«Dejemos resonar la libertad»
(Juan Nicolau Casany)
Hablando de soñar y de Jesús, me viene a la memoria el discurso que Martin Luther King hizo en Washington en agosto de 1963: “Tengo un sueño”. Hace ya más de 60 años que él tuvo un sueño en el que invitaba al mundo a “dejar resonar la libertad”. Martin Luther luchó por los derechos civiles y contra el racismo en los Estados Unidos de América. Era un ámbito limitado, pero su proyección hacia el mundo significó para mucha gente un nuevo nodo en el seguimiento de Jesús de Nazaret. Unos años después de su conocido discurso, Martin sería asesinado a tiros en la terraza de un motel. Desde entonces, la humanidad ha avanzado y nos ha traído normas que proclaman de forma grandilocuente la igualdad de todos sin discriminación alguna “por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” (art. 14 Constitución Española). Sin embargo, a poco que rasquemos un poco esa superficie legal, advertiremos que hay una realidad que es bien distinta de lo que las normas proclaman. Hoy, en pleno s. XXI, la humanidad no ha encontrado todavía la forma de seguir el camino hacia su libertad, hacia su plenitud.
Vivimos demasiadas situaciones de discordancia entre la forma legal y la aplicación real de la justicia. Se consiente el enriquecimiento de empresas que usan a personas migrantes prácticamente como esclavas, aprovechándose de su situación de vulnerabilidad para hacinarlas en barracones insalubres, con sueldos miserables y en unas condiciones laborales análogas a aquellas que denunció Bartolomé de las Casas en las “encomiendas” americanas del s. XVI. Las autoridades “liberan” desde autobuses a grupos de migrantes africanos en las plazas de los pueblos y ciudades de España, al tiempo que se ponen en marcha cacerías policiales contra ellos, cuando tratan de ganar un par de euros para poder vivir vendiendo cuatro camisetas en la calle. Y nos acostumbramos a la indignación. La convivencia diaria con la injusticia parece que nos hace insensibles o resistentes a sufrimiento ajeno.
El mal, el pecado, provoca guerras, masacres, hambrunas y destrucciones de nivel universal, pero se fragua en las esquinas más remotas del corazón del ser humano cuando pretende ser Dios. No es un camino natural para el hombre y la mujer vivir contra sí mismos inmersos en una hipocresía que les desangra. Su esencia descansa precisamente en su singularidad encarnada de amor y no en estas estructuras salvajes fabricadas por intereses bastardos que al final siempre confluyen en la idolatría al poder y al dinero.
Desde la reflexión cristiana se aborda esta situación con esperanza. Es cierto que cuando la tradición se convierte en tradicionalismo, deja de ejercer su función transmisora del Evangelio. Y hoy la Iglesia parece rozar esos márgenes.
En el año 1962, Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II. Fue una bendición del cielo para muchos, pues representaba la esperanza en la apertura de la Iglesia al mundo. Para otros, sin embargo, se trató de una especie de revolución “anarco-comunista” con la que había que terminar. Las dos posturas comenzaron a pelear ya en las reuniones previas… y siguen luchando. Las previsiones de modernización, de adaptación a los tiempos, se han retrasado. Cierta jerarquía eclesiástica aparece atrincherada en una especie de fortaleza de poder clerical masculino, que dificulta la lectura del cristianismo con ojos de hoy. El cardenal Michele Pellegrino, en una entrevista realizada en 1981, publicada recientemente por la revista “Noticias Obreras”, señalaba que muchos de los religiosos que consienten este sangrante desperdicio de la oportunidad histórica del Vaticano II, no lo hacen porque estén en contra de sus avances, sino desde una especie de disciplina silenciosa que pretende no remover las cosas. Lo cierto es que no hay que echarles toda la culpa a los religiosos. En el laicado también es demasiado habitual apreciar ese “silencio de los buenos”, ese silencio culpable al que se refería también Luther King, que dificulta la democratización de las estructuras de la Iglesia y mantiene al clericalismo en los altares del poder.
Y desde ese manantial bajan las aguas regando a toda la Iglesia, obviando a unos insistentes signos de nuestro tiempo, nuevos, cambiantes y diferentes, que, escapando de una situación previa de cristiandad, confluyen, se quiera o no, en una sociedad laica que se siente capaz de pensar por sí misma y sujeta al mandato de su conciencia. Una sociedad dispuesta a escuchar a Jesús, pero reacia a dejarse conducir de manera forzada. Que entiende de amor y solidaridad en el mundo, pero no gusta de sacrificios a los dioses. Amante del diálogo pero que huye de pasivas ceremonias medievales. Que no sabe la razón por la que debe confesarse ante un sacerdote y no ante un amigo. Que no admite llamar a un religioso “padre” o “pastor” cual súbdito u oveja de un rebaño. Que es en extremo espiritual, pero rechaza el espiritualismo. Que cree en la Comunidad Humana, pero rechaza el grupismo sectario… Estas son expresiones que provienen de charlas con algunos jóvenes de mi ciudad. Ellos constituyen la sociedad que está llegando y no tienen pelos en la lengua a la hora de expresarse. Se cuentan entre los primeros voluntarios que acudieron en ayuda de las víctimas de la DANA de 2024 en Valencia. La antropología social, sin duda, será aquí un apoyo imprescindible para los teólogos.
Esta sociedad que está llegando y que va incorporándose de manera continua a nuestra comunidad, nos reclama honestidad y esperanza, o lo que es lo mismo, nos pide poder soñar con un Reino de amor, de libertad, de dignidad, con visos de credibilidad. En esa misión los cristianos tenemos hoy un desafío que afrontar, decidiendo previamente entre las dos actitudes que conviven en la realidad cristiana de hoy. La que se deja llevar por la comodidad de la rutina de los ritos y que descansa en la oración intimista los problemas que la realidad plantea, o la que consciente de que Jesús vive en nosotros y actúa mediante nuestras decisiones, acepta la responsabilidad colectiva que Dios ha puesto en sus manos y lucha por construir un mundo que recupere la ilusión.
