Amicus Israel, sed magis amica veritas -- Red Internacional «Sacerdotes contra el genocidio»

0
51

Enviado a la página web de Redes Cristianas

El intento de la Iglesia de Inglaterra de decir una palabra verdadera sobre Palestina, y el esfuerzo —aún no logrado— de la Iglesia italiana por hacer lo mismo
Dos fotografías, la misma sala. Una librería de madera
oscura a un lado y una chimenea con dos sillones verdes al
otro. En una foto están de pie, uno junto al otro: un rabino
con kipá y barba blanca, una mujer con alzacuello y cruz pectoral.

En la otra están sentados, uno frente al otro, las manos
entrelazadas en el regazo, mirándose mientras hablan.
Son el Rabino Jefe del Reino Unido, Sir Ephraim Mirvis, y
la Arzobispa de Canterbury, Sarah Mullally. Se reunieron en el
Palacio de Lambeth (sede del Arzobispado de Canterbury en
Londres) hace unos días, después de semanas difíciles. Y publicaron, casi al mismo tiempo, dos mensajes que narran el
mismo encuentro con dos voces profundamente distintas.

Mirvis habla de «dolor profundo», de la «vergonzosa decisión» del Sínodo de la Iglesia de Inglaterra, y pide a la Iglesia
«reparar el daño» causado a las relaciones judeo-cristianas.
Mullally habla de una «conversación honesta», de heridas que
hay que curar, de un puente que aún queda por tender.

Misma sala, misma chimenea: dos lenguajes del corazón
distintos. Para entender qué ocurrió en esa sala, hay que volver a lo que sucedió antes, el 12 y 13 de julio, en el aula del Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra.

El sobresalto
Tras un debate que duró una tarde y una mañana, el Sínodo de la Iglesia de Inglaterra votó una moción presentada por la diócesis de Carlisle, que lamenta la pérdida de vidas israelíes y
palestinas y busca «paz y seguridad para todos los pueblos» de Tierra Santa.

El texto original pedía a la Iglesia «recibir» los documentos de Kairós Palestina (movimiento ecuménico cristiano
palestino fundado en 2009, que promueve el fin de la ocupación israelí de Palestina y la búsqueda de una paz justa): declaraciones escritas por cristianos palestinos entre 2009 y 2025, la última de las cuales, Kairos Palestine II — A Moment of Truth: Faith in the Time of Genocide, había reavivado
la disputa por el lenguaje usado hacia Israel.

Una enmienda cambió ese verbo: ya no «recibir», sino «escuchar» —hear— como «expresiones sinceras» de una experiencia vivida, que no implican estar de acuerdo con cada palabra
de esos textos. No es un detalle para filólogos. Es la medida exacta de cuánto valor tuvo la Iglesia de Inglaterra para dar un paso, y cuánto miedo sintió al darlo.

La moción, así enmendada, fue aprobada en las tres cámaras sinodales —obispos, clero y laicos— por amplio margen. Condenó toda forma de antisemitismo y de hostilidad antimusulmana. Reconoció, con palabras de arrepentimiento, la contribución histórica de la Iglesia al antisemitismo. Y comprometió a la Iglesia a «responder al llamado de los cristianos palestinos a
tomar posición en solidaridad con ellos y con sus hermanos palestinos no cristianos en la resistencia no violenta a la ocupación en curso» (texto íntegro de la moción).

La arzobispa Mullally, al presentar la moción,
pronunció una frase que merecería estar grabada en
la puerta de cada iglesia: «La urgencia de la situación
en Tierra Santa exige que afrontemos conversaciones difíciles.

Debemos escuchar aquellas cosas que son duras de oír, y correr el riesgo de dialogar a través de las divisiones» (discurso íntegro).
No es casualidad que estas palabras lleguen pocas semanas después de una peregrinación. Del 19 al 24 de junio, Mullally estuvo en Tierra Santa (Jerusalén, Belén, Nazaret, Birzeit) junto al arzobispo anglicano de Jerusalén, Hosam Naoum, para orar y estar junto a los cristianos palestinos (carta pastoral de la peregrinación).

Vio con sus propios ojos, dijo ante el Sínodo, «cómo los asentamientos se están expandiendo a un ritmo sin
precedentes»: «Palestina, que el gobierno británico reconoció el mes pasado, está desapareciendo» (The Jewish Chronicle). No hablaba desde un aula sinodal abstracta: hablaba quien había vuelto con el polvo de esa tierra todavía en los zapatos.

La herida y su dureza
Y sin embargo, ese pequeño paso —»escuchar», no «acoger»— no bastó para calmar la reacción. El Rabino Jefe Mirvis calificó el voto de «vergonzoso», «un día triste para las relaciones judeo-cristianas». Dijo que Kairós II es «un documento lleno de falsedades, que rechaza abiertamente el diálogo y usa una retórica extrema para cuestionar la existencia misma de Israel» (The
Jewish Chronicle).

