La Salvación, en el bolsillo (I) -- Salvador Santos

0
97

Enviado a la página web de Redes Cristianas

El inquietante más allá
La idea del más allá sobrecoge e inquieta a más de uno. Personas de toda raza y credo suelen manifestar una seria preocupación por ese supuesto e inexplorado mundo. Y el desasosiego aumenta a medida que se avanza en edad.

Solo pensar en su proximidad encoge el estómago y produce un irresistible hormigueo por todo el cuerpo. La cosa trae de cabeza a no pocos. Unos más y otros menos, casi todos coinciden en plantear dudas y cavilar respecto a qué pasará y cómo será ese remoto paraje.

El tema, en cambio, encanta a las religiones. Se encuentran en su salsa dándole vueltas sin parar. Cada una de ellas defiende tener bajo su control el acceso al más allá. Todas sostienen haber recibido en exclusiva desde fuentes divinas la concesión de los códigos secretos que aseguran la reserva del pasaje a ese otro
lado.

Y no dudan en ofrecer la garantía de una vida eterna a quienes obedezcan sus mandatos, ritos y dogmas. Y se vanaglorian y endiosan al comprobar cómo la mayoría de sus fieles acepta a pie juntillas que no hay mejor vía para conseguir tener confirmado su pase a la salvación eterna.

El evangelio de Lucas presenta a dos de sus personajes con signos evidentes de intranquilidad respecto al más allá. El disgusto y la preocupación de un tercer sujeto se centra, por el contrario, en el más acá; y es que la institución le había negado de forma inapelable disponer del visado necesario para la entrada al otro
mundo. Pero en los tres casos, la Salvación se puso muy al alcance; la tenían a la mano: ¡en el bolsillo!

Por si no bastaba una, hay en Lucas hasta dos preguntas idénticas sobre la cuestión. Ambas fueron planteadas al Galileo por los personajes con acceso abierto a la otra vida.
Dicha pregunta se lee así en Lucas:

“¿Qué tengo que hacer para heredar vida definitiva?”.

1. Primer personaje: Un entendido en la ley religiosa
El primero de esos personajes (Lc 10,25ss.) es un entendido en la ley religiosa (“un jurista”). Lleva malas intenciones al aproximarse a Jesús con su interrogante acerca del más allá:

“…para ponerlo a prueba” (v.25).

Pero resulta que el Galileo no estaba entretenido en esas cuestiones. Lo suyo eran cosas menos alejadas. Él vivía empeñado en materias de por aquí abajo.
Caminaba de pueblo en pueblo e invitaba a comprometerse con su propuesta de sociedad alternativa, el Reino de Dios.

El compromiso que exigía afectaba a lo más sagrado, a lo más íntimo, apreciado e intocable de la mayoría de las
personas: el dinero. Pero, como era de esperar, el entendido en las cosas de la religión soslaya ese compromiso. Va por diferente itinerario, una ruta de altos vuelos.

Ante la pregunta que plantea al Galileo, este no se complica y le remite a su código religioso:
“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo es eso que recitas?” (v.26).

El segundo de esos interrogantes alude a la oración que todo judío varón y adulto estaba obligado a recitar dos veces al día. El singular: “recitas” genera una distancia impropia de un buen judío. Lo lógico habría sido usar el plural: “¿Cómo es eso que recitamos?”.

También incumbía al Galileo tal precepto. Al parecer, él
no cumplía con un deber tan sagrado. (El desconocimiento del texto conduce no pocas veces a afirmar erróneamente que Jesús era un buen judío).

El jurista, claro, no tiene dudas en contestar. Y citó dos textos de la Ley que tan bien conoce:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo” (v.27; citando Dt 6,5 y Lev 19,18).

El Galileo confirmó como adecuada su respuesta. Y, con rotunda lógica, le condujo a la praxis. Según él, basta simplemente hacer lo que había respondido:
“Bien contestado. Haz eso y tendrás vida” (v.28).

Es decir, en opinión del Galileo, al entendido le era suficiente cumplir la Ley para gozar de la vida eterna. Ahí se acababa el tema y no había más que hablar. El experto en religión no lo necesitaba a él en absoluto para conseguir tal objetivo.

Tampoco se ha sentido atraído por el Proyecto de Jesús. Su pretensión anda por otros derroteros fuera de la historia, lejos de las cosas de aquí.
Ahora bien, cuando el versado en materia religiosa, con el fin de quedar bien, le repregunta respecto a la persona ‘próxima’ a él a quien debe amar: “¿Quién es mi prójimo?” (v.29).

El Galileo, que sí está en esos asuntos de proximidad, avanza un paso más y, tras exponerle la parábola del samaritano, le dio un giro a su pregunta: “¿Cuál de estos tres SE HIZO prójimo…?” (v.36).

La enseñanza resultaba obvia. Es de cajón: El próximo es aquél a quien uno se aproxima. En especial al necesitado de ayuda. Tal forma de actuar es lo realmente sagrado. Porque eso sí afecta al sacrosanto bolsillo. Además de arriesgar, el personaje de la parábola, el hereje samaritano, había llegado hasta el punto de remover la calderilla de ese recóndito lugar.

En la reseña de su actuación predomina el tema económico:
“…sacó dos denarios de plata y, dándoselos al pos adero, le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta” (v.35).

El relato se cierra con el Galileo remitiendo al experto en la Ley divina a esa determinada praxis como manera de obtener aquello por lo que parecía estar interesado: una vida sin límites en el más allá. Tener garantizada la Salvación, la vida en ese otro lado depende de la aproximación al apaleado que necesita
ayuda en esta zona de aquí.

Una vez hubo escuchada la respuesta inequívoca de Jesús, el entendido en las cosas de la religión ya no tendrá la escapatoria de sus teorías: “Jesús le dijo: Pues anda, haz tú lo mismo” (v. 37b).