La Salvación en el bolsillo (III) -- Salvador Santos

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Lucas descubre en un nuevo relato el papel esencial del bolsillo en un asunto tan vital como la Salvación.
3. Tercer personaje: Zaqueo
Lucas utilizó el término salvación’ (‘griego: ???????; leído ‘sotería’) en cuatro ocasiones; tres de ellas en sus relatos llamados ‘de la infancia’ (1,69.71.77) y solo la cuarta la puso en boca del Galileo.

Jesús habla de Salvación en respuesta al comportamiento de un “jefe de recaudadores y además rico” (Lc 19,2), un tal Zaqueo (del hebreo Zakkay: ‘puro’, ‘inocente’). El significado de su nombre
refiere paradójicamente lo contrario de lo que él es. El individuo no tiene nada de inocente. Es un colaboracionista, un rastrero traidor al pueblo. Se trata de un elemento de cuidado, un tipo detestable debido a su oficio de recaudar impuestos a la gente para el robustecimiento del imperio dominante.

Y, por si no le bastara, ese pájaro de cuenta extorsionaba a todo quisque con un gravamen añadido que tenía como finalidad el engorde de su bolsillo.
Pero el personaje Zaqueo confunde. Aunque con una figura de baja talla, no es un tipo de corto alcance. Sabe de qué pie cojea. Él se ve y se siente condenado.

No encuentra escapatoria. Quisiera descubrir alguna vía hacia su salvación, pero presiente que le resultará prácticamente imposible conseguir una salida de la situación de repulsa social a la que se le ha sometido. Lo tiene todo en su contra.

Lo suyo parece no tener arreglo.
A la llegada del Galileo a Jericó, él quiere encontrarlo con la mirada (“trataba de distinguir quién era Jesús” v.3a), aunque la gente frustra su deseo debido a su escaso nivel (“pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. v.3b). A pesar de todo, él no ceja.

Se ha propuesto echarle un ojo sea como sea y por nada del mundo desaprovechará esta oportunidad. El Galileo le llama
poderosamente la atención. Al igual que él, también es un marginado. Jesús está lejos de ser un judío ejemplar. Las autoridades civiles y religiosas lo han colocado
en su punto de mira, dispuestos a apretar el gatillo en cuanto se les presente la ocasión.

Se la tienen jurada. El hombre de Nazaret ha puesto en solfa las leyes religiosas, se ha saltado a la torera todas las de la pureza e incumple a los ojos de todo el pueblo las normas que ponen muros a la libertad. Y, por si no fuera suficiente, ha rechazado de plano las creencias religiosas que obnubilan y anulan la razón. Zaqueo está, pues, en ascuas; el despreciable recaudador tiene la
corazonada de que Jesús atesora lo que a él le falta

A los oídos de Zaqueo han llegado con seguridad noticias sobre el atrevimiento de ese hombre que llega, el llamado Jesús. ¡Frecuenta las casas de recaudadores y descreídos y hasta come con ellos! Y, a pesar de su descuidada praxis con los deberes religiosos, un grupo de amigos le acompaña y le tienen como líder.

Incluso algo insólito y hasta escandaloso: unas cuantas
mujeres se han unido al colectivo como seguidoras leales y, sin miedo al qué dirán, han viajado con él desde Galilea. Y si es el pueblo…, …el pueblo siente una especial admiración por él.

Zaqueo, en cambio, rodeado de desprecio, únicamente tiene la soledad por compañera. Así que, entusiasmado, toma carrerilla, sale a escape y se adelanta al andar del Galileo. No hay tiempo que perder. Busca el lugar idóneo. Desde una humilde atalaya podrá apreciar con detalle a aquél audaz y singular hombre de Nazaret que pasa:
“Entonces se adelantó corriendo y, para verlo, se subió a una higuera porque iba a pasar por allí” (v.4).

Su sorpresa será mayúscula. Al Galileo no se le escapa una. No pasó de largo.
Se detuvo justo ante el hombre encaramado a la higuera. Se ha fijado en él. Y no lo desprecia. Le llama por su nombre. Y, lo que dejará pasmado a Zaqueo…, ¡se hospedará en su casa! La casa de un traidor: “Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa” (v. 5).

Ningún buen judío se hubiera atrevido a hacer tal cosa. Pero Jesús se saltó de nuevo la ley para aproximarse al despreciado. Zaqueo no podía imaginarlo. Era mucho más de lo que esperaba. Y, al contrario de lo ocurrido con el magistrado, la alegría entró en su vida:
“lo recibió muy contento” (v.6).

Sin mediar palabras, sin preguntas o respuestas de por medio, sin una invitación del Galileo a seguirle, Zaqueo, con la emoción a tope, se atrevió de golpe y porrazo a dar un paso decisivo. En el texto despuntan los datos económicos:
“Zaqueo se puso en pie y dirigiéndose al Señor le dijo:
– La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces” (v. 8).

Tal decisión sobrepasaba lo establecido por ley como recargo a una cantidad defraudada: el veinte por ciento (Lev 5,24). Comportaba quedarse con lo puesto y los bolsillos vacíos. Y no le importó. La alegría que le produjo el Galileo le llevó a saltarse todas las vallas. Zaqueo no se quedó a medias. Supo del valor de la
justicia e hizo el mejor negocio de su vida. Entendió que el dinero fruto del robo a manos llenas encorseta la vida. Y optó por la auténtica, la definitiva.

La vida plena no tiene el bolsillo como horizonte. La Salvación se encontraba en la anulación de todas las espinosas y engañosas fronteras ante la vida.
Tras la decisión de Zaqueo, el Galileo intervino de inmediato:
“Hoy ha llegado la Salvación a esta casa” (v. 9).

La Salvación no es cosa del mañana, sino de hoy. A qué esperar. La Salvación no viene; se va a por ella. La Salvación no se logra con el sentimiento o la espiritualidad; con los ritos, los dogmas, el conocimiento o las creencias. No se conquista con el lamento y la pena ante los insignificantes; con el desgarro y sufrimiento ante la muerte de tanto inocente o con el clamor frente a las
injusticias.

La Salvación nada tiene que ver con la palabrería hueca de los
discursos parapetados en la neutralidad y la inoperancia cómplices. La Salvación se alcanza aquí optando y actuando por la justicia, la igualdad y el amor leal.

La Salvación tiene carácter histórico y pone fin a la inquietud por el más allá. Está asociada a la decisión y el compromiso capaces de romper todas las barreras.
También la más férrea e impenetrable: la del bolsillo. Y supone el alcance, la posesión y la experiencia de la vida auténtica y definitiva: la que no conoce límites