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Fuente: Observatorio eclesial
El Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha vuelto a cerrar la puerta que el Concilio Vaticano II entreabrió hace más de sesenta años: los laicos, por muy teólogos, catequistas o misioneros quesean, no pueden predicar la homilía en la misa.La razón oficial es canónica y teológica.
Y es que el ca-non 767 del Código de Derecho Canónico reserva ex-presamente la homilía a los ministros ordenados -sacerdotes y diáconos-, y el Dicasterio recuerda que esa norma no admite excepciones, ni siquiera con el permiso del párroco o del obispo. Roma locuta. ¿Causa finita?El argumento oficial: la homilía como acto sacra-mentalLa defensa del Dicasterio descansa so-bre una distinción teológica precisa, que se argumenta en que la homilía no es una catequesis, ni una charla espiritual,ni una reflexión piadosa.
Es, según la doctrina oficial,parte integrante del acto litúrgico eucarístico y, por tan-to, prolongación del ministerio ordenado.El sacerdote que preside la Eucaristía actúa in persona Christi capitis -en la persona de Cristo cabeza-, y la homilía sería expresión de esa misma autoridad sacra-mental. En esa lógica, permitir que un laico predique sería mezclar dos naturalezas eclesiales que la tradi-ción considera distintas y ordenadas jerárquicamente.
Es decir, el argumento tiene coherencia interna dentro del sistema canónico-teológico vigente. El problema es el sistema mismo.Cuando la teología se vuelve privilegio Porque si uno lee los Evangelios sin las gafas del dere-cho canónico, lo que encuentra es otra cosa.
Jesús no ordenó a nadie antes de enviar a sus discípulos a pre-dicar. María Magdalena fue la primera en anunciar la Resurrección -apostola apostolorum, la llamó la tradi-ción-, sin haber recibido imposición de manos.Por otra parte, las primeras comunidades paulinas eran un hervidero de carismas: profetas, maestros, glosóla-tras, hombres y mujeres que tomaban la palabra en la asamblea sin que nadie les exigiera un título de la or-denación sacramental. La homilía como monopolio cle-rical no nació con Jesús. Nació con Trento.
El papa Francisco -que durante todo su pontificado clamó contra el clericalismo como «una de las mayores deformaciones de la Iglesia»- llegó a admitir en la exhor-tación apostólica Evangelii Gaudium que la Iglesia ne-cesita laicos con formación real y protagonismo efecti-vo. Pero entre el discurso y la norma litúrgica sigue abierto un abismo que León XIV, su sucesor, aún no ha decidido cruzar.
La pregunta que nadie quiere responder¿En qué se funda, exactamente, la incapacidad de un laico para comentar la Palabra de Dios ante una asam-blea de fieles? Si una teóloga con doctorado en Sagra-da Escritura no puede glosar el Evangelio del domingo,pero sí puede hacerlo un sacerdote recién ordenado que nunca ha abierto un comentario exegético, el crite-rio no es la competencia.
Es la casta clerical de funcio-narios de lo sagrado, que se quiere preservar a toda costa.Y aquí aparece la pregunta más incómoda, la que el clericalismo institucional prefiere no escuchar: ¿no nos iguala a todos el bautismo? La teología lo afirma sin ambages. El Concilio Vaticano II habló del sacerdocio común de los fieles como realidad teológica de primer orden, no como metáfora devota.La Lumen Gentium recordó que todos los bautizados participan, a su manera, del triple oficio de Cristo: sacerdote, profeta y rey.
El oficio profético -anunciar la Palabra- no está reservado en el Nuevo Testamento a ninguna casta clerical de elegidos. Está dado a todo el pueblo santo de Dios.»No llaméis a nadie Señor ni Padre»Jesús fue extraordinariamente explícito en este punto.»Vosotros, en cambio, no queráis que os llamen Rabbí,porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis a nadie vuestro padre en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo»(Mt 23, 8-9).Éste no es un versículo marginal ni una hipérbole poéti-ca. Es una advertencia directa contra la institucionaliza-ción del privilegio religioso, contra la construcción de una élite que se adueña de Dios y lo administra al pueblo desde la altura del púlpito y la intocabilidad sagrada del al-tar.
La homilía reservada es, en ese sentido, el símbolo más visible de lo que Francisco llamó clericalismo: la convicción inconsciente -o muy consciente- de que hay una clase de creyentes que entiende la Palabra mejor que los demás, que tiene acceso a un nivel de lo sa-grado vetado al resto, y que necesita proteger ese ac-ceso, porque en él descansa, en parte, su poder y su identidad.Lo que se pierde en el camino.
Mientras Roma defiende el monopolio del púlpito, miles de comunidades rurales y misioneras de América Lati-na, África, Asia y, ya incluso, de la vieja Europa llevan décadas funcionando con catequistas laicos -muchos de ellos mujeres- que animan la asamblea, comentan e lEvangelio y sostienen la fe de su pueblo sin que el cielo se haya caído.
No son irregularidades toleradas a regañadientes. Son,en muchos casos, la Iglesia real, la que sobrevive sin curas, porque los curas nunca llegan ni llegarán. Eso sí,las homilías y los sermones seguirán siendo cosa suya y, quizás por eso, insufribles. Y sermonear seguirá siendo sinónimo de reprimenda sin base ni fundamento.
Prohibir esa práctica a los laicos no es defender la sa-cramentalidad de la homilía. Es defender la institución a costa del Evangelio. Porque el clericalismo no es solo un vicio moral. Es también una herejía eclesiológica. Y el púlpito cerrado a los laicos es su monumento más visible.(religiondigital.org)

