La Pascua es «la ley de la vida» -- Pedro Pierre

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

La vida es una creación en progreso constante. No es estática, es progresiva porque está habitada por el amor. Este proceso responde a la regla que la vida está al servicio de más vida, o sea, de una vida mejor. Nos enriquecemos mutuamente: Esa es nuestra vocación; a esto estamos llamados todos y todas. La destrucción y hasta la muerte pueden estar al servicio de una vida mejor si así lo queremos.

Lo podemos entender con el gran ejemplo de la comida: ‘destruimos vida’ o no enriquecemos de la vida y energía de los alimentos para aumentar, perfeccionar y multiplicar la vida tanto personal como colectiva. Nuestro servicio es algo parecida: Nacemos y vivimos para hacer crecer la vida, toda vida: humana, animal, vegetal, terrestre. En eso reside nuestra felicidad. El desafío es cómo hacer servir nuestros sufrimientos y nuestra muerte para algo mejor tanto para nosotros mismos como para los demás. Toda la creación es una sola unidad: Dependemos los unos de los otros. Destruir innecesariamente la naturaleza es destruirnos a nosotros mismos, porque no podemos vivir sin los demás ni sin la naturaleza.

Jesús de Nazaret es la persona -como también otros seres humanos- que ha llevado el servicio a la vida y el servicio de los demás hasta su máxima expresión. Comprendió que la existencia es un servicio para mejorar el bienestar material y la felicidad espiritual de todos y todas. Jesús se empeñó a llevar este bienestar y esta felicidad de los demás a su plenitud: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia”. Comprendió también que los pobres son los que mejor pueden llevar adelante este proyecto: los pobres, dignos, conscientes, organizados, decididos y valientes.

Llamó este proceso el Reino, o sea un ‘Movimiento para la fraternidad’ a partir de la fe en un Dios cercano, amigo, liberador con nosotros, padre y madre… que sostiene desde el interior de las personas, de la naturaleza y del universo este proceso y progreso de vida, de fraternidad y de belleza.

Todos y todas estamos habitados por esta dinámica de progreso cuando nos preocupamos por el cuidado de la vida, la expresión de la fraternidad y la construcción de la armonía entre todos y con todo. Estamos habitados por el espíritu de Dios, es decir por la seguridad y la fe de que estamos en un mundo y un universo dinamizados por la vida, la vida que se recibe, la vida que se da, la vida que construye fraternidad y armonía. Eso fue el proyecto de Jesús de Nazaret porque sintió más que nadie que Dios era el sustento y el promotor de todo en la naturaleza y en nosotros mismos… Somos fundamentalmente buenos; la naturaleza y el universo son fundamentalmente buenos. Eso tenemos que desvelar y hacer crecer.

El mal y la maldad son la negación y la destrucción de este proyecto, de este proceso, de este progreso de la vida, fraternidad y armonía. Jesús enfrentó a los destructores de la vida, de la fraternidad, de la armonía y de la belleza tanto en la sociedad como en la religión. Se pasó la vida construyendo con los pobres dignos y los que tenemos el espíritu de los pobres, comunidades vivas, fraternas, solidarias, honestas, equitativas, creativas. Muchos hombres y muchas mujeres, por todas partes, han emprendido este proyecto de vida, fraternidad, armonía y belleza. Y muchos y muchas siguen trabajando en aquello. ¿Estamos activos nosotros en este ‘Proyecto’ humanista en nombre de alguna espiritualidad o religión?

El problema de la maldad y el sufrimiento tiene dimensiones universales y malévolas. La construcción de la vida, de la fraternidad y de la armonía es una lucha constante contra la maldad que nos habita. Esta maldad no está sólo en la violencia y la destrucción, sino también en la indiferencia, el individualismo, la pasividad, la negatividad. Muchos sufrimientos provienen de esta doble maldad: la ajena y la personal. La lucha constante por enfrentar y superar individual estos dos ‘demonios’. Nos cuesta muchos sufrimientos y provoca muchas muertas… pero desembocan en más vida, más fraternidad y más armonía si así lo queremos.

Eso es la ‘Pascua’ que Jesús de Nazare ha logrado de manera eminente y ejemplar: Asumir el sufrimiento y la muerte para hacerlos servir para el bienestar y la felicidad de todos. La ‘Pascua’ es este proceso, este paso, esta liberación, esta resurrección.
Que esta Semana santa sea la confirmación de esta opción de vida: el compromiso colectivo para llevarlo adelante y la celebración en nosotros y en muchos de la vigencia de tal proceso, de tal progreso, de tal resurrección.

Jesús de Nazaret lo expresó mediante una comparación significativa: “Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda improductivo; pero si muere, produce muchos frutos”. Ayudémonos a ‘no caer en la tentación’ de olvidar que no solamente tenemos vida, amor y belleza, sino que somos vida, amor y belleza para que se multipliquen sin cesar.