Domingo de Ramos 2026: El burro, el misil y la bendición del imperio -- Evaristo Villar

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Plaza Mayor de Salamanca, atardecer. Se van dorando de sol viejo las piedras de la ciudad. Cuatro fantasmas ilustres conversan como si el tiempo hubiera decidido hacer un alto.
Carmen Martín Gaite: (Sostiene un periódico en las manos) ¿Os habéis fijado? Hoy he estado leyendo el relato del Domingo de Ramos, ese que Gabriel Miró cuenta en Figuras de la Pasión con tanta ternura.

Las calles de Jerusalén alfombradas de mantos, los niños corriendo con ramos de olivo, la ciudad entera vibrando como una muchacha enamorada. Y en medio, Jesús, montado en un burro. No un caballo de guerra, no un carro de victoria. Y mientras la multitud grita «¡Hosanna!», él avanza en silencio. Sabe que esos mismos que hoy lo aclaman, el viernes pedirán su sangre. Esa distancia entre el ruido de la plaza y la serenidad del que cabalga… eso es lo que me persigue hoy.

Miguel de Unamuno: (Con los ojos brillantes, como si fuera a comerse las palabras) ¡Qué imagen, Carmen, qué imagen! El burro y la multitud. La gloria efímera y la conciencia trágica. Porque Jesús sabe, y eso es lo que duele, que el triunfo es una mentira compartida.

La gente necesita creer, necesita sentirse parte de algo grande. Y él, el único que ve la verdad, avanza en silencio. ¿No es eso la historia de España? ¿No es eso la historia del mundo? Multitudes aclamando caudillos, imperios, y detrás, la sombra de la cruz, la sombra de la injusticia que siempre vuelve. El alma de la multitud es el miedo a estar sola. Por eso aplaude. Por eso mata.

Fray Luis de León: (Con la mirada perdida en el cielo) «Decíamos ayer…» que la verdad nos haría libres. Pero la multitud no quiere verdad, quiere consuelo. Gabriel Miró, en esas páginas tan hermosas, nos muestra a Jesús como un extraño en su propio triunfo.

Las palmas, los cantos, los niños… todo es hermoso, sí, pero él está ya en otra parte. Su reinado no es de este mundo, y esa distancia entre lo que la gente ve y lo que él es, atraviesa los siglos. Khalil Gibrán, desde su Líbano querido, lo entendió igual en su libro Jesús, hijo del hombre: el entusiasmo colectivo es ciego, y el Maestro lo sabe. Por eso calla. Por eso sigue en el burro mientras la ciudad arde de júbilo sin saber que arderá de verdad.

Francisco de Vitoria: (Grave, como quien dicta una lección importante). Y ese burro es la clave de todo. Porque un rey que entra en un caballo viene a conquistar, a imponer, a matar. Un rey que entra en un burro viene a servir, a morir. La diferencia es el poder.

El poder que se impone y el poder que se entrega. Yo dediqué mi vida a pensar un orden justo, un derecho de gentes que limitara la fuerza de los príncipes. Pero hoy, ¿qué vemos? Mirad lo que pasa en Irán, en Líbano, en Gaza. Mirad Cuba, asfixiada. Mirad cómo EE.UU. e Israel deciden quién vive y quién muere sin pedir permiso a nadie. No hay burro. No hay humildad.

Hay misiles, hay vetos, hay la fuerza desnuda que ya ni se molesta en vestirse de razón.
Carmen: Y lo más terrible, lo que me duele como escritora, es que las palabras ya no sirven. Antes al menos teníamos la hipocresía, ese pudor del mal que obligaba a los poderosos a disfrazarse. Ahora no. Ahora bombardean un hospital y lo tuitean. Matan niños y lo llaman «daño colateral».

Y mientras, ¿qué hacen las religiones? (Señala el periódico) Mirad esta foto. El Despacho Oval. Líderes religiosos, obispos, pastores, imponiendo las manos sobre Trump. Bendiciendo al hombre que ha acompañado el genocidio de Gaza, que se ríe de los migrantes, que desprecia a los pobres. ¿Dónde está el Evangelio ahí? ¿Dónde está el «bienaventurados los mansos»? Esto no es fe, es idolatría. Es poner a Dios al servicio del imperio.

Unamuno: (Se levanta, camina nervioso) ¡Eso es, Carmen! La religión convertida en capellán del imperio. Los mismos que deberían clamar en el desierto, bendiciendo al César. Pero yo pregunto: ¿dónde están los otros? ¿Dónde los ateos humanistas, los que creen en el hombre sin necesidad de Dios? Tendrían que estar en las calles, gritando, denunciando. Pero están en sus cátedras, en sus tertulias, mirando también al imperio, esperando su beca, su minuto de gloria. Todos miran a Washington. Todos miran al poder. ¿Nadie es capaz de darle la espalda de una vez?

