La dignidad no está en el contrato -- Evaristo Villar

0
94

Enviado a la página web de Redes Cristianas

UNO DE MAYO desde un pueblo de Zamora
El río Negro baja con ganas de contar algo. La iglesia del siglo XIII mira la plaza como quien ha visto ya demasiadas mentiras como para asustarse de
una más. Es 29 de abril. Dentro de dos días será 1 de mayo, y aquí no habrá
manifestación porque las calles son más bien curvas. Pero eso no significa
que no pase nada.

Marta limpia casas en Bilbao. Lo hace con las manos y con una forma de
ordenar que no se enseña en ningún curso. Sabe que el desorden de los
demás suele ser un mapa de sus vidas, y ella, sin saberlo, actúa como una
archivadora silenciosa: devuelve cada cosa a su sitio como quien pone en
su lugar una palabra mal dicha.

—Hay una casa, la de una señora mayor que ya no ve bien —dice—.
Cuando termino, ella pasa la mano por las superficies y sonríe.
Dice: "Marta, ahora respiro mejor". Eso no está en mi contrato —no tengo contrato— pero está en algún sitio más importante.

Esa es la parte que no se ve: que limpiar también es despejar la ansiedad
ajena, poner un poco de orden en el caos cotidiano. Marta se emociona
cuando, al volver una semana después, la señora mayor le ha dejado un
vaso de agua fresca y una magdalena. No paga las magdalenas la Seguridad
Social, pero sostienen el alma.

Lo malo llega con las señoras ecológicas, las del máster en sostenibilidad y nevera llena de productos bio. Esas le pagan en negro, le dicen "chica" y la semana pasada una le regaló dos yogures caducados como economía circular. Marta sonrió y los tiró al llegar a casa. No por orgullo: por salud intestinal. Pero la magdalena de la señora mayor pesa más en la balanza que los yogures caducados. Eso también es economía circular, pero de la que no sale en los manuales.

Javi lleva siete años recogiendo fresas en Lepe. Las manos las tiene
agrietadas, pero callosas de un modo que parece un mapa de rutas
aprendidas. Sabe exactamente en qué punto del tallo hay que cortar para no
dañar la fruta, y ese conocimiento no lo tiene quien no ha pasado ocho
horas agachado bajo el sol. Le gusta, de verdad le gusta, ver cómo una
hilera verde se transforma en rojo por su trabajo.

—Cuando llenas la primera caja del día y la pones sobre las demás, hay un
segundo, solo uno, en el que ves lo que has hecho. Es bonito. Es como
escribir una línea de un poema, pero con fresas.

Esa es la parte humana: la certeza de que su esfuerzo tiene un resultado
tangible, hermoso, que alguien va a comer y quizá disfrutar. Él no come
fresas porque son caras para su bolsillo, pero le gusta saber que las suyas
van a parar a niños, a ancianos, a alguien que las lavará con cuidado.

Lo feo viene después: la caravana junto a la N-431, el baño químico
compartido, los vales de 20 euros para gastar en el supermercado del
patrón, las 3.000 horas trabajadas y apenas 87 días cotizados. La denuncia
que nadie tramita. Y ese momento, justo al atardecer, en que revisa las
fotos que le manda a su madre y ella cree que vive como un rey porque él
aplica filtros. El capitalismo no le ha dado estabilidad, pero le ha dado
Instagram. Aun así, cuando se agacha la mañana siguiente y ve la primera
fresa perfecta, sonríe. Y esa sonrisa no la pagan los vales.

Laura es enfermera en el Hospital de León. Tiene 36 años y ojeras que
parecen una declaración de principios. Pero cuando entra en una habitación
y ve a un anciano perdido en la mirada, sabe exactamente cómo cogerle la
mano: firme, pero despacio. Eso no lo enseña ninguna carrera. Es otra cosa.
—Hay un momento —cuenta— en que el paciente deja de verte como una
bata blanca y te ve como una persona. Ahí es donde yo curo de verdad. La
medicina es otra historia.