Llama la atención, al releer ambos textos, la asimetría. Por un lado, la arzobispa que busca el diálogo, que admite su propia dificultad, que dice «debemos escuchar aquellas cosas que son
duras de oír». Por otro, una firmeza que no deja espacio: la acusación de que el lenguaje ajeno es extremo, que roza la violencia, sin volver esa misma mirada severa hacia el propio lenguaje, ni hacia el, éste sí, abiertamente violento de no pocos dirigentes políticos israelíes, respecto de los cuales una disociación oficial y clara por parte de los líderes de las comunidades judías de las distintas naciones nunca parece llegar.

Como si una de las dos partes sentadas ante esa chimenea
tuviera permiso para mantenerse firme, y la otra solo para disculparse.
Sed magis amica veritas – Pero más amiga es la verdad
Ante la amenaza —real— de un deterioro del diálogo judeo-cristiano, la tentación es siempre la misma: dar un paso atrás, reformular, suavizar, hasta vaciar de contenido.

Y sin embargo, cabría decir, parafraseando un viejo adagio: ”Amicus Plato, sed magis amica veritas” (Aristóteles), que Israel es amigo, pero más amiga es la verdad. No puede haber verdadero diálogo si falta el coraje de la verdad, aun cuando la verdad implique, como dijo la propia Mullally, el riesgo de «conversaciones difíciles». El diálogo que se alimenta solo de lo que es cómodo decir no es diálogo: es distancia cortés.

Y aquí hay que decir con la misma claridad que nuestra voz no es, ni debe ser jamás, una voz contra el pueblo judío. Sentimos un profundo aprecio por la tradición judía, de la cual recibimos
las propias enseñanzas de Jesús, y rechazamos toda forma de antisemitismo, así como rechazamos toda forma de islamofobia. No se trata de estar en contra de nadie.

El propio documento de Kairós, al reivindicar su voz, rechaza toda acusación de querer suscitar odio.
Lo decía con palabras que merecen ser escuchadas de nuevo otro gran pastor, premio Nobel de la Paz, Mons. Desmond Tutu, que, en su discurso Occupation Is Oppression, de 2002, vinculaba el apartheid sudafricano con la cuestión palestina: «No estoy a favor de este pueblo o de aquel.

Estoy a favor de la justicia, a favor de la libertad. Estoy contra la injusticia, contra la opresión.» (En el original: «I am not pro- this people or that. I am pro-justice, pro-freedom. I am anti-injustice, anti-oppression»). Y añadía: “no criticamos
al pueblo judío, sino al liderazgo político de Israel, cada vez que hace falta, tal como los propios profetas de Israel lo hicieron con los reyes injustos de su mismo pueblo” (WRMEA, texto íntegro del discurso).

El espejo italiano
Y aquí, si me lo permites, el discurso debe volver a casa. Veamos el ejemplo de Italia.
También la Iglesia italiana acaba de concluir su Camino Sinodal con el documento Lievito di pace e di speranza (Levadura de paz y esperanza), que acoge la invitación del papa León XIV a los
obispos italianos para que «cada comunidad se convierta en una «casa de la paz», donde se aprenda a desactivar la hostilidad a través del diálogo, donde se practique la justicia y se custodie
el perdón» (n. 24). Una casa de la paz, sin embargo, no es la casa de los discursos políticamente correctos que dejan el mundo exactamente como estaba antes de abrir la boca. Es el lugar donde
se aprende —de verdad, no solo de palabra— el diálogo, la justicia, el perdón.

El pasado mes de mayo, como Red «Sacerdotes contra el Genocidio», escribimos una carta abierta a los obispos italianos reunidos en Asamblea General, pocas horas después del abordaje
de la Global Sumud Flotilla (texto íntegro en Nigrizia). Pedíamos una palabra más clara, más profética, más concreta.

Y el presidente de la CEI, el cardenal Zuppi, al ser interpelado por un periodista, respondió (según recogió Vatican News) con estas palabras: «No podemos dejar de preocuparnos por estos fenómenos de violación de los derechos humanos. Cada vez que se pisotean los derechos es preocupante, pero lo es aún más cuando son las instituciones las que lo hacen.

Las imágenes de la violencia contra los activistas me provocaron un sentimiento de rechazo ante la humillación del derecho» (Vatican News).

Un «sentimiento de rechazo», dicho por quien preside la
Iglesia italiana, no es poca cosa: es un sobresalto verdadero,
sincero, que vale la pena recoger y no dejar caer. Es exactamente el gesto del que hablamos en este texto: el pequeño sobresalto que
nace sincero, y que solo espera ser acompañado, por nosotros y
por nuestras comunidades, con insistencia fraterna, hasta convertirse en una palabra entera.

Esto no es un reproche, es un aliento: el cardenal ha entreabierto una puerta y nosotros queremos seguir llamando, con respeto, con confianza, para que esa puerta siga abierta y termine de abrirse de par en par.

El fundamento que ya teníamos
No estamos pidiendo algo nuevo. Estamos pidiendo a la Iglesia que sea fiel a lo que ya está escrito en la Gaudium et Spes: leer los signos de los tiempos y «fomentar en todas partes la justicia
y el amor de Cristo hacia los pobres» (GS 90).

