijote miró por última vez la colegiata cautiva.
—Dicen, Sancho, que el reino de la Iglesia no es de este mundo.
—Será verdad, señor. Pero éste lo tiene bien registrado.
Y siguieron adelante. Tras ellos quedó la puerta cerrada; delante, un pueblo que comenzaba a recordar que la llave, las piedras y la justicia también eran suyas.