Fray Luis: (Con tristeza) En mis noches de Salamanca, cuando contemplaba el cielo estrellado, pensaba que la creación entera alababa a Dios. Pero hoy, el cielo de Líbano se ilumina con bombas, no con estrellas. Khalil Gibrán, si viviera, escribiría sobre escombros con nombre de niño. Sobre madres que buscan a sus hijos entre las piedras. Sobre esa multitud que ya no aclama a nadie, porque sólo quiere sobrevivir. Y mientras, la comunidad internacional, las Naciones Unidas mirando a otro lado. Un veto de EE.UU. y se acabó la justicia.

Un misil de Israel y se acabó el derecho
Vitoria: Yo enseñé que el poder está sujeto a la ley, que hay un bien común que obliga a todos, que el indio y el español tienen la misma dignidad. Pero si la ley la dicta el más fuerte, si las resoluciones son papel mojado, si los organismos internacionales son meros decorados… entonces volvemos a la selva. Y en la selva, el lobo se come al cordero y pide que lo bendigan.

Carmen: Pero hay algo, Fray Luis, algo que me da esperanza. La calle se mueve. En Tel Aviv, hay judíos que dicen «no en mi nombre». En Beirut, la gente entierra a sus muertos y sigue plantando flores. En las universidades americanas, los estudiantes se levantan contra el genocidio mientras su gobierno financia bombas. Son minoría, sí. Son pequeños, sí. Pero existen. Y mientras existan, el burro del Domingo de Ramos sigue caminando. Lento, humilde, pero caminando. ¿Por qué no darle la espalda al imperio de una vez? ¿Por qué seguimos mendigando su permiso para tener conciencia?

Unamuno: (Se detiene, emocionado) Porque el imperio da miedo. Porque da becas, da premios, da visados, da protección. Pero también da bombas, da bloqueos, da silencio. Yo peleé toda mi vida contra el poder injusto, y perdí, y gané, y volví a perder.

Pero nunca, nunca, bendije al que me oprimía. Y hoy les digo: la multitud que aclamaba a Jesús se equivocaba. Pero Jesús no se equivocó. Siguió en el burro. Siguió hacia la cruz. Sigue siendo verdad. Eso es lo único que importa.
Fray Luis: ¡La verdad! Esa que Miró vio en el silencio del Maestro.

Esa que Gibrán buscó en las grietas del entusiasmo. Esa que yo perseguí en las estrellas y en las Escrituras. La verdad no está en el poder, no está en los misiles, no está en las bendiciones interesadas. La verdad está en el burro que sigue caminando, en la madre que llora, en el niño que juega entre ruinas. Esa verdad, aunque pequeña, es la única que merece la pena.

Vitoria: Entonces, volvamos a ella. A lo pequeño, a lo humilde, a lo justo. Que las religiones dejen de besar el anillo del poder y vuelvan a lavar los pies de los pobres. Que los intelectuales dejen de mirar al imperio y miren a la calle. Que la comunidad internacional, si es que sirve para algo, deje de vetar y empiece a proteger. Y si no, que la calle grite tan fuerte que ya no puedan mirar a otro lado. Porque el burro sigue, el burro siempre sigue.

Carmen: (Mira por última vez el periódico) Pues contaremos esto. Contaremos que un día, en Salamanca, cuatro fantasmas se atrevieron a recordar que hubo un hombre que entró en burro mientras la multitud no sabía lo que aplaudía. Y que ese hombre, el único que sabía la verdad, siguió adelante. Sin aplausos, sin ejércitos, sin misiles. Sólo con su silencio y su burro. Quizá eso baste. Quizá no. Pero al menos lo habremos dicho.

Unamuno: (Sonríe con una mezcla de agonía y esperanza) Dicho queda. Ahora, a vivir. A vivir de verdad, aunque duela. Porque la vida, la de verdad, no está en los aplausos. Está en el burro que camina hacia lo desconocido, sabiendo que la cruz espera. Pero también, quizá, sabiendo que después de la cruz… quién sabe. Eso ya no es cosa nuestra.

Fray Luis: (Mira al cielo, donde empiezan a aparecer las primeras estrellas) «Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido…» Pero hoy, el ruido es de bombas, y no podemos huir. Hay que quedarse. Hay que decir. Hay que ser, aunque sea en burro, aunque sea en silencio, aunque sea contra todo.

Vitoria: Amén. Y que la justicia, esa antigua dama, encuentre quien la defienda. Porque sin ella, ni el burro ni el misil tienen sentido.