Nada nuevo, porque «promover la justicia y la paz, penetrar con la luz y el fermento evangélico todos los campos de la existencia social, ha sido siempre un compromiso constante de la
Iglesia en nombre del mandato que ha recibido del Señor» (Pablo VI, Iustitiam et Pacem , 1976).

Nada nuevo, tanto que el papa Francisco, al reorganizar distintos consejos pontificios ?entre ellos, el Consejo Pontificio Justicia y Paz? en el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, ya había pedido, desde el primer párrafo del primer artículo, que se asumiera «la solicitud de la Santa Sede en lo que se refiere a la justicia y la paz» ( Estatuto del Dicasterio , 2016).

Así pues, no es una invención reciente. Es la brújula que la Iglesia se ha dado siempre, y que nosotros simplemente hemos elegido recordar: «El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se besarán» (Sal 85,11). No puede haber paz sin justicia (cf. Juan Pablo II, XXXV Jornada Mundial de la Paz 2002, No hay paz sin justicia. No hay justicia sin perdón).

Invocar la justicia no es pedir venganza, por más que cierta propaganda quiera hacerlo creer. Es, en cambio, el único
camino transitable hacia una paz duradera: crear las condiciones para que los crímenes sean reconocidos por todas las partes y para que sea posible, algún día, el perdón (“No hay justicia sin
perdón”, Juan Pablo II, Ídem).

No es fácil. No está garantizado. Pero es posible, como, entre mil
dificultades, nos lo han mostrado Sudáfrica y algunas historias, todavía heridas y en proceso de reconciliación, como la de Ruanda.

El coraje que se paga
Algunos, en estos meses, hablan de apocalipsis: ven todo el horror, la violencia, la prepotencia de los poderosos. Y tal vez tengan razón. Pero sabemos bien que apocalipsis significa revelación: es el tiempo de la prueba, pero también el tiempo en que estamos llamados a resplandecer más, no menos, aunque esto implique el precio personal del testimonio.

Las presiones que sufren hoy quienes intentan decir la verdad —o, al menos, contar la otra parte de la historia—, los asesinatos de periodistas, las campañas de difamación contra quien
alza la voz fuera del coro: todo esto trae a la memoria una historia de dos mil años, la historia sobre la que hemos fundado toda nuestra vida y, antes incluso de ser sacerdotes, la elección de ser discípulos.

Un hombre camina por las calles de Jerusalén y comienza a hacer lo más peligroso que se puede hacer ante quienes tienen el poder: decir la verdad. Y el poder no lo soporta. Se convierte en una obsesión: hay que hacerlo callar. Casi se puede ver la escena. En una sala cerrada, mientras discuten qué hacer con este hombre que sigue hablando, siempre hay alguien con la idea más simple y más terrible de todas: no basta con hacerlo callar, hay que matarlo.

Si fuéramos muchos
Una pequeña enmienda sinodal en Londres, una palabra de «rechazo» pronunciada en Roma: son sobresaltos verdaderos, no fingidos, no de circunstancia. Pero permanecen solos, y los sobresaltos que permanecen solos, tarde o temprano alguien los apaga: con la presión diplomática, con la acusación de romper el diálogo, con el cansancio de quien prefiere la equidistancia, que con demasiada frecuencia ?lo sabemos? no es más que la equi-lejanía disfrazada
de prudencia.

Pero ¿qué pasaría si estos sobresaltos ya no estuvieran solos? ¿Si detrás de cada obispo que dice «siento un sentimiento de rechazo» hubiera mil sacerdotes dispuestos a decir lo mismo, sin
necesidad de buscar ya las palabras más cautas posibles? ¿Si nuestras comunidades —la tuya, la mía, la de al lado— dejaran, aunque solo fuera por un instante, de estar anestesiadas por el flujo de noticias y se dieran cuenta de que lo que ocurre en Tierra Santa sigue, hoy, crucificando a alguien, a muchos, y lo consideraran insoportable? Todavía no lo sabemos.

Y entonces… También por esto existe nuestra red: para que esa pregunta no quede como la pregunta de uno solo. El objetivo es llegar, antes del 22 de septiembre de este 2026 ?fecha en
la que estamos convocados a reunirnos para rezar y tener una presencia pública como Red en Roma?, a 4.000 miembros (el 1 % del clero católico mundial): ahora somos unos 2.400 adheridos
a la Red, en casi 60 países. Una pequeña semilla, pero que puede convertirse en un árbol bajo el cual también nuestros obispos encuentren refugio y el coraje para un diálogo verdadero y veraz
con todos

Compañero, hermano: comparte este texto, e invita a otros diáconos, sacerdotes y obispos a firmar el documento común.

Don Rito Maresca
Coordinador
27 Julio 2026.
Red Internacional «Sacerdotes contra el Genocidio»
profetiperlapace@gmail.com
info@priestsagainstgenocide.org
redsacerdotes@gmail.com – España y América Latina

N. B.: Para acceder a los documentos enlazados, pulsar CTRL y picar sobre el enlace. Eso debe conducir al documento.