El filósofo alemán Ernst Bloch planteó una interesante reflexión cuando escribió que “Solo un ateo puede ser un buen cristiano”. La aparente paradoja no es sino una crítica a los obstáculos que deben vencer los cristianos para acercarse a Jesús. El ateo, libre de ellos, puede andar con menos peso en la mochila por los caminos “cristianos” del amor, la justicia, la libertad, la dignidad… Y es que para acoger desde el cristianismo a esa sociedad que está llegando, igual debiéramos ir más sueltos. Quizás debiéramos desnudarnos y quedarnos solo con la experiencia de fe. Partir de ese núcleo primigenio, semilla de Dios en conciencia y desde ahí avanzar sin miedos por caminos abiertos y sin cercados. Cuestionando las estructuras de poder que inmovilizan al individuo y fomentando una participación fecunda y libre entre humanos. Algo así como lo que proponía Étienne Balibar cuando hablaba de “radicalizar la democracia”, construyendo mundo desde abajo, desde la base de personas anónimas que sufren las consecuencias de una realidad, que está dirigida por un sistema que les usa y los tira cuando dejan de ser rentables.
Y es que la economía del bien común de la que hablaba Aristóteles también ha quedado atrás. La “mano invisible” de Adam Smith ha cambiado de bando, transformándose en un fluido invasor de codicia institucionalizada, que en forma de neoliberalismo económico se propaga como el fuego complicando cualquier atisbo de humanidad en el mundo. La globalización, a pesar de las inmensas posibilidades para la comunidad, está siendo monopolizada por un sistema economicista que, carente de los mínimos escrúpulos, relega al hambre y a la muerte a más de la mitad de la población mundial y somete a la creación a una destrucción acelerada sin límite.
Mientras tanto, Jesús está preso en el corazón de muchos cristianos que rezan y esperan una solución que venga del cielo. Su dios es inventado. Está en las alturas. Para ellos, la voluntad de Dios es la justificación de la pobreza, de las guerras, de la lluvia, de las desgracias…Inmersos en un determinismo que les anula, olvidan que la novedad de la Encarnación les hace responsables y dueños de su destino. Encierran a Jesús en su cárcel de carne y hueso y lloran ante figuras de madera ofreciendo exvotos y sacrificios. Cualquiera que les sugiera un cambio liberador es marcado y rechazado. Es como si “El ángel exterminador” de Buñuel estuviera haciendo de las suyas y el “Buen Samaritano”, núcleo constituyente del camino de salvación del mundo, hubiera tirado la toalla por falta de adeptos que lo han sustituido por un par de velitas de leds en la iglesia.
Parece que vencer al pecado que relega a la humanidad a ese esfuerzo continuo por encontrarse, es una tarea utópica. Esa utopía nos lleva sin remedio al Cristo de la esperanza, de la alegría, del amor… de los sueños. Sueños que deben partir necesariamente de una comunidad que vaya creciendo hacia la fraternidad universal. Que sea consciente de que entre hermanos la pobreza, el dolor, la felicidad, siempre son compartidos. Que escape de las idolatrías que lo aprisionan y que fundamente su vida comunitaria en esa Presencia de Amor, misterio en el que todos habitamos y que a todo da sentido.
Sueño con seguir a Jesús todos juntos en una comunidad que no busque la salvación fuera de este mundo. Una sociedad sin etiquetados, donde católicos, ateos, musulmanes, protestantes… no tengan miedo de seguir a su conciencia y se mantengan firmes en la opción por los vulnerables. En la que el testimonio de Jesús lo sigamos desde la experiencia de fe y no desde tradicionalismos que la esconden.
Sueño con seguir a Jesús en una comunidad que difunda la valentía que da el Espíritu. Rechazando codicias particulares y trabajando por el bien común. Una sociedad que no conciba las guerras y la violencia. Una sociedad en la que la piel no tenga color. Sueño con seguir a Jesús como miembro de una sociedad que solo hable una lengua y en la que el dinero solo esté en los museos de historia. En la que el hambre sea un mal recuerdo sin lugar en el mundo. Donde el escuchar siempre esté antes. Sueño con una sociedad que siga a Jesús desde la igualdad. En la que hombres y mujeres dejen de llamarse así y se busque un solo nombre común para la persona. Sueño con una sociedad que cambie las reglas de la competitividad por las de la solidaridad. Que en los deportes premie al último. Que tenga sensibilidad para ver el amor de Dios en la mirada de sus perros y en perfume de sus flores. Que en la sexualidad borre las marcas y que permita que el cielo pueda ser de más colores. Sueño con una comunidad sin edades en la que la juventud sea una opción. Que en las escuelas aprenda del más viejo y del más joven. Sueño con una sociedad en la que sigamos a Jesús borrando fronteras y en la que el mar solo se cruce en barco de vela. Sueño con seguir a Jesús en una sociedad que no necesite Estados ni lanzas y que sonría ante los uniformes. Que celebre todas las cenas en memoria de Jesús y que permita a los niños jugar y encontrar tesoros en la arena.
Jesús Espeja, dominico, profesor y amigo, me dijo una vez: “Juan, solo hay un único pecado: no dejar salir a Dios”. Y ese parece ser el mal que nos afecta. Con la lección aprendida, la forma de seguir a Jesús con la que sueño es andar libre con Él y mis hermanos por una Tierra respetada. Y que juntos, como decía Martin Luther King, “dejemos resonar la libertad”.