Laura cuenta que hace dos meses ingresó un hombre de 92 años que no
hablaba. Nadie le había cogido la mano en semanas. Ella se sentó en el
borde de la cama, le ajustó la almohada sin prisa y empezó a tararear una
canción antigua. El hombre lloró en silencio. Luego dijo: "Mi mujer la
cantaba". Y volvió a llorar. Esa es la parte bonita: que el trabajo de Laura no es solo poner vías y medir tensión. Es recordarle a alguien que existe.

Lo malo son los turnos de 14 horas, el hospital con 40 pacientes para ella
sola por la noche, los contratos que se renuevan cada tres meses y la
gerencia que llama optimización de recursos a no cubrir bajas. Laura ha
tenido que elegir entre atender una caída o administrar un antibiótico. Ha
elegido mal a veces. Y la culpa no tiene venda.

Pero cuando sale del hospital de madrugada y el cielo de León está
despejado, respira hondo. Sabe que esta noche, al menos una persona
durmió mejor porque ella estuvo allí. Eso no lo paga ningún convenio.
Tampoco lo pueden quitar.

Carmen es maestra en un colegio público de Valladolid. Tiene 25 niños de
once países distintos, algunos recién llegados que no hablan español. Ella
no sabe árabe ni dariya ni bambara. No habla Suajili, ni lingala, pero ha
aprendido que una palmada en la espalda y un gesto de "vamos, tú puedes" sí son universales.

—Hace dos semanas —recuerda—, un niño que no decía nada desde
septiembre señaló un dibujo y dijo "casa". No era su casa real. Era una casa con un tejado rojo y una ventana. Pero dijo casa. Y lloré allí mismo, delante de todos. Luego nos reímos porque un compañero me dijo "profe, no pasa nada, yo también lloro cuando veo Spiderman".

Esa es la parte humana y poética: que Carmen enseña matemáticas y lengua
y ciencias, pero sobre todo enseña que se puede fracasar y seguir
intentándolo. Que el conocimiento no es solo un examen, sino una ventana.
Ella construye eso cada día sin casi medios: pizarras rotas, libros
heredados, ordenadores de otra década. Y aun así, cuando el niño que llegó
sin una palabra suelta la primera, el mundo se ensancha. Eso, dice
Carmen, es magisterio. Lo demás es burocracia.

Lo malo es que le descuentan la hora del café —que no toma—, que tiene
que responder correos de padres hasta las diez de la noche, que le exigen
enseñar programación sin ordenadores y fracciones sin medios auxiliares.
Pero ella se queda con el casa. Ese niño no sabe que está construyendo
también la vocación de su maestra.

El río sigue rugiendo. La iglesia mira impertérrita. Se han reunido en la
plaza, dos días antes del 1 de mayo, con cerveza de bote y pan de hogaza.
Y hablan de esto: de que su trabajo tiene una dimensión que nadie va a
reflejar en las estadísticas. Crean orden, alimento, alivio,
conocimiento. Cada uno desde su trinchera, establecen algo que el
mercado no valora: cuidados, palabras, manos que sujetan, manos que
siembran.

Marta levanta la lata: El 1 de mayo pongamos una sábana vieja en el
balcón que ponga: "Nuestro trabajo es bonito. Nuestras condiciones, una vergüenza".

Javi ríe: Yo cuelgo las manos. Que las vean. Con las grietas y todo. Eso es
la verdad.
Laura añade: Yo cuelgo el uniforme manchado de suero. Como bandera.
Carmen ya está escribiendo en una servilleta: El lema: "Queremos seguir queriendo nuestro trabajo. Así que pagadlo bien, coño".

Brindan. La campana de la iglesia da las seis. El río suena como un aplauso
lejano… No es todavía 1 de mayo. Pero se miran y saben que esto —esta
dignidad obstinada de seguir haciendo bien lo que hacen, a pesar de todo—
ya es una forma de celebrar. O de resistir. A estas alturas, da lo mismo.