Pascua, amor y primavera -- Evaristo Villar

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En El Jardín de Calisto y Melibea
Salamanca. Atardecer de marzo. En el Jardín de Calisto y Melibea, dos parejas de unos treinta años comparten un banco junto al viejo ciprés que fue testigo de aquella historia de amor trágico. No han venido a hacer turismo. Han venido a hablarse, a pensarse, a preguntarse si todavía es posible creer en algo.

La luz de marzo se retira lentamente, y con ella cualquier trampa de consolación fácil. Andrés y Laura se sientan cerca; Paula y Felipe, también. Entre ellos hay libros, móviles boca abajo, un silencio inicial que pronto se rompe.

Andrés (analista geopolítico) enciende un pitillo sin llegar a fumarlo: “Vengo de leer los informes en varios diarios: más de treinta conflictos activos, cambio climático castigando la meseta, sequías y gotas frías que ahuyentan a los últimos agricultores, y una Europa que levanta muros para las migraciones mientras habla de valores. La España vaciada no es un concepto: es Zamora, Salamanca, Soria, Cuenca. Pueblos que se apagan porque no hay agua o porque los inundan las riadas, no hay relevo, no hay tren. ¿De qué resurrección hablamos cuando las instituciones se desgastan por la endogamia de unos partidos que se oponen a todo sin ofrecer nada?”

Laura (periodista especializada en microeconomía) arranca el cigarrillo de los dedos de Andrés y lo apaga: “Los datos te dan la razón, amor. La confianza en el Congreso está bajo mínimos, la polarización impide cualquier reforma. Las fronteras se endurecen: esta misma semana han devuelto en caliente a decenas de personas en Ceuta. Y la brutalidad policial en la detención en Madrid del exdiputado Serigne Mbaye, ¿no es igual a la xenofobia que practica el ICE en EE.UU? Gastamos en armamento veinte veces más que en políticas de acogida. Y lo que más me duele es ver los pueblos vacíos: cada primavera hay menos manos para sembrar. Pero si me quedo solo en los datos, me muero. Por eso estoy aquí. Porque sé que detrás de cada porcentaje hay alguien que aún siembra. Y porque la Pascua, para mí, es el símbolo de una utopía que nos negamos a enterrar del todo.”

Paula (profesora de filosofía) mira el ciprés que ya viera a Calisto saltar la tapia. “Los datos son necesarios, pero en filosofía nos preguntamos por el sentido. Utopía es la palabra exacta. La Pascua es eso: la certeza de que la muerte no tiene la última palabra, aunque las evidencias digan lo contrario. No hablo de milagros sobrenaturales. Hablo de un instante lógico: si el invierno es el tiempo de lo que se cierra, la primavera es la anticipación de que todo vuelve a abrirse. Y ese paso –pésaj– exige un salto. Calisto saltó la tapia por Melibea. Nosotros tendríamos que saltar la tapia de la indiferencia, de la endogamia, de los muros que convertimos en destino.”

Felipe (poeta y escritor) se levanta un momento y camina hasta el muro del jardín. Vuelve con la mirada encendida. “Machado lo escribió ante un olmo viejo, junto al Duero, que parecía muerto. ‘Con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido.’ Eso es la primavera: un milagro que llega sin pedir permiso. Y entonces añade lo que hoy quiero dejar aquí, porque es el corazón de todo: ‘Mi corazón también espera, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.’ Ese milagro es la utopía. La España vaciada, con sus pueblos que agonizan, es ese olmo seco. Pero he estado allí: aún hay mujeres que cultivan huertos comunitarios, aún hay familias que acogen sin papeles, aún hay manos que siembran. Eso es la Pascua sin que nadie la predique.”

Andrés responde con una voz más tensa: “Hermoso, pero insuficiente. La poesía ¿podrá derribar la endogamia de los partidos? El amor llegará alguna mañana a frenar un bombardeo?”

Laura le agarra la mano con fuerza. “No, no será fácil alcanzar esa utopía. Pero sin poesía, sin amor los datos no se convierten en acción. Cuando decidimos no emigrar, cuando elegimos trabajos que sirven aunque no den dinero, cuando en lugar de odiar al que vota diferente intentamos entender, estamos haciendo política con otro nombre. Y eso, amor mío, es la única fuerza capaz de hacer reverdecer la democracia.”

Paula asiente. “El filósofo Gabriel Marcel dijo un día algo que siempre me ha parecido una definición profunda de la Pascua: decir a alguien que lo amas es decirle tú no morirás. Porque el amor es el único gesto que se atreve a conjurar la muerte, aunque sea a sabiendas de que no puede evitarla. El Evangelio lo confirma desde otra tradición: ‘Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto’ (Juan 12,24). La España vaciada es ese grano. Parece que muere, pero si la mimamos con agua, con relevo generacional, con trenes y con acogida, puede reverdecer. La Pascua es la utopía hecha gesto: aceptar que algo tiene que morir –la indiferencia, la endogamia, los muros– para que brote algo nuevo.”

Felipe vuelve a sentarse, pero su voz se ha hecho más grave. “Aquí, en este jardín, Calisto y Melibea fracasaron porque el amor no pudo romper las convenciones de su tiempo. Murieron. Pero nosotros, dos parejas que nos queremos y que no nos rendimos, podemos convertir ese fracaso en epílogo. La primavera es la anticipación de lo que aún no es, pero puede ser. Y el amor es la ruta para superar la muerte: no porque evite la muerte, sino porque nos empuja a sembrar aunque no veamos, de momento, la cosecha.”

El sol dorado de la tarde se ha ido apagando lentamente. Salamanca empieza a encender sus luces.

Andrés exhala, por fin, sin cigarrillo: “Entonces, ¿tú crees que podemos ganar?”

Laura sonríe: “No sé si ganaremos. Pero sé que si dejamos de esperar, ya hemos perdido.”

Paula se levanta. “La Pascua es eso: un ejercicio de espera activa. Como el olmo de Machado, que esperó las lluvias de abril. Como Calisto, que saltó la tapia. Como nosotros, que estamos aquí discutiendo mientras el mundo arde, pero no nos vamos.”

Felipe saca su libreta y escribe con letra rápida: “Resucitar es aprender a saltar con otros.” Luego añade, en voz alta, para que todos lo escuchen: “Mi corazón también espera, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.”

Los cuatro se quedan en silencio. El jardín, que fue testigo de una tragedia, parece esta vez guardar otra posibilidad. No un final feliz, sino un comienzo que aún no termina de escribirse.